
Osaka irrumpe en Wimbledon: victoria, kimono y el pulso entre tradición y espectáculo
La japonesa selló su pase a tercera ronda con un tenis arrollador mientras su vestido de inspiración nupcial y el colorido de las gradas desafían el código blanco del torneo.
Naomi Osaka no solo avanzó con autoridad a la tercera ronda de Wimbledon; lo hizo envuelta en un mensaje. La exnúmero uno mundial, que el domingo había pisado el All England Club con un vestido blanco de inspiración nupcial japonesa y una cola dramática diseñada por Hana Yagi, cambió este miércoles a un modelo más sencillo —un vestido con pañuelo ornamentado y chaqueta— pero mantuvo intacta su pegada: 6-3 y 6-2 ante la rusa Anastasia Gasanova. Desde Tokio, la prensa especializada subraya que la tenista ha convertido cada entrada a la pista en una pasarela donde dialoga con sus raíces, y el circuito de Grand Slams ya registra tres puestas en escena rotundas en lo que va de 2026.
El código de vestimenta de Wimbledon, vigente desde 1880, exige el blanco casi absoluto para los jugadores. Medios brasileños recuerdan que la norma nació para disimular las manchas de sudor, consideradas impropias, y que solo permite ribetes de color de hasta un centímetro. La rigidez de la regla ha provocado ausencias sonadas —André Agassi se saltó tres ediciones por no poder vestir de color— y amonestaciones como la que recibió Roger Federer en 2013 por unas suelas naranjas. En 2023 se introdujo la única flexibilización relevante: las tenistas pueden usar culottes oscuros por razones de ciclo menstrual. Osaka, sin embargo, no ha necesitado infringir el reglamento para hacer de la restricción un lienzo: su primer estilismo reinterpretó el kimono de boda dentro de los márgenes cromáticos, demostrando que el blanco admite mucha más narrativa de la que el reglamento sugiere.
Mientras las jugadoras negocian con la tradición, las gradas han decidido ignorarla. Analistas de moda en Londres observan que el público famoso ha abandonado el blanco como uniforme tácito y se ha lanzado a los pasteles, los lunares y los trajes de chaqueta rosa. AJ Odudu apareció con un vestido amarillo mantequilla, Jameela Jamil encadenó dos jornadas con estampados de topos y Mollie King optó por un conjunto rosa con aires de Jackie Kennedy. La prensa británica interpreta el giro como el triunfo del “dopamine dressing” —vestir para expresar personalidad mediante el color— sobre el lujo silencioso que dominaba las temporadas anteriores. El manual de hospitalidad del torneo solo exige “smart casual”, así que la revolución cromática no vulnera ninguna norma escrita, aunque sí desdibuja la estampa monocromática que durante siglo y medio identificó al evento.
El tercer frente donde Wimbledon defiende su liturgia es el silencio. La directora ejecutiva del club, Sally Bolton, confirmó que ningún marcador gigante ni televisor del recinto emitirá los partidos del Mundial de fútbol, que este miércoles enfrentaba a Inglaterra con la República Democrática del Congo en octavos de final. La prensa italiana subraya que ni siquiera la sala de jugadores tendrá las pantallas encendidas, aunque los teléfonos móviles sí están permitidos —salvo en el Royal Box, donde se desaconsejan. La medida revive el episodio de 2024, cuando Novak Djokovic interrumpió su partido contra Alexei Popyrin al escuchar un rugido en la grada: los espectadores seguían por el móvil la tanda de penaltis de Inglaterra ante Suiza. El serbio improvisó entonces un lanzamiento de penalti fingido y arrancó una ovación que, por unos segundos, quebró la solemnidad del Centre Court.
Osaka, ajena al ruido externo, tiene un aliciente íntimo para prolongar su estancia en Londres. “Mañana es el tercer cumpleaños de mi hija; no quiero que tenga que subirse a un avión ese día”, declaró tras la victoria, según recogen medios de Oriente Medio. Su siguiente obstáculo será la australiana Daria Kasatkina o la indonesia Janice Tjen, un duelo que definirá si la japonesa supera por primera vez la tercera ronda en el All England Club y si su particular pasarela sigue desfilando sobre el césped más celoso de sus tradiciones.
Cómo la misma historia se cuenta en otros lugares.
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El atuendo inspirado en el kimono de Naomi Osaka en Wimbledon se celebra como una audaz declaración de moda que redefine la elegancia del tenis. Su contundente victoria en la cancha complementa su estilo, demostrando que la tradición puede evolucionar sin perder su esencia.
El blanco sagrado de Wimbledon se está desvaneciendo a medida que los invitados de primera fila adoptan una moda dictada por las tendencias, marcando un alejamiento del rígido código de vestimenta del torneo. El cambio refleja un giro cultural más amplio en el que la tradición cede paso a la expresión individual.
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