
Lluvias efímeras, vientos legendarios: arranca el verano en Asia
De la polvareda del viento de los 120 días en Irán al aguacero pasajero de Daca, los extremos meteorológicos dibujan el inicio de la estación.
En la capital de Bangladesh, el aguacero de la tarde del domingo fue un espejismo. Apenas cesó, el asfalto devolvió el calor y la humedad volvió a pesar como una losa. Los termómetros marcaban 34,2 °C, pero la sensación térmica era mucho mayor. “La lluvia alivió un poco, pero enseguida el calor volvió a subir”, describía un meteorólogo del departamento local. La breve tregua apenas sirvió para humedecer las calles de Daca, donde el monzón aún se resiste a desplegar su manto húmedo.
Mientras, a miles de kilómetros, Teherán amanecía con 39 °C en la jornada inaugural del verano. Las ráfagas de viento arrastraban polvo del desierto y en los barrios del sur de la capital iraní la visibilidad caía en picado. En la provincia de Sistán y Baluchistán, el célebre “viento de los 120 días” —una corriente que sopla sin tregua desde mayo hasta septiembre y que a veces se alarga 170 jornadas— levantaba tormentas de arena. Las autoridades emitieron alerta amarilla por posibles crecidas de ríos estacionales y daños en cultivos. En Ahvaz, el mercurio rozaría los 49 °C el lunes, según los pronósticos.
Las culturas locales han aprendido a convivir con estos extremos. En Irán, el viento de Sistán forma parte del acervo: durante siglos ha erosionado suelos y modelado el paisaje, mientras los campesinos refuerzan los invernaderos y los conductores aminoran la marcha cerca de las dunas. En Bangladesh, la tardanza del monzón —este año el flujo húmedo se detuvo sobre Bengala Occidental y Bihar— inquieta a los agricultores que dependen de las lluvias regulares para el arroz. Las mezquitas de Daca, mientras tanto, esparcen el llamado a la oración sobre una ciudad que se debate entre el sofoco y la promesa de otra lluvia pasajera.
En el Mediterráneo oriental, Israel emitió una alerta naranja por carga de calor severa en el valle del Jordán y la región del mar Muerto (hasta 37 °C en Eilat). En el golfo Pérsico, avisos marítimos prevenían del oleaje a los pescadores de Juzestán y Hormozgán. Por contraste, en los Emiratos Árabes Unidos la jornada amanecía despejada, con brisas suaves y humedad nocturna que dejaría bancos de niebla sobre la costa de Abu Dabi y Dubái: allí el termómetro llegaría a 45 °C en el interior, pero la vida seguía acondicionada al ritmo de los aires artificiales.
Más allá de las coordenadas geográficas, estos boletines meteorológicos dibujan el mismo gesto humano: el de protegerse del cielo. En las montañas del Alborz iraní, el trueno interrumpe el pastoreo; en las calles de Daca, un paraguas es más biombo que impermeable; en Zabol, los niños se cubren el rostro con el pañuelo que heredaron de sus abuelos. Así empieza el verano en una franja del mundo donde el clima no es un decorado, sino un personaje central.
Cómo la misma historia se cuenta en otros lugares.
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The Iranian summer begins with stark contrasts: while the southeast and northern regions are hit by showers and thunderstorms, Tehran reaches 39°C. Authorities issue orange alerts for strong winds and dust, with risks of flooding and infrastructure damage. The public is urged to be cautious, especially in areas prone to extreme weather.
Israel faces the first day of summer with an intense heatwave, especially in the Jordan Valley and the Dead Sea area, where an orange alert for heat stress is issued. Temperatures are normal for the season, but the heat load is considered dangerous in low-lying areas. Meteorologists advise avoiding prolonged sun exposure during peak hours.
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