
La tribu que se perdió en la oficina: por qué los jóvenes postergan el arraigo y buscan nuevas formas de pertenencia
Desde Sídney hasta Atlanta, pasando por Bombay y Copenhague, una generación criada entre pantallas y mudanzas renegocia los ritos de paso: el empleo estable, la pareja definitiva, el círculo de amigos que dura toda la vida.
En una fiesta de jubilación en Sídney, una mentora se levantó a hablar y, entre agradecimientos, soltó una frase que encendió la sala: “Nunca entenderé por qué la gente quiere trabajar desde casa. Mírennos: nos conocimos en una oficina, ahí encontramos una familia. Eso no se consigue en una videollamada”. La ovación fue unánime, pero a una de las invitadas, en la recta final de su carrera, se le encogió el pecho. Supo que difícilmente volvería a tejer lazos así, y sintió una punzada de gratitud y de duelo por lo que las nuevas generaciones quizá ya no tendrán.
Esa escena condensa una paradoja que recorre los cinco continentes. Mientras en Australia más de la mitad de la población cree que su círculo íntimo se encoge —y un 12 % admite no tener ningún amigo cercano—, en Estados Unidos y Europa los recién graduados se topan con un mercado laboral que los contrata menos si el puesto es remoto. Un estudio de la London School of Economics, basado en 400 millones de ofertas de empleo, reveló que la contratación de perfiles júnior ha caído más de un 14 % desde 2019, porque las empresas consideran que formar talento a distancia es una apuesta de retorno incierto. La Generación Z, señalan analistas en Washington, no solo pierde el contacto con mentores: también ve cómo se desvanece el espacio donde antes nacían amistades, parejas y esa red difusa que sostenía la vida adulta.
Sin embargo, la respuesta no es unívoca. En la India, los grupos de WhatsApp que reunían a viejos compañeros de colegio se han convertido en campos de batalla ideológicos; muchos han emigrado al silencio o han fijado el lema “No política” en la cabecera del chat. En Ghana, una joven a punto de graduarse relata que la pregunta más repetida no es sobre su primer empleo, sino “¿cuándo sientas cabeza?”. Ella, como tantos de la Generación Y, ha decidido postergar el matrimonio y los hijos para crear —artículos, un blog, mentorías— y pide que se valore la pasión tanto como la tradición. Del otro lado del Atlántico, una británica que se mudó a Chicago por amor reconstruyó su identidad a golpe de sóftbol, ascensos laborales y tés con compatriotas; una neoyorquina que se fue a un suburbio del noroeste estadounidense descubrió que la vida más lenta no la volvió aburrida, sino que le devolvió el tiempo para aprender a tejer con señoras mayores y para unirse a un grupo de conversación en español en una cervecería.
En ese forcejeo entre la libertad individual y la necesidad de tribu, los rituales cotidianos adquieren un peso nuevo. Los viajeros frecuentes aprenden a congelar líquidos para burlar las restricciones de equipaje, a rastrear valijas con la misma aplicación que usan para encontrar el móvil y a soportar el frío de la cabina —que, según ingenieros aeronáuticos, no es tacañería de la aerolínea sino un mecanismo para evitar desmayos por la baja presión del aire en altura—. Una azafata aconseja llevar una botella vacía y llenarla en las fuentes del aeropuerto; una familia estadounidense que se instaló en una isla remota de Alaska descubre que la verdadera logística no es sobrevivir al clima, sino planificar la compra de papel higiénico con semanas de antelación.
Al final, la imagen que perdura es la de una joven en el control de seguridad de un aeropuerto, con el pasaporte en la mano, haciendo cuentas mentales: seis semanas en Dinamarca junto a su pareja, luego uno o dos meses en Estados Unidos, y vuelta a empezar. Mide el amor en períodos de estancia de noventa días, el máximo que permite el espacio Schengen sin visado. No es la postal glamurosa del nómada digital, sino una coreografía precisa de vuelos, husos horarios y despedidas que, sin embargo, ella describe con una certeza serena: “Cada reencuentro sigue siendo dulce, y la distancia nos ha obligado a ser deliberados”. Quizá esa sea la forma contemporánea de pertenecer: no un destino fijo, sino una sucesión de elecciones conscientes que, como el aire frío del avión, resultan incómodas pero mantienen a salvo lo esencial.
Cómo la misma historia se cuenta en otros lugares.
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La oficina era antes una segunda familia, donde se forjaban amistades para toda la vida. La generación móvil de hoy, que trabaja a distancia o se muda con frecuencia, corre el riesgo de perder esos vínculos sociales vitales, quedando aislada y nostálgica por un sentido de pertenencia que se desvanece.
El teletrabajo está dificultando que los recién graduados encuentren y mantengan un empleo. Sin el entorno diario de la oficina, los jóvenes pierden oportunidades de tutoría y aprendizaje informal, lo que genera aislamiento y carreras estancadas.
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