
Un manto de colores sobre la grama del Congreso: crónica de un orgullo que no se rinde
El 28 de junio, activistas desplegaron una bandera de 50 metros frente al Congreso brasileño y se arrodillaron ante la policía; símbolo de una celebración global marcada por la resistencia y la memoria.
A las diez de la mañana, una veintena de activistas extendió sobre el césped del Congreso Nacional de Brasilia una bandera arcoíris de cincuenta metros. Minutos después llegaron patrullas de la policía legislativa. El grupo se arrodilló, mostró las manos vacías y explicó que aquel paño era un emblema de orgullo frente a la violencia. El activista Michel Platini recordó que habían avisado con antelación, como garantiza la Constitución, pero los agentes alegaron falta de autorización y les obligaron a retirarlo. “Fue una confusión que los policías proporcionaron. Queríamos un acto pacífico por la visibilidad de nuestra lucha”, lamentó el diseñador Rafael Lira.
Ese gesto contenido —una tela de colores confrontada al poder— sintetiza la ambivalencia del Día Internacional del Orgullo LGBTQIA+. La fecha rememora la revuelta de Stonewall (Nueva York, 1969), cuando clientes de un bar se enfrentaron a una redada policial y encendieron el movimiento moderno por los derechos sexuales. Hoy se celebra en decenas de países, aunque cada territorio le imprime su propio calendario: en Argentina, la Marcha del Orgullo tiene lugar en noviembre para recordar la creación de Nuestro Mundo, el primer colectivo homosexual de América Latina, en 1967. En Brasil, la jornada combina festejos callejeros con amargos recuentos: según el Observatório LGBTI+ local, solo en el primer trimestre de 2026 se registraron 50 muertes por LGBTfobia.
La cultura es, desde hace décadas, trinchera y altavoz de la comunidad. Las gírias del bajubá o pajubá —herencia de travestis y terreiros afrobrasileños— trenzan un vocabulario de pertenencia que a veces llega a las telenovelas. En la música iberoamericana, figuras como la brasileña Liniker, primera artista trans en ganar un Grammy Latino, o el malagueño Pablo Alborán, que sigue llenando recintos sin que su orientación opaque su reconocimiento, encarnan esa afirmación. Mientras, el mundo de la moda recalibra su relación con el arcoíris: tras temporadas de recogimiento conservador, marcas como Levi’s, Adidas o American Eagle han vuelto a lanzar colecciones Pride, a menudo asociadas a donativos para organizaciones de derechos.
Sin embargo, la arquitectura jurídica rara vez acompaña el pulso de las calles. En Brasil, derechos fundamentales como el casamiento igualitario o la criminalización de la homotransfobia no nacieron de leyes votadas en el Congreso, sino de decisiones del Supremo Tribunal Federal. A miles de kilómetros, en la India, una reciente enmienda al Acta de Protección de Personas Transgénero elimina el derecho a la identidad de género autopercibida y estrecha la definición legal a categorías socioculturales y biológicas, en un retroceso que los activistas califican de peligroso. Esta brecha entre conquistas judiciales y legislación explícita alimenta la incertidumbre. Psicológicamente, el impacto es profundo: especialistas del sistema público de salud en São Paulo subrayan que la ansiedad y la depresión en la población LGBTQIA+ no derivan de su orientación o identidad, sino de “marcadores sociales de exclusión, violencia y falta de acogida”.
Tal vez por eso la imagen del césped del Congreso vuelve una y otra vez. No se trató de una prohibición accidental: los activistas recordaron que esa misma fuerza policial no había contenido los actos antidemocráticos que años atrás invadieron las sedes de los tres poderes. La asimetría cala entre quienes ven en el gesto de desplegar una tela un acto tan sencillo como irrenunciable: afirmar que se existe, que se resiste y que, aun cuando la autoridad manda recoger los colores, el orgullo permanece tendido en la historia.
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