
La Copa del Mundo: el trofeo de 6,175 kilos que los campeones solo sostienen minutos
La FIFA entrega el original de oro 18 quilates en la ceremonia y luego lo reemplaza por una réplica; su valor es incalculable pero su peso y materiales son precisos.
Este domingo, en el MetLife Stadium, el reloj marcará los últimos segundos de la final entre Argentina y España. El pitazo final dará paso a la escena más repetida del fútbol: el capitán ganador alzará la Copa del Mundo ante la mirada de millones. Esos instantes de gloria tendrán un peso concreto: 6,175 kilogramos, los que tiene el trofeo original que la FIFA cuida con recelo desde hace medio siglo. Porque, aunque la imagen parezca eterna, la federación solo cede la copa auténtica durante la ceremonia. Inmediatamente después, la selección campeona debe devolverla y recibe, en su lugar, una réplica bañada en oro.
La pieza, diseñada por el escultor italiano Silvio Gazzaniga en 1971, mide 36,8 centímetros y está forjada en oro de 18 quilates. Su base verde de malaquita contrasta con el brillo metálico. "Las líneas emergen de la base, se elevan en espirales y se extienden para abrazar el mundo", describió el artista, cuyas dos figuras humanas sostienen el globo en el momento de la victoria. Si fuera maciza, la obra superaría los 70 kilos; su interior hueco permite que los capitanes la eleven sobre sus cabezas. Especialistas señalan que el oro puro contenido ronda los 4,9 kilos, lo que situaría el valor material entre 250.000 y 400.000 dólares, aunque la FIFA nunca ha publicado una tasación oficial.
El modelo actual sustituyó a la Copa Jules Rimet, que Brasil ganó en propiedad tras su tercer título en 1970. Aquella estatuilla de plata bañada en oro fue robada dos veces: en 1966 en Inglaterra —recuperada por un perro llamado Pickles— y en 1983 en Río de Janeiro, donde desapareció sin dejar rastro. Para evitar pérdidas, la FIFA estableció que el nuevo trofeo jamás sería entregado de forma permanente. Así, desde 1974, el original solo abandona el Museo del Fútbol de Zúrich para el sorteo, el partido inaugural y la final. Un dato que enorgullece a la prensa brasileña: desde la adopción de la copa actual, únicamente Alemania (3), Argentina (3), Italia (2), Brasil (2), Francia (2) y España (1) han inscrito su nombre en la base.
El protocolo es estricto. Solo los campeones mundiales y los jefes de Estado pueden tocar la copa con las manos descubiertas. El resto del personal debe usar guantes blancos. La norma quedó en evidencia durante el sorteo del Mundial 2026, cuando el entrenador argentino Lionel Scaloni, campeón en 2022, apareció con guantes. Al día siguiente, el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, le pidió disculpas y lo invitó a sostenerla sin ellos. Además del honor, el monarca del torneo recibirá 50 millones de dólares, la mayor bolsa de premios en la historia de la competición.
Para los aficionados latinoamericanos y europeos que sigan la final, el brillo del oro será efímero. La copa viajará de vuelta a Suiza casi de inmediato, pero su leyenda seguirá creciendo con el campeón que este domingo la eleve sobre el césped de Nueva Jersey.
| Prensa latinoamericana | 0.00 | neutral |
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| Prensa del Golfo árabe | 0.00 | neutral |
| Prensa india y del sur de Asia | 0.00 | neutral |
The trophy is a precious artifact whose technical features are revealed.
By focusing on weight, materials, and value, the symbolic dimension is reduced to mere objective data, avoiding any criticism of FIFA's control.
The cost of the replica and the disparity between the original trophy's value and that of the copy are not mentioned.
The ceremony is the highlight, with figures of power presenting the award.
By including Trump and Infantino, the event is personalized and attention shifts from the trophy itself to the personalities, making the story more mundane.
The reason why FIFA keeps the original and the implications for fans are not discussed.
The trophy has a craft history and tradition that make it unique.
By framing the question in a historical perspective (who makes it, for how long), the replica rule is normalized as part of tradition.
The issue of FIFA's ownership as a restriction is not addressed, but presented as an unquestioned custom.
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