
La venta de IA estadounidense a firmas chinas vetadas expone las fisuras del bloqueo tecnológico
OpenAI y Google confirman que suministran modelos avanzados a subsidiarias de Alibaba, Baidu y Tencent en Singapur, mientras Pekín sopesa autorizar importaciones limitadas de chips H200 de Nvidia.
La confirmación por parte de OpenAI y Google de que proveen servicios de inteligencia artificial a filiales singapurenses de Alibaba, Baidu y Tencent —tres conglomerados que el Pentágono acusa de colaborar con las fuerzas armadas chinas— ha puesto al descubierto una brecha significativa en los esfuerzos de Washington por frenar el desarrollo de IA de Pekín. La revelación, difundida por Financial Times, muestra que las restricciones actuales, centradas en modelos concretos como GPT-5.6 o los de Anthropic, no impiden el acceso de empresas sancionadas a otras herramientas avanzadas cuando operan fuera de territorio chino.
Las compañías estadounidenses han adoptado respuestas dispares. OpenAI suspendió en junio el acceso a su API para usuarios vinculados a Alibaba tras detectar un uso masivo de cuentas falsas —Anthropic denunció ante el Congreso 25.000 cuentas fraudulentas y 28,8 millones de intercambios con su modelo Claude—, mientras Google mantiene sus servicios en Hong Kong y Singapur amparándose en políticas de uso que prohíben el acceso desde otras regiones. Desde Washington, la normativa vigente no veta la provisión de software de IA a entidades incluidas en la lista negra si la operación se realiza en terceros países, lo que genera un vacío legal que Pekín explota para sortear el embargo.
Este forcejeo regulatorio se produce en un momento de efervescencia del mercado global de semiconductores para IA. Corea del Sur, cuyos gigantes Samsung Electronics y SK Hynix controlan más de tres cuartas partes del mercado de chips de memoria de alto ancho de banda, ha visto dispararse sus exportaciones un 75% en poco más de un año, con los chips representando ya una cuarta parte del total. La capitalización bursátil de ambas firmas se ha multiplicado por cuatro en el primer semestre de 2026, impulsada por planes de inversión de 880.000 millones de dólares y una fiebre especulativa con fondos cotizados apalancados. Mientras, China acorta distancias en diseño de procesadores: se proyecta que los diseñadores domésticos capturen el 80% del gasto en chips de IA este año, y Pekín estudia autorizar compras limitadas del chip H200 de Nvidia, hasta ahora retenido por temor a la dependencia tecnológica.
El siguiente hito será la decisión de Pekín sobre las importaciones del H200, que podría reconfigurar el equilibrio de poder en la cadena de suministro de IA. Paralelamente, el Departamento de Justicia y la Comisión Federal de Comercio de EE.UU. mantienen investigaciones antimonopolio sobre OpenAI, lo que añade presión sobre las prácticas comerciales de los desarrolladores estadounidenses en un contexto de creciente rivalidad geotecnológica.
| Prensa rusa y CEI | −0.40 | critical |
|---|---|---|
| Prensa iraní y afín | −0.70 | critical |
| Prensa latinoamericana | 0.00 | neutral |
| Prensa del Sudeste Asiático | +0.30 | aligned |
Russia denounces American hypocrisy in AI control, showing how restrictions are easily bypassed.
It highlights the contradiction between declared restrictions and actual commercial transactions, creating a double-standard effect.
It omits that Beijing is easing its own chip restrictions, which reduces the scale of the violation.
Tehran denounces America's inability to control its own companies and technological borders.
It uses the episode as evidence of an American double game, emphasizing OpenAI's delayed reaction as an admission of guilt.
It omits that Beijing is easing its own restrictions, which reduces the scope of the violation.
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It presents facts in a balanced way, juxtaposing the circumvention news with Chinese progress, to offer a complete picture without taking sides.
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Southeast Asia pragmatically welcomes China's easing, seeing commercial and technological opportunities.
It shifts focus from the sanctions violation to Chinese flexibility, normalizing chip access as part of global trade.
It completely omits the role of Singapore subsidiaries and US restrictions, presenting the story only as a Chinese decision.
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