
La generación Z rompe el tabú del dinero, pero las apps disparan la deuda entre amigos
El 62 % de los jóvenes estadounidenses ya habla de finanzas en casa, un salto frente al 49 % de los ‘baby boomers’, aunque la inmediatez digital genera nuevos roces y endeudamiento.
Un sondeo de U.S. Bank y Morning Consult entre consumidores estadounidenses marca un punto de inflexión: el 62 % de los adultos de la generación Z afirma que en su hogar se hablaba de dinero, frente al 49 % de los ‘baby boomers’. La transparencia financiera intergeneracional deja de ser una excepción y se convierte en norma para los nacidos a partir de 1997, un cambio que los analistas en Estados Unidos vinculan a la influencia directa del ejemplo paterno: el 88 % de los encuestados señala que su principal referencia financiera es ver cómo sus padres gestionan el dinero.
Esa mayor apertura convive, sin embargo, con una paradoja. Las plataformas de pago instantáneo como Zelle o Venmo han simplificado las transferencias, pero también han normalizado el microcrédito entre pares sin evaluar consecuencias. Una encuesta de la firma Zelle entre 1.000 consumidores revela que el 69 % de los jóvenes de la generación Z vio dañada una amistad por deudas no saldadas, y el 47 % se endeuda para cubrir gastos grupales confiando en que los demás le reembolsarán. Casi la mitad arrastra saldos superiores a 1.000 dólares con amigos o familiares, y un 14 % puso fin a una relación por disputas de dinero. Desde la óptica de especialistas en educación financiera de la Universidad de Tennessee, la tecnología acelera el préstamo sin la pausa que antes imponía el efectivo o la visita al banco, y convierte la deuda en un hábito social de alto riesgo.
En América Latina, la conversación se orienta hacia la construcción de hábitos antes que a la inversión. La educadora argentina Vanesa Plaza insiste en que el orden financiero personal es el primer escalón: propone la regla 50-30-20 —destinar la mitad de los ingresos a necesidades básicas, un 30 % a gastos personales y reservar el 20 % para ahorro— y recomienda empezar con metas mínimas, incluso del 1 %, para generar constancia. Su enfoque, difundido en medios locales, subraya que registrar cada gasto durante un mes revela fugas evitables y transforma la relación con el dinero sin renunciar al disfrute.
En paralelo, la banca minorista africana redefine su función. En Ghana, los adelantos salariales digitales permiten acceder hasta al 80 % del sueldo neto antes de la fecha de pago sin acudir a una sucursal, un producto que en su primer año movilizó el equivalente a 1.000 millones de cedis. La inclusión financiera deja de medirse solo por la tenencia de cuentas —que en África subsahariana se duplicó en una década— y pasa a evaluarse por la capacidad de los servicios para absorber emergencias y facilitar decisiones cotidianas.
Investigaciones recogidas por Bloomberg advierten, no obstante, de un posible trauma financiero en la generación Z: la experiencia de la pandemia, los despidos masivos y la inflación estarían moldeando una aversión al riesgo que, de consolidarse, podría frenar la acumulación de patrimonio a largo plazo. El siguiente hito será la incorporación sistemática de la educación financiera conductual en los planes de estudio y en las propias aplicaciones bancarias, a medida que las entidades ajustan sus productos a una generación que habla de dinero como ninguna antes, pero que opera en un ecosistema digital que castiga la impulsividad.
| Prensa latinoamericana | −0.40 | critical |
|---|---|---|
| Prensa iraní y afín | −0.20 | neutral |
The economic system and banks push young people into a digital debt trap, while the state fails to intervene.
An individual financial problem is turned into an indictment of institutions, using concrete cases and an indignant tone to make the accusation credible.
The role of individual consumption choices and financial literacy among young people, which also contribute to the phenomenon, is omitted.
The West corrupts Iranian youth with digital debt, threatening our identity and sovereignty.
The cause of the problem is projected onto an external enemy (the West), turning a financial issue into a cultural and political threat, thereby strengthening internal cohesion.
The role of Iran's domestic economic policies, such as inflation and lack of opportunities, which push young people toward digital credit, is omitted.
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