
En el fango de Acra: la limpieza tras la tormenta que no borra la deuda estructural
El gobierno de Ghana despliega una campaña nacional de saneamiento después de inundaciones mortales, mientras crece la crítica sobre la falta de prevención y la urgencia de rediseñar el drenaje urbano.
El septuagenario Adjei Mensah, conductor de la estación de autobuses de Agbogbloshie, en el corazón de Acra, recuerda la noche del 29 de junio como un forcejeo con la corriente. “Sobreviví porque algunas personas vinieron a rescatarme”, relató a la prensa local. No fue una excepción: al menos doce personas murieron aquella madrugada en la capital ghanesa y sus alrededores, cuando un aguacero torrencial colapsó desagües, sumergió viviendas y dejó a miles de familias atrapadas en el lodo. Las imágenes de calles convertidas en ríos y enseres domésticos flotando entre escombros volvieron a exhibir la vulnerabilidad cíclica de una metrópoli de más de cinco millones de habitantes que, desde los años sesenta, ha multiplicado por doce su población sin que la infraestructura de drenaje siguiera el mismo ritmo.
La respuesta gubernamental fue inmediata y coreografiada. El presidente John Dramani Mahama se calzó las botas de agua y, pala en mano, se sumó el sábado 11 de julio a la segunda jornada de una limpieza nacional que movilizó a ministerios, empresas privadas como Zoomlion —con 2.000 operarios y 150 camiones— y hasta a la Comisión de Control de Narcóticos, cuyos funcionarios barrieron aceras frente a su sede. Ordenó reabrir seis estaciones de transferencia de residuos que llevaban nueve años clausuradas, un gesto que, según explicó, permitiría acortar los trayectos de los recolectores informales y aliviar la acumulación de basura en las alcantarillas. El Servicio de Salud, por su parte, inició la fumigación de mercados y terminales para prevenir brotes de cólera, aunque su director, Samuel Kaba Akoriyea, admitió que “cada temporada de lluvias enfrentamos estos desafíos”.
Pero la fotografía del presidente con la pala no acalló las voces que, desde la oposición, tildaron la operación de “farsa”. El exdiputado Andrew Egyapa Mercer preguntó por qué no se organizó la limpieza en abril o mayo, antes de las lluvias, y reclamó la ausencia de los embalses de retención prometidos en el programa electoral. Su crítica halló eco en los diagnósticos de ingenieros ambientales como la doctora Juliet Ohemeng-Ntiamoah, quien advirtió que “estamos elevando la indisciplina en el manejo de residuos como causa principal, y yo discrepo”. Para ella, el problema radica en un sistema de drenaje obsoleto, diseñado sin contemplar lluvias extremas —las llamadas “inundaciones de 100 años”— y en la pérdida de humedales que absorbían los excedentes. “La primera medida es reducir el escurrimiento, pero hoy todo está pavimentado”, explicó, señalando la paradoja de que Accra se inunda no solo por lo que se arroja a los canales, sino por lo que se ha construido sobre el suelo que antes empapaba el agua.
En los barrios, sin embargo, la urgencia era otra. Mientras el alcalde de Kumasi proponía institucionalizar un día mensual de limpieza los viernes para aprovechar la sinergia laboral, los vecinos de Alajo o Korle contemplaban sus pertenencias amontonadas en la calle. “Cuando entramos a sus casas, sacan todo”, describió un responsable municipal, abrumado por el volumen de desechos. Los testimonios revelaban una tensión entre la resiliencia comunitaria —esa coreografía improvisada de baldes y escobas— y la fatiga de una población que sabe que la próxima tormenta volverá a poner a prueba las mismas costuras. Las fotos llegadas desde Bangladesh, donde en Banshkhali las aguas también retrocedían dejando casas de barro deshechas, recordaban que el desafío de la urbanización sin planificación no es exclusivo de África Occidental.
Al cierre de la campaña, las brigadas fumigadoras esparcían una niebla blanca sobre los puestos del mercado de Korle Klottey, mientras el presidente prometía que “Acra rebotará mejor”. Pero en Agbogbloshie, el señor Mensah, aún con el susto en los ojos, miraba los desagües que volvían a tragarse los primeros residuos del último chaparrón. La escena encapsulaba un dilema antiguo: entre la emergencia y la costumbre, entre el gesto político y la obra hidráulica, la ciudad seguía esperando una tregua que no llega con la estación seca.
| Prensa africana subsahariana | −0.60 | critical |
|---|---|---|
| Prensa india y del sur de Asia | −0.70 | critical |
| Prensa europea continental | +0.20 | neutral |
The flood is a symptom of chronic governmental neglect, and the cleanup is a hollow spectacle.
By contrasting immediate cleanup efforts with the lack of long-term planning, the bloc frames the government's actions as insufficient and performative.
The bloc largely omits any positive assessment of the government's logistical efforts in the cleanup and downplays the scale of the natural rainfall as a contributing factor.
The floods have shattered lives, and the government has abandoned its people.
Focusing on intimate, human-scale tragedy and the absence of state support, the bloc builds a narrative of official indifference.
The bloc omits any discussion of the government's preventive measures or long-term infrastructure plans, if they exist.
The world's real challenge is not this flood but the untapped potential of young people.
By shifting the focus to a global population narrative, the bloc marginalizes the specific tragedy and reframes the issue as a development opportunity.
The bloc omits the flood story entirely, thereby not engaging with the immediate crisis or its causes.
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