Cuando nombrar es un acto de resistencia: del legado de Mahasweta Devi a las batallas por el lenguaje y el cuerpo
Un viaje en rickshaw, una firma en un papel y una pregunta sobre el deseo revelan cómo la lucha por las palabras —autora, sexo, placer— es también una lucha por la existencia.
En una calle de Calcuta, un hombre que tiraba de un rickshaw le preguntó a una profesora de sari y jhola el significado de jijivisha, la voluntad inquebrantable de vivir. Ella, intrigada, lo instó a escribir para la revista obrera que editaba. Antes de bajar, garabateó una dirección en un papel y firmó: Mahasweta Devi. Aquel hombre, Manoranjan Byapari, se convertiría en uno de los escritores dalit más celebrados de Bengala. La escena, rescatada por la prensa india en el centenario de su nacimiento, condensa una vida entera: para Devi, la literatura no era un fin, sino una forma de activismo que consistía en ceder la voz, en permitir que los personajes soñaran sus propios caminos, en desaparecer como autora para que existieran ellos.
Esa desaparición era, en realidad, una presencia feroz. Devi se lanzaba a las comisarías a defender a los adivasis, escribía a los jueces exigiendo segundas autopsias y se negaba a ser una “buena persona”, como le confesó a su amigo el editor Naveen Kishore. Su literatura, anclada en los bosques de Purulia y en los cuerpos de las mujeres, desnudaba la brutalidad sin endulzarla para el bhadralok urbano. En uno de sus libros más poderosos, Stonodayini (La dadora de pecho), los senos de una mujer brahmán pobre se convierten en herramientas de trabajo en una sociedad cuasifeudal: amamanta a los hijos de una familia rica mientras los suyos son regalados o abandonados. La metáfora no es sagrada, es material. Devi, según recuerda su nieto Tathagata Bhattacharya, sabía que era apreciada por las razones equivocadas; su obra más celebrada no era, para ella, la mejor.
Esa tensión entre el nombre que se hereda y el que se elige recorre también los debates sobre el lenguaje inclusivo en el ámbito francófono. Una académica relata en la prensa suiza cómo, al ser elegida maîtresse de conférences en 2011, se resistía a la forma femenina: prefería “auteur” o, como mucho, “auteure” con una e muda. “Quería que se oyera todavía ‘autor’, que cambiara lo mínimo posible”, confiesa. El argumento de que el masculino es el neutro le resultaba convincente, hasta que reparó en la dureza irreflexiva de quienes la rodeaban, como la historiadora Hélène Carrère d’Encausse, que exigía ser llamada “Le” secrétaire perpétuel. La costumbre, dice ahora, vuelve inconsciente el reflejo: “¿Por qué autrice iba a ser feo y actrice no?”.
Del otro lado del Atlántico, la disputa por las palabras alcanza a la biología. La presidenta de la Asociación Antropológica Estadounidense declaró en una entrevista que la idea de dos sexos es “factualmente incorrecta” y que no entiende “qué quiere decir la gente” cuando afirma que el sexo es binario. Su perplejidad, sin embargo, contrasta con los datos: una encuesta de 2022 entre antropólogos forenses reveló que el 42,4 % de los consultados sostiene esa misma postura binaria. La dirigente académica desestimó el sondeo y sugirió que muchos forenses carecen de formación avanzada. Para analistas en Estados Unidos, el episodio muestra una llamativa falta de curiosidad antropológica por comprender una creencia compartida por miles de millones de personas en épocas y lugares diversos, más allá de que se la considere correcta o no.
En ese cruce de cuerpos y denominaciones, una lectora de 50 años escribe a un columnista de la prensa estadounidense preocupada porque, tras su divorcio, el sexo ocupa demasiado espacio en su vida. “¿Qué hago para que esta nueva afición no devore todo mi tiempo en perjuicio de otras esferas que quiero desarrollar?”, pregunta. La respuesta no condena el placer: no existe una cantidad excesiva, pero conviene detenerse si el pensamiento se vuelve invasivo o interfiere con otras dimensiones vitales. La recomendación incluye, además, un cuidado meticuloso de la salud y análisis trimestrales. La inquietud de la lectora resuena con la misma necesidad de nombrar y habitar el propio cuerpo sin que la mirada ajena lo reduzca a estadística o anécdota. En la casa de barro de Rajnowagarh donde Devi pasaba temporadas, se conserva aún su cama, sus libros y sus fotografías en las paredes. Allí, la comunidad kheria sabar la llamaba Maa, madre, una palabra que ella no eligió pero que ellos le dieron.
| Prensa india y del sur de Asia | +1.00 | aligned |
|---|---|---|
| Prensa europea continental | 0.00 | neutral |
| Prensa atlántica / anglosfera | −0.80 | critical |
| Prensa rusa y CEI | +0.20 | neutral |
Mahasweta Devi opened the world with her words, giving voice to the marginalized and fighting for their freedom.
By recounting the rickshaw encounter and her legacy, an image of a literary heroine and activist is built, making her story exemplary.
The controversial dimension of naming battles (such as the debate on inclusive writing and the definition of sex) is absent, which reinforces the harmonious image of Devi's legacy.
The author overcame initial resistance and now accepts 'autrice', recognizing the value of feminization.
By narrating the personal journey, the linguistic change is normalized as a natural evolution.
The broader context of naming struggles, such as Mahasweta Devi's fight for Adivasi rights and the debate on binary sex, is absent, which reduces the political scope of the theme.
The AAA president does not understand the position she dismisses, and her ignorance threatens science.
Using an accusatory tone and scientific authority, the opponent is delegitimized as incompetent.
The personal and literary perspective of naming life, as in the example of Mahasweta Devi and the feminization of language, is omitted, which polarizes the debate without nuance.
The woman should not worry about the amount of sex; what matters is health and happiness.
By reassuring with authority, social anxiety is reduced and the problem is individualized.
The political and cultural dimensions of naming, such as Mahasweta Devi's activism and inclusive writing, are absent, which individualizes the sexual issue.
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