
El ocaso de un magnate: Harvey Weinstein, entre el infarto y el miedo a morir en prisión
El exproductor, condenado por agresiones sexuales, sufrió una insuficiencia cardíaca agravada por neumonía y permanece hospitalizado en Nueva York mientras se aferra a la vida.
Fue un golpe seco, inesperado, mientras esperaba usar el teléfono en el penal de Rikers Island. Harvey Weinstein le preguntó al recluso que tenía delante si ya había terminado; el hombre se bajó y le asestó un puñetazo en la cara. El antiguo titán de Hollywood cayó al suelo, sangrando profusamente. “No podés ser un buchón. Es la ley de la selva”, relató después el productor en una entrevista con The Hollywood Reporter, una de las escasas ventanas a su vida tras las rejas. Ese episodio, que él mismo describió como una muestra del “infierno” que es Rikers, encapsula la fragilidad de un hombre que alguna vez decidió destinos en la alfombra roja y hoy teme morir en una celda.
Dos semanas atrás, esa fragilidad se volvió emergencia médica. Weinstein, de 74 años, comenzó a respirar con extrema dificultad en su celda. Según reportes de la prensa estadounidense, los médicos diagnosticaron una insuficiencia cardíaca desencadenada por una neumonía bilateral. Fue trasladado de urgencia al ala penitenciaria del Hospital Bellevue, en Manhattan, donde permanece conectado a un monitor cardíaco y recibe antibióticos por vía intravenosa. Aunque fuentes cercanas al paciente indican que ha mostrado una leve mejoría, los mismos informes subrayan que “todavía no está fuera de peligro”. No es la primera crisis: en los últimos dos años se le ha detectado leucemia mieloide crónica, ha sido operado del corazón de urgencia y ha superado el COVID-19 con doble neumonía. Su abogado había descrito su estado como un “descarrilamiento de tren” sanitario.
La imagen del productor postrado en una cama de hospital contrasta con el poder omnímodo que ejerció durante décadas. Weinstein fue el arquitecto de Miramax, el hombre que moldeó el gusto cinematográfico de los años noventa y acumuló estatuillas mientras, según las investigaciones judiciales, tejía una trama de abusos sexuales que el movimiento #MeToo destapó en 2017. Condenado en 2020 a 23 años de prisión en Nueva York —sentencia luego anulada por errores procesales—, y a 16 años en California por violación, su figura se convirtió en el emblema de la caída de los depredadores sexuales de la industria del entretenimiento. En los medios latinoamericanos, el caso reactivó en 2018 la etiqueta #MiráCómoNosPonemos, una réplica local del #MeToo que visibilizó cientos de denuncias en Argentina y otros países de la región.
Desde la prensa europea, la atención se ha centrado en la paradoja de un hombre que, pese a sus múltiples dolencias, sigue enfrentando procesos judiciales. En mayo pasado, un tercer juicio por abuso sexual en Nueva York fue declarado nulo al no alcanzar el jurado un veredicto unánime, y aún aguarda una nueva sentencia en septiembre. Analistas en España señalan que el goteo de noticias sobre su salud reaviva el debate sobre las condiciones carcelarias en Estados Unidos, especialmente en un centro como Rikers Island, cuya clausura ha sido reclamada por organizaciones de derechos humanos. Mientras, en las salas de redacción de América Latina, la historia de Weinstein se lee como un folletín trágico: el hombre que lo tuvo todo y hoy, aislado, pasa hasta 23 horas al día en su celda, hablando cada tres horas con sus hijos por teléfono para “mantenerse cuerdo”.
“No quiero morir aquí”, confesó Weinstein en aquella entrevista desde la prisión. La frase, pronunciada con un miedo terrible, resuena ahora en la unidad penitenciaria del Bellevue, donde el exproductor yace con el pecho lleno de cables y el futuro reducido a un monitor cardíaco. La misma ciudad que aplaudió sus estrenos hoy lo contiene en una cama de hospital custodiada, mientras el reloj de la justicia y el de su corazón avanzan a ritmos inciertos.
Cómo la misma historia se cuenta en otros lugares.
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El magnate caído en desgracia sufrió un fallo cardíaco en prisión y fue trasladado de urgencia al hospital. La narrativa subraya la caída dramática de un hombre que alguna vez fue todopoderoso, ahora luchando por su vida entre rejas. La emergencia médica se enmarca como el último capítulo de una larga decadencia.
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