
Israel destina 50 millones de dólares a campaña de influencia en EE. UU. ante el desplome de su imagen
El gobierno israelí recurre a mensajes generados por inteligencia artificial, contratos con medios conservadores y la firma del exestratega de Trump Brad Parscale para revertir la creciente percepción negativa entre los estadounidenses, especialmente demócratas y jóvenes.
El gobierno de Israel ha financiado una campaña de 50 millones de dólares para influir en la opinión pública estadounidense, según una investigación del diario The Wall Street Journal. La operación incluye el envío masivo de mensajes de texto generados por inteligencia artificial desde cuentas ficticias, contratos con conglomerados mediáticos conservadores como Salem Media —donde el exjefe de campaña de Donald Trump, Brad Parscale, ocupa un cargo directivo— y la creación de sitios web diseñados para condicionar los resultados de buscadores y chatbots como ChatGPT o Claude. El objetivo explícito es contrarrestar el deterioro de la imagen del país tras la guerra en Gaza y las tensiones con Irán: un sondeo del Pew Research Center de marzo refleja que el 60 % de los adultos estadounidenses tiene una opinión desfavorable de Israel, cifra que se eleva al 80 % entre los demócratas y alcanza el 75 % en el segmento de 18 a 29 años.
Desde Jerusalén, el ministro de Asuntos Exteriores, Gideon Sa’ar, ha confirmado que el presupuesto para la mejora de la imagen global en 2026 ascenderá a más de 700 millones de dólares, lo que multiplica por veinte las partidas habituales de diplomacia pública. En Washington, sin embargo, la iniciativa ha sido recibida con suspicacia. El vicepresidente J. D. Vance señaló que hay sectores dentro del gobierno israelí que buscan prolongar el conflicto con Irán manipulando a la opinión pública estadounidense, y la portavoz de la Casa Blanca admitió que “Israel, junto con otras naciones extranjeras, intenta influir en las corrientes de opinión en Estados Unidos”. Analistas del Quincy Institute for Responsible Statecraft subrayan que el gasto israelí en este tipo de actividades supera al de cualquier otro país declarado ante el gobierno federal este año.
El esfuerzo se despliega en un momento de fractura del consenso bipartidista sobre la ayuda militar a Israel. En la Cámara de Representantes, 103 demócratas —entre ellos la presidenta emérita Nancy Pelosi y el líder de la minoría Hakeem Jeffries— votaron recientemente a favor de enmiendas para restringir la asistencia armamentística, mientras que la influencia del lobby AIPAC muestra signos de retroceso en elecciones primarias donde candidatos progresistas abiertamente críticos con la guerra han derrotado a aspirantes respaldados por el grupo. Desde centros de análisis latinoamericanos, estas maniobras se leen como parte de un patrón más amplio de operaciones de influencia digital que emulan tácticas ya empleadas por otros actores globales, con el añadido de que un aliado histórico recurre a métodos tradicionalmente asociados a rivales geopolíticos para preservar apoyos internos.
El dossier legislativo sigue abierto. Para el año fiscal en curso, el gobierno israelí ha comprometido más de 730 millones de dólares en hasbará, mientras en el Capitolio está previsto un nuevo debate sobre el paquete de ayuda tras el receso estival. Mientras tanto, voces conservadoras como la del exestratega Steve Bannon han cuestionado la eficacia de la campaña con la afirmación de que “intentan vender algo que no se puede vender”, poniendo en duda que la inversión pueda disociarse de la política militar que genera el rechazo.
| Prensa israelí | −0.40 | critical |
|---|---|---|
| Prensa atlántica / anglosfera | 0.00 | neutral |
| Prensa iraní y afín | −0.80 | critical |
Israel acknowledges its image crisis but responds with a mix of self-criticism and diplomatic pragmatism.
The opinion piece uses moral outrage to expose hypocrisy, while the factual report normalizes the spending as standard practice, creating a tension that legitimizes both perspectives.
The neutral report omits deep moral critiques, while the opinion ignores strategic reasons for the campaign.
The United States balances traditional loyalty with new democratic pressures, maintaining a pragmatic approach to the alliance.
By presenting both AIPAC's slipping grip and the reaffirmation of the alliance, an apparent balance is created that masks the real tension, suggesting foreign policy is above public opinion.
The specific use of AI in the campaign is omitted, downplaying the scale of Israeli interference.
Iran denounces Israel's manipulation of US opinion via AI as proof of its moral collapse.
The narrative builds credibility by contrasting artificial propaganda with genuine human sentiment, reversing the roles of victim and aggressor.
Any mention of internal Israeli divisions or the US democratic debate is omitted, which would weaken the portrayal of a monolithic Israel.
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