
Camellos exhaustos, robots mendigos y ofensas virales: el turismo chino bajo la lente
Tres videos recientes —un camello que se desploma, un robot que pide limosna y una turista que insulta a los locales— revelan las tensiones éticas del auge turístico en China.
El sonido no era el habitual quejido de un camello cansado. “Lloraba de una manera triste, parecía completamente agotado”, relató la bloguera @yueguangbaibushibai en la plataforma REDNote. El animal, esquelético, intentaba una y otra vez incorporarse con una turista sobre su lomo en la zona escénica de la Ciudad del Diablo sobre el Mar, en la región noroccidental de Xinjiang. Cada vez que lograba erguirse, las patas le cedían y volvía a arrodillarse sobre el suelo árido. El propietario, según el testimonio de la bloguera, tiraba de la cuerda atada a su nariz para obligarlo a levantarse. La escena, grabada el 15 de junio, mostraba a otros visitantes tomando fotografías, ajenos al lamento del animal.
Esa misma semana, otro video encendía las redes sociales chinas, aunque de naturaleza muy distinta. Una turista malasia, Nur Asikin Mohd Dalil, publicó en TikTok imágenes donde se tapaba la nariz en una cola de autobús y exclamaba en malayo: “¡Huele terriblemente mal! ¿Ninguno de ustedes se ha duchado?”. En otro fragmento, acusaba a un taxista de “oler mal” y generalizaba que los chinos “son perezosos para bañarse”. La oleada de indignación no solo provino de usuarios chinos; desde el sudeste asiático, voces en redes advirtieron que ese comportamiento podía perjudicar la imagen de los malasios en el extranjero. La turista terminó publicando una disculpa en TikTok, admitiendo que sus palabras fueron “impulsivas” y que no buscaba ofender ni avivar hostilidades entre países. Mientras tanto, en la provincia de Sichuan, un robot humanoide del modelo Unitree G1 —el mismo que meses antes había escalado el volcán Chimborazo en Ecuador, un dato que resonó en medios latinoamericanos— aparecía arrodillado en una acera, con las manos juntas y una pantalla LED que repetía: “Sin dinero para recargar, por favor ayuden a pagar la factura de electricidad”. A su lado, un plato con monedas y un código QR para donaciones digitales.
Los tres episodios, aunque dispares, coinciden en un paisaje común: el del turismo doméstico chino masivo, donde la frontera entre la experiencia auténtica y la puesta en escena para la foto se desdibuja. En Xinjiang, las autoridades turísticas locales intervinieron tras la denuncia de la bloguera; un diagnóstico veterinario reveló que el camello sufría una herida en la pata y fatiga extrema, y se ordenó suspender las actividades y rotar a los animales para garantizar su descanso. La prensa italiana, al hacerse eco del caso, subrayó la intervención oficial como un gesto de respuesta institucional, mientras que en España y América Latina, donde el debate sobre el bienestar animal en el turismo es recurrente, el video reavivó discusiones en redes sociales. El robot pedigüeño, por su parte, fue recibido con una mezcla de humor y desconcierto. En medios de Bangladesh se leía una ironía punzante: “Los robots ya nos quitan el trabajo, ahora también ocupan el lugar de los mendigos”. Algunos analistas en China sugirieron que podía tratarse de una estrategia de marketing de la empresa Unitree o de una performance artística callejera, pues no era el primer autómata de este tipo avistado en Pekín, Chengdu o Fuzhou.
El caso de la turista malasia, en cambio, dejó al descubierto las susceptibilidades culturales que el turismo puede exacerbar. Su disculpa, forzada por la presión digital, no apagó del todo las críticas: para muchos observadores en redes chinas, el episodio recordó que los estereotipos viajan tan rápido como los videos. Al final, la imagen que persiste no es la del insulto ni la del camello desplomado, sino la del robot arrodillado en la acera de Sichuan, con su código QR brillando bajo el sol, pidiendo monedas para seguir funcionando. Una estampa que, sin pretenderlo, condensa las paradojas de un país donde la tecnología más avanzada y las formas más antiguas de fatiga comparten el mismo encuadre.
| Prensa rusa y CEI | +0.20 | neutral |
|---|---|---|
| Prensa europea continental | −0.70 | critical |
China exige respeto a los turistas extranjeros y muestra cómo un insulto es sancionado rápidamente por la opinión pública.
Al enfatizar el insulto gratuito y la posterior disculpa, se crea una narrativa de justicia social donde la turista es castigada por su arrogancia.
La noticia del camello agotado en Xinjiang está completamente ausente, centrándose solo en el episodio de la turista malasia.
Occidente denuncia la explotación animal en China y pide un turismo más ético.
Al usar imágenes emocionales del camello llorando, se evoca empatía y se condena a la industria turística china como insensible.
No se menciona el episodio de la turista malasia que se disculpó, centrándose solo en el caso del camello.
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