
Italia y Canadá relanzan la energía nuclear; Alemania y Suecia, atrapadas en la retórica reformista
Mientras Roma y Ottawa aprueban planes para construir nuevos reactores y cumplir metas climáticas, Berlín y Estocolmo evidencian que los anuncios de reformas ya no movilizan inversiones ni reducen emisiones.
La Cámara de Diputados italiana aprobó el 4 de junio un proyecto de ley sobre “energía nuclear sostenible”, y el mismo lunes el Gobierno canadiense presentó una estrategia que contempla hasta diez nuevos reactores de gran tamaño de aquí a 2050. Ambos movimientos legislativos marcan un punto de inflexión tras décadas de moratorias o estancamiento: Italia fija el horizonte de 2035 para las primeras centrales y Canadá programa dos reactores para esa misma fecha y otros cinco en desarrollo antes de 2040. La señal inmediata para los mercados es que dos economías del G7 traducen sus compromisos climáticos en calendarios concretos de construcción.
El impulso responde a una ecuación energética que se repite en las capitales occidentales. Las proyecciones oficiales italianas elevan la demanda eléctrica de 311 TWh en 2025 a entre 404 y 439 TWh en 2040; Ottawa, por su parte, quiere duplicar la capacidad de su red para 2050. En ambos casos, la energía nuclear se presenta como la fuente estable y de bajas emisiones capaz de complementar a las renovables intermitentes. Desde Bruselas, los objetivos vinculantes de neutralidad climática en 2050 y la reducción del 55 % de las emisiones para 2030 refuerzan la apuesta, mientras que a escala global hay 415 reactores en operación y 73 en construcción, con Francia y otros once socios comunitarios manteniendo el átomo como columna vertebral de su generación eléctrica.
Los actores y los obstáculos difieren. En Roma, el Ejecutivo deberá sortear la oposición de quienes invocan los referendos antinucleares, los costes elevados y la ausencia de un depósito nacional de residuos; el texto legal replica que los reactores de última generación y los pequeños modulares (SMR) incorporan sistemas de seguridad pasiva y que el Parlamento puede revisar la voluntad popular quince años después. En Ottawa, la estrategia incluye centralizar las evaluaciones ambientales en la Comisión de Seguridad Nuclear, duplicar las exportaciones de uranio —Canadá es el segundo productor mundial— y abrir cuatro nuevos mercados para la tecnología CANDU. Sin embargo, el líder conservador Pierre Poilievre ya ha calificado el anuncio de promesa vacía, subrayando la desconfianza ciudadana.
Esa desconfianza conecta con lo que sucede en Alemania y Suecia. En Berlín, el 85 % de la población no espera nada del Gobierno de coalición, y el término “reforma” ha pasado de ser una promesa de progreso a sonar como una amenaza de recortes o burocracia, según analistas germanos. En Estocolmo, el Consejo de Política Climática constata que el país incumplirá todos sus objetivos con las políticas actuales, mientras cientos de miles de millones de coronas en inversiones verdes se estancan en procesos de permisos impredecibles. La crítica del Partido del Centro sueco apunta a que cuatro años de anuncios no han evitado el aumento de emisiones ni la parálisis administrativa.
El contraste entre quienes legislan y quienes solo anuncian reformas define el próximo capítulo. Italia debe ahora aprobar los decretos de desarrollo que regulen la construcción, la gestión del combustible gastado y la gobernanza del sector. Canadá se ha fijado abril de 2027 para desplegar una nueva política de financiación federal, sin la cual los más de 100 000 millones de dólares necesarios carecen de sustento. El siguiente hito fáctico será la publicación de esos decretos italianos y el avance del marco de financiación canadiense, pruebas concretas de si la apuesta nuclear supera la fase de anuncio.
Cómo la misma historia se cuenta en otros lugares.
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Canadá apuesta por la energía nuclear como motor de crecimiento económico y seguridad energética, con planes de hasta diez nuevos reactores para 2050. La estrategia federal habla de un renacimiento nuclear global, con el objetivo de duplicar la producción eléctrica y aprovechar oportunidades de exportación.
Italia corre contrarreloj para reintroducir la energía nuclear en su combinación energética, con el objetivo de tener las primeras centrales en una década. El nuevo marco legislativo se presenta como una opción de sentido común para garantizar emisiones casi nulas, estabilidad de la red e independencia de los combustibles fósiles y su chantaje geopolítico.
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