
El funeral de Jamenei reúne a delegaciones de 100 países en una exhibición de fuerza de Irán
La ceremonia, aplazada por la guerra, congrega a millones de iraníes y a enviados de Rusia, China y Pakistán, mientras Estados Unidos intentó disuadir la asistencia internacional.
Teherán dio inicio este sábado a los funerales de Estado del ayatolá Alí Jamenei, asesinado el 28 de febrero en un bombardeo estadounidense-israelí que desató la guerra en Oriente Medio. Las exequias, postergadas durante meses por la intensidad del conflicto, se prolongarán hasta el 9 de julio con un recorrido que atravesará las ciudades santas de Qom, Nayaf y Kerbala, para concluir en Mashhad. Las autoridades iraníes prevén la asistencia de entre 15 y 20 millones de personas solo en la capital, en un operativo de seguridad sin precedentes que incluye el cierre del espacio aéreo y la movilización de 65.000 agentes.
La dimensión diplomática del funeral refleja las alianzas que Teherán busca consolidar tras la guerra. Según la televisión estatal iraní, delegaciones de un centenar de países —entre ellas las de Rusia, China, Pakistán, India, Turquía, Tayikistán, Armenia, Georgia, Irak, Afganistán y Arabia Saudita— acudieron a presentar sus respetos. No fueron invitados gobiernos europeos, según precisó el portavoz de la cancillería iraní. De acuerdo con filtraciones recogidas por la agencia Tasnim, Estados Unidos desplegó una campaña de presión para disuadir la participación, y al menos trece naciones —incluidas tres de Europa del Este, cinco africanas y dos del Golfo Pérsico— redujeron o cancelaron su presencia por temor a represalias en sus relaciones bilaterales con Washington.
Analistas en Oriente Medio interpretan la ceremonia como un intento del liderazgo iraní de proyectar resiliencia y legitimidad interna en un momento de fragilidad. La ausencia del nuevo líder supremo, Mojtaba Jamenei —quien según fuentes de inteligencia resultó herido en el mismo ataque y no ha aparecido en público desde su nombramiento— alimenta las dudas sobre la estabilidad de la cúpula. En contraste, la reaparición del jefe de la Guardia Revolucionaria, Ahmad Vahidi, tras meses de ocultamiento, subraya el peso creciente del estamento militar en la conducción del país. El Parlamento iraní y el presidente Masud Pezeshkian han llamado a la población a convertir el funeral en un “referéndum” de apoyo al sistema, mientras se reportan medidas de presión sobre empresas y empleados públicos para financiar y asistir a los actos.
El funeral coincide con la celebración del Día de la Independencia de Estados Unidos, un simbolismo que Teherán explota para contraponer su narrativa de resistencia. Las ceremonias se desarrollan bajo una tregua temporal y en medio de negociaciones indirectas con Washington, mediadas por Pakistán y Catar, para alcanzar un acuerdo de paz permanente. Desde la óptica de Bruselas, la exclusión de líderes europeos y la presencia de actores como los talibanes o Hezbolá confirman la reconfiguración de alianzas en la región. El sepelio está previsto para el 9 de julio en el mausoleo del Imán Reza, tras lo cual se espera la reanudación de las conversaciones sobre el programa nuclear iraní y la administración del estratégico estrecho de Ormuz.
Cómo la misma historia se cuenta en otros lugares.
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The funeral of Ayatollah Khamenei is portrayed as a historic, spontaneous outpouring of grief by millions of Iranians, demonstrating the nation's unity and unwavering support for the Islamic Revolution. The event is framed as a direct response to the U.S.-Israeli assassination, turning the ceremony into a powerful show of strength and defiance against foreign enemies. The massive turnout is presented as a natural and voluntary expression of loyalty, with no mention of any state mobilization or dissent.
The funeral is covered with a focus on the emotional breakdown of Iranian leaders, but also raises critical questions about the authenticity of the massive turnout, given recent protests against Khamenei. The chants of 'Death to America' and calls for revenge are highlighted, suggesting a militant atmosphere. The coverage implies that the regime may have pressured people to attend, casting doubt on the voluntary nature of the mourning.
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