
La refinación de petróleo rusa se desploma a su nivel más bajo en dos décadas por la ofensiva de drones ucranianos
La capacidad de procesamiento de crudo cayó a 3,91 millones de barriles diarios en julio, un retroceso que ha forzado al Kremlin a prohibir exportaciones de diésel y gasolina mientras el desabastecimiento se extiende por todo el país.
El volumen de crudo procesado por las refinerías rusas se situó en julio en un promedio de 3,91 millones de barriles por día, el registro más bajo desde marzo de 2005, según datos de la consultora EA Analytics recogidos por analistas en Londres. La cifra representa un desplome de más de 1,4 millones de barriles diarios frente al mismo mes del año anterior y equivale a una pérdida de alrededor de un tercio de la capacidad total de refinación del país. Como consecuencia inmediata, las autoridades rusas impusieron restricciones a la exportación de la mayor parte del diésel hasta finales de julio y ya habían limitado previamente las ventas externas de gasolina y queroseno de aviación.
El detonante de este colapso es una campaña sistemática de ataques con drones por parte de Ucrania contra la infraestructura energética rusa. En los últimos cien días, las fuerzas ucranianas lanzaron alrededor de cincuenta incursiones que alcanzaron al menos veinticuatro de las treinta y cuatro mayores refinerías del país, incluidas instalaciones clave en Omsk, en Siberia occidental. Fuentes de inteligencia en Kiev señalan que el objetivo es degradar la logística militar y la capacidad de financiación del esfuerzo bélico ruso, mientras que desde Moscú se reconoce que los sistemas de defensa antiaérea se han visto superados por la frecuencia y el alcance de las oleadas de drones.
El impacto en la vida cotidiana y en los sectores productivos es cada vez más visible. En más de cincuenta regiones se reportan estaciones de servicio con filas de varias horas, cupos de venta limitados a cien o doscientos litros por vehículo y precios que en algunas zonas han subido hasta un 30 % en una semana. La agricultura, en plena temporada de cosecha, sufre de manera particularmente aguda: en las provincias meridionales de Rostov, Krasnodar y Stávropol, los agricultores pernoctan en las gasolineras para asegurar el combustible de sus cosechadoras, y se proyectan pérdidas de hasta el 15 % de la producción. En la península de Crimea, anexionada en 2014, la situación es aún más grave: rige el estado de emergencia, el suministro eléctrico está racionado y la gasolina dejó de venderse a particulares. Este deterioro económico coincide con la permanencia en el mercado ruso de grandes empresas internacionales que, pese a haber anunciado su salida tras la invasión de 2022, no han completado su desvinculación. Firmas como AB InBev, cuyo intento de vender su participación en una empresa conjunta fue bloqueado dos veces por el gobierno ruso, siguen generando actividad que, según analistas en Bruselas, contribuye indirectamente a sostener las finanzas del Kremlin.
El presidente Vladímir Putin admitió que los ataques crean “determinados problemas con los productos petrolíferos”, aunque aseguró que la situación “se irá corrigiendo paulatinamente”. Mientras los equipos de reparación rusos compiten contra la frecuencia de los bombardeos, el mercado energético global observa con atención: una reducción sostenida de la capacidad de refinación rusa podría alterar los flujos de exportación de crudo y presionar los precios internacionales de los combustibles. El próximo hito será la evolución de los volúmenes de procesamiento en agosto y la posible extensión o levantamiento de las prohibiciones de exportación, que darán la medida de la capacidad real de recuperación de la industria petrolera rusa.
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Los mercados globales registran una caída en la refinación rusa, con efectos en el suministro de petróleo.
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