
A 108 años de su nacimiento, el legado de Mandela entre la lucha y la melancolía
La ONU conmemora el Día Internacional de Nelson Mandela mientras nuevas biografías revelan la tristeza íntima del líder que venció al apartheid y visitó Brasil en 1991.
El 18 de julio de 2026 se cumplen 108 años del nacimiento de Nelson Mandela, fecha que desde 2009 la Asamblea General de las Naciones Unidas consagra como Día Internacional de Nelson Mandela. La efeméride, concebida para honrar la contribución del expresidente sudafricano a la paz y la libertad, moviliza cada año a gobiernos y ciudadanos en una jornada de servicio comunitario. Según la resolución fundacional, el objetivo es inspirar acciones concretas contra el racismo y por la justicia social, un recordatorio de que, en palabras del propio Mandela pronunciadas en 1953, “no hay un camino fácil hacia la libertad”.
Desde la óptica de Johannesburgo, la conmemoración de 2026 llega acompañada de una relectura íntima del líder. La antigua jefa de gabinete de Mandela, Barbara Masekela, describió en una biografía reciente al estadista como un “hombre profundamente triste”, alguien que encarnaba “un silencio aterrador”. El politólogo Jonny Steinberg, autor de Winnie y Nelson: retrato de un matrimonio, sostiene que Mandela consideraba su vida una tragedia y que la fama mundial nunca compensó las pérdidas personales. Estas revelaciones, difundidas en medios sudafricanos y retomadas por analistas en Europa, matizan la imagen del icono sin restar un ápice a su estatura política: fue el hombre que, tras 27 años de prisión, condujo a Sudáfrica hacia la democracia y desmanteló el régimen de segregación racial del apartheid.
En América Latina, la figura de Mandela evoca un gesto concreto de solidaridad. Seis meses después de salir de la cárcel, en agosto de 1991, el líder visitó Brasilia para recabar apoyos de cara a las elecciones de 1994. En la Universidad de Brasilia recibió el título de doctor honoris causa y, ante el Congreso Nacional, pronunció un discurso en el que llamó a “darnos las manos en solidaridad y apoyo dondequiera que sea necesario, para barrer el racismo de la faz de la Tierra”. Aquella visita, registrada en los archivos del Senado brasileño, es recordada por fuentes diplomáticas como un hito en la relación entre el África austral y el gigante sudamericano, y un ejemplo temprano de la cooperación Sur-Sur en la lucha contra la discriminación racial.
El contexto histórico que forjó a Mandela fue el de una Sudáfrica donde, a partir de 1948, el Partido Nacional institucionalizó el apartheid. Las leyes segregaban el acceso a la tierra, la educación, el voto y el empleo, y el Estado respondió con creciente represión a las protestas pacíficas. La Campaña de Desafío de 1952, impulsada por el Congreso Nacional Africano, movilizó a miles de voluntarios de todas las razas en actos de desobediencia civil, pero el gobierno replicó con arrestos masivos y leyes de seguridad que criminalizaban la disidencia. En ese clima, Mandela defendió una estrategia de paciencia, organización y realismo político, convencido de que la fuerza del movimiento residía en la conciencia colectiva y no en los discursos.
De cara al futuro inmediato, la ONU ha reiterado su llamado a dedicar 67 minutos —uno por cada año de activismo de Mandela— a obras de voluntariado durante la jornada. Las conmemoraciones oficiales se extienden desde Pretoria hasta Nueva York, mientras que en Venecia, la Festa del Redentore de este año coincide con la fecha, uniendo simbólicamente la celebración religiosa con el mensaje de reconciliación. El dossier sobre el legado de Mandela sigue abierto: las nuevas miradas biográficas no cuestionan su grandeza, pero recuerdan que incluso los héroes más admirados cargan con un costo personal que la historia oficial rara vez registra.
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Mandela no es solo un líder político; es el símbolo moral de la humanidad, cuya enseñanza de perdón y justicia sigue siendo relevante.
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