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Fósiles olvidados y nuevas anatomías reescriben la historia de dinosaurios y tortugas

El primer hueso de dinosaurio antártico, archivado por error durante 40 años, y un estudio que replantea el origen de las tortugas muestran cómo las colecciones de museo siguen transformando la paleontología.

Un fósil guardado en una gaveta del British Antarctic Survey desde 1985 acaba de ser identificado como el primer resto de dinosaurio descubierto en la Antártida. La vértebra, hallada en la isla James Ross y catalogada inicialmente como perteneciente a un gran reptil marino, corresponde en realidad a un titanosaurio, el grupo de saurópodos herbívoros que incluye a los animales terrestres más masivos que han existido. El hallazgo, descrito en la revista Acta Palaeontologica Polonica, confirma que estos dinosaurios de cuello largo habitaron el continente helado hace unos 70 millones de años, cuando la región estaba cubierta por bosques templados y conectada por tierra con Sudamérica y Oceanía.

La pieza permaneció inadvertida hasta que el responsable de la colección geológica, Mark Evans, la reexaminó y consultó al especialista Paul Barrett, del Museo de Historia Natural de Londres. Barrett identificó de inmediato la morfología distintiva de una vértebra caudal de titanosaurio. El fósil, de apenas diez centímetros de diámetro, perteneció a un ejemplar joven o adulto pequeño, de entre seis y siete metros de longitud. Su datación precisa fue posible porque apareció junto a fragmentos de amonitas en rocas marinas, lo que sugiere que el animal fue arrastrado al mar tras morir. El contexto geológico refuerza la hipótesis de que la península antártica funcionó como corredor de dispersión para estos gigantes entre América del Sur y Nueva Zelanda, sin pasar por Australia, donde nunca se han encontrado titanosaurios.

De forma paralela, un estudio publicado en Current Biology ha sacudido el consenso sobre el origen evolutivo de las tortugas. Durante décadas, la paleontología consideró al Eunotosaurus africanus, un reptil del Pérmico con costillas muy anchas, como el ancestro directo de los quelonios. Sin embargo, investigadores del Museo Americano de Historia Natural en Nueva York y la Universidad de Witwatersrand en Sudáfrica analizaron 226 fósiles con escáneres de alta resolución y concluyeron que esa similitud es un caso de evolución convergente. El Eunotosaurus no sería una tortuga primitiva, sino un reptil excavador sin parentesco cercano, mientras que las tortugas se alinearían con los arcosauromorfos, el grupo que incluye a cocodrilos, aves y dinosaurios.

La evidencia anatómica presentada por el equipo de Xavier Jenkins muestra que las tortugas más antiguas comparten con aves y cocodrilos un hueso en la cubierta cerebral, un hueso del oído en forma de estribo libre y un quinto metatarsiano curvado, rasgos ausentes en el Eunotosaurus. Aunque el debate no está cerrado —paleontólogos en Denver y Nuevo México mantienen posturas divergentes—, el trabajo obliga a buscar el origen del caparazón en otro linaje de reptiles. Ambos episodios, separados por continentes y millones de años, ilustran cómo la revaluación de colecciones históricas y las nuevas tecnologías de imagen están reordenando el árbol de la vida. El próximo paso en la Antártida será aprovechar el retroceso del hielo para prospectar nuevas zonas, mientras que la discusión sobre las tortugas se centrará en integrar datos genéticos y fósiles de yacimientos aún no explorados en el hemisferio sur.

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miércoles, 1 de julio de 2026

Fósiles olvidados y nuevas anatomías reescriben la historia de dinosaurios y tortugas

El primer hueso de dinosaurio antártico, archivado por error durante 40 años, y un estudio que replantea el origen de las tortugas muestran cómo las colecciones de museo siguen transformando la paleontología.

Un fósil guardado en una gaveta del British Antarctic Survey desde 1985 acaba de ser identificado como el primer resto de dinosaurio descubierto en la Antártida. La vértebra, hallada en la isla James Ross y catalogada inicialmente como perteneciente a un gran reptil marino, corresponde en realidad a un titanosaurio, el grupo de saurópodos herbívoros que incluye a los animales terrestres más masivos que han existido. El hallazgo, descrito en la revista Acta Palaeontologica Polonica, confirma que estos dinosaurios de cuello largo habitaron el continente helado hace unos 70 millones de años, cuando la región estaba cubierta por bosques templados y conectada por tierra con Sudamérica y Oceanía.

La pieza permaneció inadvertida hasta que el responsable de la colección geológica, Mark Evans, la reexaminó y consultó al especialista Paul Barrett, del Museo de Historia Natural de Londres. Barrett identificó de inmediato la morfología distintiva de una vértebra caudal de titanosaurio. El fósil, de apenas diez centímetros de diámetro, perteneció a un ejemplar joven o adulto pequeño, de entre seis y siete metros de longitud. Su datación precisa fue posible porque apareció junto a fragmentos de amonitas en rocas marinas, lo que sugiere que el animal fue arrastrado al mar tras morir. El contexto geológico refuerza la hipótesis de que la península antártica funcionó como corredor de dispersión para estos gigantes entre América del Sur y Nueva Zelanda, sin pasar por Australia, donde nunca se han encontrado titanosaurios.

De forma paralela, un estudio publicado en Current Biology ha sacudido el consenso sobre el origen evolutivo de las tortugas. Durante décadas, la paleontología consideró al Eunotosaurus africanus, un reptil del Pérmico con costillas muy anchas, como el ancestro directo de los quelonios. Sin embargo, investigadores del Museo Americano de Historia Natural en Nueva York y la Universidad de Witwatersrand en Sudáfrica analizaron 226 fósiles con escáneres de alta resolución y concluyeron que esa similitud es un caso de evolución convergente. El Eunotosaurus no sería una tortuga primitiva, sino un reptil excavador sin parentesco cercano, mientras que las tortugas se alinearían con los arcosauromorfos, el grupo que incluye a cocodrilos, aves y dinosaurios.

La evidencia anatómica presentada por el equipo de Xavier Jenkins muestra que las tortugas más antiguas comparten con aves y cocodrilos un hueso en la cubierta cerebral, un hueso del oído en forma de estribo libre y un quinto metatarsiano curvado, rasgos ausentes en el Eunotosaurus. Aunque el debate no está cerrado —paleontólogos en Denver y Nuevo México mantienen posturas divergentes—, el trabajo obliga a buscar el origen del caparazón en otro linaje de reptiles. Ambos episodios, separados por continentes y millones de años, ilustran cómo la revaluación de colecciones históricas y las nuevas tecnologías de imagen están reordenando el árbol de la vida. El próximo paso en la Antártida será aprovechar el retroceso del hielo para prospectar nuevas zonas, mientras que la discusión sobre las tortugas se centrará en integrar datos genéticos y fósiles de yacimientos aún no explorados en el hemisferio sur.

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