
Las manos que moldean el cacao: historias mínimas en el Día Mundial del Chocolate
Desde una voluntaria nonagenaria en Brasil hasta los nuevos empresarios de Bangladesh, la fecha revela un mapa de tradiciones, oficios y pequeñas revoluciones sensoriales.
En Santa Cruz do Rio Pardo, interior de São Paulo, Mirtes Saliba cumple 90 años sin que sus manos pierdan el ritmo. Cada mañana se sienta ante las mesas de la Chocolataria do Frei Chico, donde envuelve bombones, moldea barras y supervisa la temperagem con la paciencia de quien lleva décadas en el oficio. “Enquanto eu tiver saúde, estarei aqui”, dice, sin solemnidad, mientras el aroma del cacao impregna el salón. Lo que comenzó hace tres décadas como una forma de regalar huevos de Pascua a niños sin recursos es hoy una fuente de ingresos que cubre la cuarta parte de los gastos de un centro social que atiende a 170 menores. Mirtes no habla de marketing ni de tendencias: habla de estar presente.
Esa misma escena íntima se replica, con otros acentos, en el Día Mundial del Chocolate que se conmemora cada 7 de julio. La fecha recuerda la llegada del producto a Europa en el siglo XVI, pero su geografía real es mucho más antigua y extensa. En México, alrededor de 45 mil familias dependen del cultivo de la semilla, según datos de la FAO retomados por el Consejo de la Comunicación. Tabasco concentra el 68% de la producción nacional y Chiapas otro 33%, mientras las exportaciones mexicanas alcanzaron los 101 millones de dólares en abril de 2026, con destino a Estados Unidos, Alemania y los Países Bajos. Del otro lado del mapa, en Bangladesh, la industria local del chocolate vive una transformación silenciosa: empresas como Akij Bakers producen tabletas con formulaciones británicas que se venden a la mitad del precio de las importaciones, y el mercado crece a un ritmo anual de entre el 12 y el 15 por ciento.
El cacao, sin embargo, no es solo volumen y balanza comercial. En Bélgica, la tradición chocolatera se mide en gestos artesanales que pasan de padres a hijos. Allí nació el praliné a principios del siglo XX, y firmas como Neuhaus, Godiva o Pierre Marcolini convirtieron el chocolate en un objeto de culto donde la precisión técnica se asemeja a la de un pase de fútbol bien ejecutado —comparación que no es forzada en un país que venera ambos mundos con igual intensidad. Mientras, en Brasil, los degustadores profesionales de fábricas como Nestlé en Caçapava aprenden a identificar el “snap”, ese chasquido seco de una barra bien cristalizada, y aseguran que el paladar no se cansa: “Chocolate é um produto que não dá para enjoar”, afirma Nathalia Costa, gerente de calidad.
Detrás de cada tableta hay también una búsqueda de sentido. En São José do Rio Preto, el empresario Cesar Ferreira dedica hasta 48 horas a la conchagem de sus chocolates artesanales, sin ingredientes de origen animal y con opciones sin azúcar, convencido de que el chocolate es “alimento, no golosina”. En Bangladesh, el ejecutivo Shafiqul Islam Tushar explica que la apuesta por el “premium asequible” permite que un joven en Dhaka acceda a una tableta de textura europea por 120 takas, cuando la importada cuesta 240. Son economías distintas, pero comparten una misma lógica: la calidad ya no es patrimonio exclusivo de las capitales gourmet.
Al caer la tarde en Santa Cruz do Rio Pardo, Mirtes Saliba guarda los moldes y apaga las luces de la chocolatería. No hay grandes discursos, solo el ruido de las llaves y el compromiso de volver al día siguiente. En un mundo que celebra el chocolate con festivales, lanzamientos y cifras millonarias, la imagen de una mujer de 90 años que envuelve bombones para que otros niños tengan un plato caliente recuerda que el cacao, antes que industria, fue semilla compartida.
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| Prensa india y del sur de Asia | +0.80 | aligned |
| Prensa del Sudeste Asiático | 0.00 | neutral |
The friar's chocolataria and volunteers maintain a social center for children, showing that chocolate can be a vehicle for solidarity.
It emphasizes the social role of chocolate through a touching story, overlooking commercial and exploitation aspects.
It omits potential negative health effects of excessive sugar consumption and labor conditions in cocoa plantations.
Bangladesh is experiencing a silent chocolate revolution: local producers offer premium quality at affordable prices, challenging imported brands.
It builds a narrative of national success by contrasting the past of import dependence with the present of local production, using market data and entrepreneur stories.
It omits challenges in the cocoa supply chain, such as reliance on imported raw materials or unfair competition.
Chocolate contains caffeine and theobromine, stimulants of the nervous system, but the effect is milder than coffee.
It adopts an objective and scientific tone, citing authoritative sources (NIH) to explain a little-known aspect, without value judgments.
It does not discuss cultural or economic aspects of chocolate, nor the context of the global celebration.
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