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Agitarse no es moverse: la brecha entre la velocidad digital y el ritmo humano

Desde un consultor en Buenos Aires hasta los lectores que hicieron fila en Tokio por la nueva novela de Murakami, el mundo se pregunta cómo adaptarse sin perder el control.

El consultor Gabriel Pereyra llegó a una empresa argentina con un encargo preciso: rediseñar una parte de su estructura. Nunca presentó ese trabajo. Apenas se involucró, detectó que la compañía se había lanzado a una transformación a una velocidad que sus equipos no podían procesar. Reuniones imposibles, decisiones sin dueño, gente corriendo en direcciones opuestas. “Agitarse no es moverse”, les dijo. La escena, relatada por la prensa bonaerense, condensa una paradoja que recorre hoy las organizaciones, las profesiones y la creación cultural: la inteligencia artificial impone un ritmo de cambio que a menudo supera la capacidad humana de absorción.

Los números globales respaldan esa intuición. Consultoras internacionales reportan que el 88% de las empresas ya utiliza IA en alguna función, pero solo un tercio logra escalarla más allá de proyectos piloto. En paralelo, el 73% de los empleados atravesados por cambios organizacionales sufre fatiga moderada o alta, y su rendimiento cae un 5%, según mediciones citadas por analistas en Buenos Aires. La velocidad tecnológica no es el único factor: el 70% del valor de la IA depende de las personas y los procesos, no del algoritmo. Invertir y agitarse no equivale a transformar.

Esa tensión entre lo humano y lo maquínico se manifestó de otro modo en Tokio durante la medianoche del viernes. Decenas de lectores hicieron fila frente a librerías para conseguir La historia de Kaho, la primera novela de Haruki Murakami con una protagonista mujer. En una entrevista con la agencia Kyodo, el escritor japonés trazó una frontera nítida: “La IA toma en cuenta todo lo que ha sucedido hasta ahora y establece analogías. Pero los procesos mediante los que escribo las novelas son completamente diferentes”. Para Murakami, los personajes aparecen de repente, “no es algo que surja de analogías”. La escena de las filas nocturnas, recogida por diarios latinoamericanos, revela un apetito por lo que ninguna máquina puede replicar: la irrupción de lo nuevo desde la subjetividad.

Mientras tanto, en los entornos de desarrollo de software, la profesión misma se redefine. Herramientas como GitHub Copilot o Gemini Code Assist ya no solo sugieren correcciones: producen funciones enteras, identifican fallas y proponen soluciones. El programador, observan analistas en São Paulo, ha pasado de escribir código a definir problemas, supervisar respuestas automáticas y validar decisiones técnicas. La demanda de profesionales capaces de dialogar con la IA crece en Brasil y en toda América Latina, pero el conocimiento técnico sigue siendo indispensable: los códigos generados pueden contener errores o vulnerabilidades. Programar ya no es solo conocer un lenguaje; es ejercer criterio.

Esa necesidad de criterio humano se extiende a las estrategias de desarrollo. Voces desde el continente africano insisten en que la transformación económica no puede limitarse a adoptar tecnología: requiere industrialización, inversión en educación y un entorno que permita a los jóvenes innovadores crear soluciones propias. Del mismo modo, en Argentina, el sector agroindustrial —que ya emplea inteligencia artificial, biotecnología y agricultura de precisión— sigue siendo debatido con categorías del siglo pasado. “La verdadera revolución no es la expansión de la superficie sembrada, sino la incorporación masiva de ciencia y tecnología”, señalan especialistas en Buenos Aires. Desde México, un ensayista recupera una idea de Karl Marx en los Grundrisse: el conocimiento social general se ha convertido en fuerza productiva inmediata, un “general intellect” que hoy adopta la forma de algoritmos. La imagen de aquellos lectores japoneses aguardando en la noche un libro que una IA no podría escribir, o la frase del consultor argentino —“agitarse no es moverse”—, recuerdan que la aceleración sin arraigo humano produce fatiga, no movimiento.

Cómo la misma historia se cuenta en otros lugares.

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El bloque latinoamericano no cubre la historia de las colas nocturnas por Murakami y el miedo al algoritmo. Sus artículos se centran en deportes, política, economía y entretenimiento, sin relación con el tema.

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El bloque africano subsahariano no cubre la historia de las colas nocturnas por Murakami y el miedo al algoritmo. Sus artículos se centran en deportes, seguridad y gobernanza, sin relación con el tema.

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sábado, 4 de julio de 2026

Agitarse no es moverse: la brecha entre la velocidad digital y el ritmo humano

Desde un consultor en Buenos Aires hasta los lectores que hicieron fila en Tokio por la nueva novela de Murakami, el mundo se pregunta cómo adaptarse sin perder el control.

El consultor Gabriel Pereyra llegó a una empresa argentina con un encargo preciso: rediseñar una parte de su estructura. Nunca presentó ese trabajo. Apenas se involucró, detectó que la compañía se había lanzado a una transformación a una velocidad que sus equipos no podían procesar. Reuniones imposibles, decisiones sin dueño, gente corriendo en direcciones opuestas. “Agitarse no es moverse”, les dijo. La escena, relatada por la prensa bonaerense, condensa una paradoja que recorre hoy las organizaciones, las profesiones y la creación cultural: la inteligencia artificial impone un ritmo de cambio que a menudo supera la capacidad humana de absorción.

Los números globales respaldan esa intuición. Consultoras internacionales reportan que el 88% de las empresas ya utiliza IA en alguna función, pero solo un tercio logra escalarla más allá de proyectos piloto. En paralelo, el 73% de los empleados atravesados por cambios organizacionales sufre fatiga moderada o alta, y su rendimiento cae un 5%, según mediciones citadas por analistas en Buenos Aires. La velocidad tecnológica no es el único factor: el 70% del valor de la IA depende de las personas y los procesos, no del algoritmo. Invertir y agitarse no equivale a transformar.

Esa tensión entre lo humano y lo maquínico se manifestó de otro modo en Tokio durante la medianoche del viernes. Decenas de lectores hicieron fila frente a librerías para conseguir La historia de Kaho, la primera novela de Haruki Murakami con una protagonista mujer. En una entrevista con la agencia Kyodo, el escritor japonés trazó una frontera nítida: “La IA toma en cuenta todo lo que ha sucedido hasta ahora y establece analogías. Pero los procesos mediante los que escribo las novelas son completamente diferentes”. Para Murakami, los personajes aparecen de repente, “no es algo que surja de analogías”. La escena de las filas nocturnas, recogida por diarios latinoamericanos, revela un apetito por lo que ninguna máquina puede replicar: la irrupción de lo nuevo desde la subjetividad.

Mientras tanto, en los entornos de desarrollo de software, la profesión misma se redefine. Herramientas como GitHub Copilot o Gemini Code Assist ya no solo sugieren correcciones: producen funciones enteras, identifican fallas y proponen soluciones. El programador, observan analistas en São Paulo, ha pasado de escribir código a definir problemas, supervisar respuestas automáticas y validar decisiones técnicas. La demanda de profesionales capaces de dialogar con la IA crece en Brasil y en toda América Latina, pero el conocimiento técnico sigue siendo indispensable: los códigos generados pueden contener errores o vulnerabilidades. Programar ya no es solo conocer un lenguaje; es ejercer criterio.

Esa necesidad de criterio humano se extiende a las estrategias de desarrollo. Voces desde el continente africano insisten en que la transformación económica no puede limitarse a adoptar tecnología: requiere industrialización, inversión en educación y un entorno que permita a los jóvenes innovadores crear soluciones propias. Del mismo modo, en Argentina, el sector agroindustrial —que ya emplea inteligencia artificial, biotecnología y agricultura de precisión— sigue siendo debatido con categorías del siglo pasado. “La verdadera revolución no es la expansión de la superficie sembrada, sino la incorporación masiva de ciencia y tecnología”, señalan especialistas en Buenos Aires. Desde México, un ensayista recupera una idea de Karl Marx en los Grundrisse: el conocimiento social general se ha convertido en fuerza productiva inmediata, un “general intellect” que hoy adopta la forma de algoritmos. La imagen de aquellos lectores japoneses aguardando en la noche un libro que una IA no podría escribir, o la frase del consultor argentino —“agitarse no es moverse”—, recuerdan que la aceleración sin arraigo humano produce fatiga, no movimiento.

Divergencia de las fuentes

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Cómo las fuentes narran los mismos hechos de manera diferente.

Cómo se dividen

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Cómo la misma historia se cuenta en otros lugares.

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El bloque latinoamericano no cubre la historia de las colas nocturnas por Murakami y el miedo al algoritmo. Sus artículos se centran en deportes, política, economía y entretenimiento, sin relación con el tema.

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El bloque africano subsahariano no cubre la historia de las colas nocturnas por Murakami y el miedo al algoritmo. Sus artículos se centran en deportes, seguridad y gobernanza, sin relación con el tema.

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