
La caja que silencia los celulares: el nuevo pacto entre la escuela y la infancia
Mientras Brasil registra la primera caída en la posesión de móviles entre niños, Egipto lanza un chip de protección e Indonesia digitaliza sus escuelas más remotas.
En un aula de una escuela pública brasileña, una caja de plástico aguarda sobre el escritorio. Antes de que la profesora de portugués Geneci Ribeiro Padilha comience la explicación, cada estudiante deposita allí su teléfono. “Muchos alumnos todavía se resisten, quieren usar el aparato, pero considero que este es un primer paso importante”, relata la docente. La escena, registrada por un equipo de reportaje un año después de la entrada en vigor de la ley federal que restringe el uso de celulares en las escuelas, se ha multiplicado en miles de aulas del país. El Ministerio de Educación consultó a directores de más de ocho mil instituciones: el 95 % observó una mejora en la concentración, el 97 % vio más participación en las actividades y el 88 % vinculó la medida a una reducción de conflictos y ciberacoso.
Los datos del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE) confirman que el cambio trasciende los muros escolares. Por primera vez desde que se mide, la proporción de niños de 10 a 13 años con celular propio cayó de 56,7 % a 55,2 % en un año. En paralelo, el motivo más citado por las familias para no dar un dispositivo a esa franja etaria fue la preocupación por la privacidad o la seguridad (32 %). La investigadora del IBGE Gustavo Geaquinto Fontes apunta que la ley de restricción escolar, sumada al debate sobre el Estatuto del Niño y el Adolescente digital, pudo influir en esos indicadores. Mientras tanto, el acceso a internet en los hogares brasileños alcanzó el 95 %, y el país superó por primera vez el umbral del 90 % de personas conectadas, aunque persisten brechas regionales y de renta.
Esa tensión entre conectividad y protección se lee en otras latitudes. En Egipto, el gobierno lanzó la “chip del niño”, un servicio que permite a los padres activar navegación segura, bloquear sitios con malware y, en su versión más restrictiva, impedir el acceso a redes sociales. El ministro de Comunicaciones, Rafat Hendi, explicó que se busca un equilibrio entre el aprovechamiento educativo de internet y la necesidad de herramientas de control familiar. La socióloga Samia Qadri, consultada por medios egipcios, matiza: “El chip es un paso positivo, pero ninguna solución técnica reemplaza el papel de la familia en la observación y la orientación”. En Indonesia, el gobierno anunció que en 2026 reforzará la digitalización en las regiones más desfavorecidas —las zonas 3T—, donde ya se han distribuido pizarras interactivas digitales y se ha llevado internet a más de cuatro mil escuelas. El desafío, admiten las autoridades, sigue siendo la falta de electricidad, la conectividad y la preparación de los docentes.
El repliegue de la hiperconexión infantil no es un fenómeno aislado. En Argentina, una campaña del Ministerio Público Tutelar y la Sociedad Argentina de Pediatría advierte sobre el uso de inteligencia artificial por parte de niños y adolescentes para consultas de salud mental. “La IA da respuestas, pero no acompaña”, resume el mensaje oficial, mientras los datos de Unicef revelan que más de la mitad de los chicos de entre 9 y 17 años ya utiliza estas herramientas. La iniciativa busca recordar que la escucha humana sigue siendo irremplazable. Del otro lado del mundo, Indonesia prepara becas para que 150.000 maestros obtengan su título universitario, y forma a docentes en inteligencia artificial y acuaponía, materias que podrían volverse obligatorias en primaria.
Al final de la jornada, la caja de los celulares vuelve a abrirse. Los estudiantes recuperan sus dispositivos, pero algo ha cambiado en el ritmo de la escuela. La imagen de ese reposo forzado de las pantallas —repetida en El Cairo con un chip que filtra contenidos, en una aldea indonesia que recibe su primer panel interactivo, o en un hogar brasileño que posterga la compra del primer móvil— dibuja un mapa de pequeñas resistencias. No se trata de una desconexión total, sino de una pausa que, por ahora, devuelve a la infancia el sonido de una explicación sin notificaciones.
Cómo la misma historia se cuenta en otros lugares.
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Nuevos datos de Brasil muestran una caída en el uso de internet y la posesión de celulares entre niños de 10 a 13 años, la primera reversión en años. La simple caja en las aulas se ve como un punto de inflexión pragmático, reflejo de un cambio social hacia limitar la exposición temprana a pantallas. Las autoridades presentan la tendencia como una corrección basada en datos, no como un pánico moral.
Mientras Brasil experimenta con cajas para limitar el tiempo de pantalla, los gobiernos del sudeste asiático aceleran la expansión del aprendizaje digital, llevando internet a decenas de miles de escuelas y capacitando docentes. El contraste se presenta como una lección de equilibrio entre protección y progreso: la conectividad se ve como una puerta a la equidad, no como una amenaza. Las autoridades subrayan que la integración digital gestionada, no la restricción, es el camino hacia una educación moderna.
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