
Bajo la tormenta alpina, los lefebvrianos consuman su cisma y el Vaticano responde con la excomunión
La Fraternidad San Pío X ordenó a cuatro obispos sin permiso papal en una ceremonia multitudinaria en Suiza, y el Vaticano declaró el cisma y excomulgó a los seis prelados, así como a los fieles que se adhieran formalmente al grupo.
El cielo gris de los Alpes suizos descargó una tormenta eléctrica sobre la pradera de Écône mientras, bajo una carpa blanca, cuatro sacerdotes se postraban con el rostro hundido en almohadones de terciopelo rojo. El incienso se mezclaba con el olor a tierra mojada y el órgano entonaba las letanías en latín. Afuera, más de quince mil fieles —mujeres con velo y falda larga, hombres de traje y sombrero— seguían la ceremonia en pantallas gigantes, pagaban con pulseras electrónicas los puestos de comida y hacían fila ante confesionarios móviles instalados sobre el pasto. La Fraternidad Sacerdotal San Pío X, el ala más intransigente del tradicionalismo católico, acababa de consagrar a cuatro nuevos obispos sin el mandato del papa León XIV, desoyendo una súplica personal del pontífice que advertía que “desgarrar la túnica inconsútil de Cristo es un pecado de extrema gravedad”.
Veinticuatro horas después, el Dicasterio para la Doctrina de la Fe, con la firma del cardenal argentino Víctor Manuel Fernández, confirmó la excomunión latae sententiae de los seis prelados —los consagrantes Alfonso de Galarreta y Bernard Fellay, y los recién ordenados Pascal Schreiber, Michael Goldade, Michel Poinsinet de Sivry y Marc Hanappier— y declaró que todos los sacerdotes de la fraternidad se encuentran en cisma. El decreto fue más lejos que en 1988, cuando el fundador Marcel Lefebvre protagonizó una ruptura similar: ahora se advierte que los laicos que “adhieran formalmente” al grupo también incurren en excomunión, y que los sacramentos administrados por sus ministros —desde la confesión hasta el matrimonio— son inválidos. La Santa Sede revocó así las concesiones que Francisco había otorgado en 2015 para facilitar el acercamiento.
La Fraternidad, nacida en 1970 como reacción al Concilio Vaticano II, rechaza la misa en lenguas vernáculas, el diálogo interreligioso y la libertad de culto, y defiende una liturgia preconciliar que considera la única expresión legítima de la fe. Con unos seiscientos mil seguidores en más de setenta países, la SSPX ha construido una iglesia paralela con seminarios, capillas y escuelas, particularmente activa en Estados Unidos, Francia y Brasil. En América Latina, la comunidad atrae a sectores que ven en la modernización eclesial una pérdida de identidad; en Europa, su discurso conecta con movimientos de extrema derecha que reivindican las raíces cristianas del continente. No es casual que en Écône se dejaran ver el exeurodiputado italiano Mario Borghezio y militantes de Forza Nuova, ni que la ceremonia se transmitiera en siete idiomas con una estética que evocaba los grandes eventos mediáticos.
La decisión del papa León XIV —un pontífice de origen estadounidense que desde su elección en mayo de 2025 buscaba tender puentes con los conservadores— marca un punto de inflexión. Analistas en Roma señalan que la dureza del decreto refleja la frustración de décadas de diálogo infructuoso y la percepción de que la fraternidad se ha convertido en un polo de atracción para un catolicismo identitario que trasciende lo religioso. Mientras el Vaticano insiste en que “la Iglesia, como madre solícita, acogerá a quienes deseen volver a la plena comunión”, los lefebvrianos respondieron que las sanciones “son nulas” y que actuaron por “amor a la Iglesia”. En el terreno, la excomunión no parece disuadir a los fieles: en la pradera de Écône, los nuevos obispos impartieron su primera bendición bajo la lluvia, y los asistentes se llevaron de recuerdo botellas de vino suizo con la imagen de una mitra episcopal.
Cómo la misma historia se cuenta en otros lugares.
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Los lefebvrianos han consumado el cisma al ordenar a cuatro obispos sin mandato pontificio, ignorando el sentido llamamiento del Papa. La excomunión automática se ha activado, como en 1988, y la túnica de Cristo ha sido rasgada de nuevo. La ceremonia, transmitida en directo, supone un desafío abierto a la autoridad de la Iglesia.
El grupo tradicionalista ordenó a cuatro obispos sin la aprobación papal, pese a un llamamiento de última hora. El Vaticano reaccionó negativamente, calificando el acto de cismático y activando la excomunión. La ceremonia tuvo lugar en Suiza ante miles de fieles.
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