
La súplica de una madre y el coro global contra las drogas
En el Día Internacional contra el Abuso de Drogas, desde Bangladesh hasta Ghana, las comunidades ensayan respuestas que van del castigo a la prevención, mientras una madre pide cárcel para su hijo.
En Lalmonirhat, al norte de Bangladesh, una madre se plantó ante el juez de un tribunal móvil y le pidió que encerrara a su hijo drogadicto durante un año. No quería diez días de calabozo, ni una multa: quería un año. La escena, recogida por testigos durante una cadena humana convocada por el Día Internacional contra el Abuso de Drogas y el Tráfico Ilícito, condensa el desgarro de familias que ya no encuentran refugio en la ley ni en la clínica. Ese mismo 26 de junio, en cientos de ciudades, la fecha funcionó como un espejo fragmentado donde cada sociedad proyectó su propia urgencia.
La jornada tuvo epicentros dispersos. En Acra, el ministro de Educación de Ghana, Haruna Iddrisu, ordenó la expulsión inmediata de cualquier estudiante hallado con drogas en los campus y dispuso que, a partir de ese día, todos los colegios intercalaran entre el himno nacional y el juramento una afirmación colectiva: un alumno dirá “No empieces” y el resto responderá “Vive sin arrepentimiento”. En Teherán, el presidente Masoud Pezeshkian reclamó una revisión de las leyes y los procesos ejecutivos para gestionar la adicción con criterios científicos, atacando simultáneamente la oferta y la demanda, y defendió un enfoque de proximidad que instale servicios terapéuticos y de apoyo en los barrios. En Lagos, la organización Mountain Top Rehabilitation Centre entrenó a 130 orientadores de escuelas secundarias públicas en detección precoz, consejería y derivación, con la convicción de que el aula es la primera línea de defensa.
Desde el sur de Asia, las voces recogidas en Gazipur, Lalmonirhat y Khulna insistieron en que la represión policial no basta. Activistas culturales, periodistas y exmilitares bangladesíes reclamaron que se identifique a los “padrinos” del narcotráfico, se fortalezca el control fronterizo y, sobre todo, se devuelva a los jóvenes a los campos de juego, al teatro y a la poesía. “Solo con redadas no se erradica la droga; hay que despertar la conciencia social y los valores familiares”, repitió el escritor Fardin Ferdous en Gazipur. En la misma línea, desde Abuakwa Norte, en Ghana, el director de Bienestar Social, Percy Nimako-Yamoah, propuso un gesto mínimo y cotidiano: que cada adulto dedique un minuto al día a hablar con un joven sobre los riesgos de las sustancias. Prevenir, repitió, es más barato que rehabilitar.
El mosaico de respuestas dibuja un tránsito incómodo entre el castigo ejemplar y la intervención temprana. Mientras el gobierno ghanés blande la expulsión escolar como herramienta disuasoria, el presidente iraní advierte que sin control de la demanda el combate a la oferta será estéril, y los orientadores nigerianos aprenden a detectar señales de alarma antes de que la experimentación derive en dependencia. En todos los casos, la familia aparece como el territorio más disputado: el imán nacional de Ghana, el jeque Osman Nuhu Sharubutu, pidió a los padres que vigilen las compañías de sus hijos; en Lalmonirhat, el periodista Gokul Chandra Roy lo resumió con una sentencia sin matices: “Si alguien en la familia cae en la droga, esa familia queda destruida, no hay duda”.
Al caer la tarde en Khulna, los participantes de otra cadena humana alzaron pancartas con lemas que son a la vez advertencia y caricia: “Ama la vida, aléjate de las drogas”, “Quien te invita a drogarte no es tu amigo”. Lejos de allí, en las aulas ghanesas, el nuevo ritual ya había empezado a rodar. Un estudiante se pone de pie y dice: “No empieces”. El resto, a coro, responde: “Vive sin arrepentimiento”. La escena, repetida cada mañana, es quizá la imagen más nítida de una jornada que no ofreció soluciones sino un repertorio de gestos con los que el mundo intenta coser un tejido social deshilachado por el narcotráfico y la adicción.
Cómo la misma historia se cuenta en otros lugares.
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En África subsahariana, la respuesta a la amenaza de las drogas es institucional e intransigente. Las autoridades escolares reciben la orden de expulsar a cualquier alumno hallado con sustancias ilícitas, mientras los funcionarios de bienestar social instan a cada ciudadano a dedicar un minuto al día a educar a los jóvenes. Entidades religiosas y educativas se movilizan para formar consejeros y levantar un frente contra el peligro creciente.
En todo el sur de Asia, el mensaje antidroga se transmite mediante reuniones comunitarias y activismo cultural. Los ciudadanos forman cadenas humanas, portan pancartas con lemas como 'Ama la vida, aléjate de las drogas' y llaman a un movimiento social unido. Se recuerda a los padres que vigilen de cerca las compañías de sus hijos, enmarcando la lucha como un deber moral colectivo.
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