
Israel reconoce el genocidio armenio y desata una crisis diplomática con Turquía y Azerbaiyán
La decisión del gobierno israelí, pendiente de ratificación parlamentaria, es interpretada en la región como un gesto político en un contexto de profundo deterioro de las relaciones bilaterales.
El gobierno de Israel aprobó por unanimidad el reconocimiento oficial del genocidio armenio de 1915, una decisión inédita que deberá ser ratificada por la Knesset y que ha provocado reacciones encontradas en la región. El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, calificó la medida de “calumnia” destinada a encubrir lo que denominó la “barbarie” israelí en Gaza, donde, según Ankara, han muerto más de 75.000 civiles palestinos. En contraste, el primer ministro armenio, Nikol Pashinyan, rechazó la instrumentalización del sufrimiento histórico de su pueblo y afirmó que no responderá, en línea con su política de acercamiento a Turquía y de distensión con Azerbaiyán.
Desde Bakú, la decisión israelí generó un profundo malestar. El Ministerio de Exteriores azerbaiyano expresó su “profunda preocupación” y los rabinos principales de las comunidades judías asquenazí y sefardí del país enviaron cartas urgentes a la Knesset solicitando que no se avance en el reconocimiento. En sus misivas, los líderes religiosos advierten que la medida hiere la sensibilidad del pueblo azerbaiyano, pone en riesgo la seguridad de la comunidad judía local —que goza de plena libertad religiosa— y puede dañar una alianza estratégica que abastece a Israel con el 40 % de su petróleo a través del oleoducto Bakú-Tiflis-Ceyhan.
Analistas en Tel Aviv y Estambul coinciden en que la decisión responde a un cálculo geopolítico más que a un imperativo moral. Durante décadas, sucesivos gobiernos israelíes evitaron pronunciarse sobre la cuestión armenia para preservar la relación con Turquía, su principal socio en el mundo islámico, y con Azerbaiyán. Sin embargo, desde la ofensiva militar en Gaza en octubre de 2023, el vínculo con Ankara se ha degradado hasta un punto de ruptura: Erdogan ha comparado a dirigentes israelíes con jerarcas nazis, mientras que el primer ministro Benjamin Netanyahu lo ha tildado de “dictador antisemita”. En este contexto, según fuentes diplomáticas europeas, el costo de irritar a Turquía se ha reducido drásticamente, lo que habría permitido a Israel utilizar el reconocimiento como una herramienta de presión y como un gesto hacia las diásporas armenias en Occidente.
La decisión israelí se produce en un momento en que Armenia, bajo el liderazgo de Pashinyan, busca normalizar sus relaciones con Turquía y firmar un acuerdo de paz con Azerbaiyán, con la mediación de Washington. Desde Ereván se considera que la politización del genocidio por parte de terceros países obstaculiza ese proceso. Mientras tanto, el flujo de crudo azerbaiyano hacia Israel continúa sin interrupciones, lo que revela, según observadores en Bruselas, los límites de la retórica de Erdogan, quien no ha bloqueado un suministro energético vital para su propia economía y para su aliado en Bakú. El expediente queda ahora en manos del parlamento israelí, donde el voto de los partidos ultraortodoxos, sensibles a los llamamientos de los rabinos azerbaiyanos, podría influir en el desenlace final.
Cómo la misma historia se cuenta en otros lugares.
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La decisión israelí se presenta como una maniobra difamatoria para desviar la atención de las atrocidades cometidas en Gaza. Ankara rechaza con firmeza las acusaciones, calificándolas de calumnias orquestadas por un 'Estado asesino'. El reconocimiento se enmarca únicamente como un arma política, no como un acto moral.
El reconocimiento desata un debate interno: por un lado, llamamientos urgentes a no poner en peligro la alianza estratégica con Bakú y la seguridad de la comunidad judía en Azerbaiyán. Por otro, voces críticas cuestionan la coherencia moral de una decisión pospuesta durante décadas, adoptada ahora en medio de tensiones con Turquía. El énfasis recae en el cálculo diplomático y el precio a pagar.
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