
Argentina e Inglaterra reavivan la herida de Malvinas en la antesala de la semifinal
El duelo por un puesto en la final del Mundial de 2026 reactiva la disputa territorial, los gestos políticos y la memoria de la guerra de 1982, mientras el fútbol intenta imponer su propio relato.
El Mercedes-Benz Stadium de Atlanta se convierte este miércoles en el escenario de una semifinal que desborda lo deportivo. Argentina e Inglaterra se miden por un lugar en la final del Mundial de 2026, pero el partido llega envuelto en una atmósfera cargada de historia, reivindicaciones soberanas y una rivalidad que las gradas y las redes sociales han convertido en tendencia global. Las autoridades desplegaron 1.600 agentes y prohibieron el ingreso de banderas de las Islas Malvinas, mientras en los aledaños del estadio resuenan cánticos como “el que no salta es un inglés” y en internet se multiplican los memes que ironizan sobre ayudas arbitrales o invocan a Diego Maradona como amuleto.
El trasfondo inmediato es la disputa por el archipiélago del Atlántico Sur, administrado por el Reino Unido desde 1833 y reivindicado por Argentina. La guerra de 1982, que dejó 649 soldados argentinos y 255 británicos muertos, marcó un punto de inflexión emocional que el fútbol amplificó cuatro años después en el Mundial de México. Allí, los goles de Maradona —la “Mano de Dios” y el “Gol del Siglo”— fueron leídos en América Latina como una revancha simbólica. Desde entonces, cada cruce mundialista arrastra esa carga: la eliminación argentina por penales en 1998, la victoria inglesa en fase de grupos en 2002 y ahora un nuevo capítulo que la afición albiceleste condensa en el estribillo “Por Malvinas, por el Diego, por la última de Leo”.
En el plano diplomático, el encuentro coincide con un endurecimiento del discurso argentino. La vicepresidenta Victoria Villarruel calificó a los rivales de “piratas usurpadores” y el canciller Pablo Quirno publicó una columna en la que reiteró el reclamo de soberanía, rechazó el referéndum de 2013 —en el que los isleños votaron seguir siendo territorio británico— y denunció como “trampa” esa consulta. Analistas en Buenos Aires vinculan el giro con el avance del proyecto petrolero Sea Lion en aguas de las Malvinas y con señales de que la administración de Donald Trump podría reconsiderar el respaldo estadounidense a la posición británica. Desde Londres, el investigador Ben Judah observó que la llegada de Quirno en octubre pasado supuso un abandono de la cooperación bilateral que había iniciado el presidente Javier Milei, quien al asumir había elogiado a Margaret Thatcher y moderado la retórica malvinista.
Pese a la efervescencia, el seleccionador argentino Lionel Scaloni intentó desmarcarse: “Es un partido de fútbol, no podemos mezclar las cosas”, afirmó en rueda de prensa. La Embajada británica en Buenos Aires terció con humor al publicar un falso memorando que recomendaba celebrar con elegancia en caso de triunfo inglés y felicitar al rival sin mencionar “conspiraciones inexistentes” si ganaba Argentina. En las tribunas y en las redes sociales latinoamericanas, sin embargo, la fusión entre fútbol y memoria colectiva se impone: los cánticos, los montajes con Maradona y la serie de memes protagonizados por la presentadora Mirtha Legrand confirman que, para buena parte de la afición, este clásico nunca será un partido más.
El desenlace en Atlanta definirá al segundo finalista del torneo. El ganador se enfrentará a España el próximo domingo en la lucha por el título, un horizonte que mantiene en vilo a millones de seguidores a ambos lados del Atlántico y que, más allá del resultado, ya ha devuelto al primer plano una herida que el fútbol, una vez más, se niega a cerrar.
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