
Del silencio del móvil al pupitre compartido: las aulas que emergen en tres continentes
La prohibición de celulares en Brasil, los avances en lectura en Argentina y los programas de inclusión en Alemania y Bangladesh dibujan un nuevo mapa de la experiencia escolar.
En una escuela de la periferia de São Paulo, un alumno de doce años guarda su teléfono en la mochila antes de entrar al aula. El gesto, repetido en miles de instituciones brasileñas desde la entrada en vigor de la Ley 15.100/2025, ha transformado el sonido de los recreos: menos notificaciones, más voces. Según una encuesta del Ministerio de Educación y el Inep, el 92% de las escuelas del país ya aplica la restricción, y el 86% de los directores percibe una disminución de la ansiedad entre los estudiantes. Las mochilas se han convertido en el principal depósito de los dispositivos —lo hacen así el 62% de los centros—, mientras que las agresiones físicas y el ciberacoso han retrocedido, de acuerdo con los gestores consultados.
Ese silencio recuperado coincide con otra señal que llega desde el Cono Sur. En Argentina, las pruebas Aprender 2025 revelaron que más del 70% de los alumnos alcanzó el nivel esperado en lectura y que cinco de cada diez lograron desempeños satisfactorios o avanzados en matemática. El Ministerio de Capital Humano atribuyó la mejora a políticas basadas en evidencia y evaluación, y destacó el papel de las Escuelas Alfa, instituciones del Plan Nacional de Alfabetización que atienden a sectores vulnerables. En esos establecimientos, la brecha de rendimiento respecto de las escuelas no incluidas en el programa se redujo 17,6 puntos, un dato que en Buenos Aires se lee como un avance en equidad.
Mientras en América Latina el foco está puesto en los resultados académicos y la regulación de la tecnología, en Europa el debate se concentra en quién cabe en el aula. Un estudio del Instituto Alemán de Derechos Humanos, basado en 7.462 encuestas a familias con hijos con discapacidad, mostró que el 68,7% de los padres habría preferido una escuela común para sus hijos si las condiciones hubieran sido adecuadas. La investigación, presentada en Berlín, revela que casi la mitad de las familias considera “muy agotadora” la organización de la escolarización inclusiva, y que la falta de formación docente y de estructuras de apoyo convierte a la escuela especial en lo que los autores describen como “una solución de emergencia compensatoria”.
Esa tensión entre el deseo de inclusión y las barreras cotidianas también se mide en el sur de Asia. En Bangladesh, el programa “Shikhbo Shobai” (Aprenderemos Todos), implementado por la organización Sightsavers con evaluación del Instituto de Gobernanza y Desarrollo BRAC y la Universidad de Cambridge, logró aumentar un 15% la participación escolar de niños con discapacidad en 122 escuelas, mientras que el acoso escolar descendió ocho puntos porcentuales. Los investigadores observaron que el impacto positivo era mayor entre las niñas y que la provisión de dispositivos de apoyo, fisioterapia y capacitación a docentes y familias resultó determinante. “Cuando se interviene simultáneamente en la escuela, el hogar y la comunidad, los niños no solo se matriculan, sino que permanecen y rinden exámenes”, explicó el equipo evaluador desde Daca.
En una de esas aulas bangladesíes, una niña con parálisis cerebral escribe su nombre en la pizarra con una férula nueva. A miles de kilómetros, en un patio brasileño, un grupo de adolescentes juega al fútbol sin interrupciones digitales. Las cifras y los estudios confluyen en una misma imagen: la escuela, en latitudes muy distintas, intenta volver a ser un lugar donde el aprendizaje y la convivencia no compitan con la pantalla ni con la exclusión.
Cómo la misma historia se cuenta en otros lugares.
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En América Latina, las revoluciones silenciosas están dando resultados concretos. En Argentina, más del 70% de los alumnos alcanza el nivel esperado en lectura y mejora en matemática, fruto de las políticas educativas. En Brasil, la prohibición de celulares en las escuelas es adoptada por el 92% de las instituciones, y el 86% de los directivos nota estudiantes menos ansiosos y más participativos.
Un estudio alemán sobre inclusión revela que para muchos padres la escuela especial es un 'último recurso', porque las escuelas ordinarias carecen de apoyos suficientes. El derecho a la educación inclusiva sigue sin cumplirse en la práctica, lo que evidencia deficiencias sistémicas.
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