
La huella de carbono de Infantino: 50.000 km en jet privado y un premio a Trump que enciende la polémica
El presidente de la FIFA recorrió Norteamérica en avión privado para asistir a 24 partidos en dos semanas, mientras eurodiputados piden investigar su neutralidad política y se desmiente un bulo sobre su ubicuidad.
La fase de grupos del Mundial 2026 ha dejado una imagen insólita: Gianni Infantino, presidente de la FIFA, completó más de 50.000 kilómetros a bordo de un jet privado para presenciar 24 encuentros en apenas catorce días. Según datos de seguimiento de vuelos analizados por la radiotelevisión británica, la aeronave —un Gulfstream G650ER— acumuló 66 horas en el aire y emitió unas 516 toneladas de CO₂ equivalente, una cifra comparable a la huella anual de 78 personas. El periplo, que incluyó hasta tres vuelos diarios entre ciudades como Miami, Seattle o Vancouver, ha reavivado el debate sobre la coherencia ambiental de un organismo que se ha comprometido a reducir sus emisiones un 50 % para 2030 y a alcanzar la neutralidad de carbono en 2040.
Desde la óptica de Bruselas, la controversia se ha ampliado al terreno de la ética institucional. Cincuenta miembros del Parlamento Europeo han solicitado a la Comisión de Ética de la FIFA que investigue a Infantino por una presunta violación del principio de neutralidad política recogido en los estatutos de la federación. La petición, impulsada por una denuncia de una organización no gubernamental de derechos humanos, cuestiona la creación exprés de un premio FIFA de la paz y su concesión inmediata al presidente estadounidense Donald Trump en diciembre de 2025. Los eurodiputados sostienen que las declaraciones públicas de apoyo al mandatario norteamericano desacreditan al organismo y al torneo, y reclaman transparencia y responsabilidad en un momento en que el fútbol, en palabras del irlandés Barry Andrews, «debería unir al mundo».
En paralelo, las redes sociales difundieron un collage que pretendía mostrar a Infantino en dos estadios distintos durante partidos simultáneos del Grupo E, disputados el 25 de junio en Nueva York y Filadelfia. Verificaciones posteriores demostraron que las imágenes habían sido manipuladas con inteligencia artificial: una correspondía al Irán-Nueva Zelanda del 16 de junio y la otra al España-Arabia Saudí del día 21. La FIFA no se ha pronunciado sobre este bulo, pero el episodio ilustra la atención mediática que genera la omnipresencia del dirigente, convertido ya en un meme global.
La federación ha defendido los desplazamientos de su presidente alegando que combina vuelos comerciales y privados según criterios de eficiencia y viabilidad económica, sin aclarar si compensa las emisiones. Expertos en transporte citados en análisis ambientales recuerdan que los jets privados contaminan entre cinco y catorce veces más por pasajero que un avión comercial, y hasta cincuenta veces más que el tren. Mientras, un informe de 2025 elaborado por científicos europeos proyecta que la huella total del Mundial 2026 podría alcanzar los nueve millones de toneladas de CO₂, lo que lo convertiría en el más contaminante de la historia.
Con los octavos de final a punto de arrancar, la agenda de Infantino no da señales de pausa. El contraste entre la expansión geográfica del torneo —dieciséis sedes en tres países— y los compromisos climáticos de la FIFA alimenta un interrogante que sobrevolará el resto de la competición: si la gobernanza del fútbol mundial está dispuesta a asumir las consecuencias ambientales y políticas de su propio gigantismo.
Cómo la misma historia se cuenta en otros lugares.
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El presidente de la FIFA utilizó un jet privado para asistir a 24 partidos en 14 días, recorriendo más de 50.000 kilómetros y emitiendo 516 toneladas de CO₂, el equivalente a la huella anual de 78 personas. El episodio se presenta como una prueba más de la hipocresía ambiental de la organización, que predica sostenibilidad mientras tolera tales excesos. La cobertura subraya el escándalo y la distancia entre las promesas verdes y el comportamiento real de los dirigentes del fútbol mundial.
Mientras el presidente de la FIFA aparece constantemente en las gradas, un collage falso que lo sitúa en dos estadios diferentes al mismo tiempo ha sido desmentido como una fabricación generada por IA. Al mismo tiempo, cincuenta eurodiputados han pedido al comité de ética de la FIFA que lo investigue por presuntas violaciones de la neutralidad política, tras la creación de un premio de la paz otorgado a Donald Trump. La narrativa combina la corrección de un bulo con la presión política, restándole peso a la crítica puramente ambiental.
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