
Volkswagen planea recortar 100.000 empleos y cerrar cuatro plantas en Alemania
La mayor automotriz europea prepara un ajuste histórico mientras el Gobierno alemán busca incentivos para evitar el cierre de fábricas y preservar el empleo industrial.
El grupo Volkswagen contempla la supresión de hasta 100.000 puestos de trabajo en Alemania y el cierre de cuatro plantas de producción —Zwickau, Hanóver, Emden y la fábrica de Audi en Neckarsulm—, según coinciden medios económicos alemanes y analistas internacionales. La dimensión del recorte, que afectaría a casi uno de cada seis empleados del consorcio, eclipsa incluso la reestructuración de General Motors en 1991 y se produce apenas meses después de que la compañía acordara con los sindicatos la eliminación de 35.000 empleos. El plan, que será debatido en el consejo de vigilancia del próximo 9 de julio, refleja la profundidad de una crisis que ha llevado las acciones del fabricante a perder cerca del 50 % de su valor desde septiembre de 2022.
La deriva del gigante de Wolfsburgo responde a un cóctel de errores estratégicos y presiones externas. La apuesta tardía por los vehículos eléctricos, la subestimación del mercado de híbridos enchufables y la irrupción de marcas chinas con costes más competitivos han erosionado su posición en segmentos clave. A ello se suman los aranceles impuestos por la administración estadounidense, que prácticamente expulsaron a la compañía del mercado norteamericano, y una demanda interna debilitada. En el primer trimestre de 2026, el beneficio operativo cayó un 14 % interanual, hasta 2.500 millones de euros, mientras que en el conjunto de 2025 el desplome fue del 53 %, con una facturación estancada en 322.000 millones.
La reciente venta de Everllence, fabricante de grandes motores diésel y turbinas, a la firma estadounidense Bain por unos 10.000 millones de euros, ha aliviado parcialmente las cuentas, pero desde la óptica de analistas suizos se advierte que esos fondos podrían consumirse en cubrir los costes de la propia reestructuración en lugar de financiar la transformación tecnológica. Si ese fuera el caso, la presión para desprenderse de otros activos —como la marca de motocicletas Ducati, una posible salida a bolsa de Lamborghini o la venta de la división de baterías PowerCo— se intensificaría, aunque los expertos dudan de que estas operaciones alcancen valoraciones comparables.
El debate trasciende a Volkswagen. Una encuesta entre un millar de empresas alemanas citada por la prensa económica del país indica que el 60 % planea reducir personal en Alemania en los próximos cuatro años, con una pérdida estimada de 100.000 empleos industriales solo hasta 2026, especialmente en los sectores automotriz, de maquinaria y construcción. La deslocalización hacia destinos con menores costes se acelera, y el Gobierno federal ha reaccionado asegurando que su objetivo es evitar los cierres mediante la creación de incentivos que garanticen la rentabilidad de las plantas, aunque subraya que la decisión final corresponde a la empresa.
El próximo hito será la reunión del consejo de vigilancia del 9 de julio, donde se espera que la dirección detalle el alcance de la “transformación profunda” prometida. Mientras, los mercados observan si el grupo logra contener la hemorragia sin desmantelar su núcleo industrial, en un contexto en el que la factura energética derivada de las tensiones geopolíticas podría restar otros 34.000 millones de euros a la economía alemana en el bienio 2026-2027.
Cómo la misma historia se cuenta en otros lugares.
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El mayor fabricante europeo se encamina a un enfrentamiento sin precedentes. Los planes de ahorro radicales sumen a decenas de miles de trabajadores en la angustia, mientras la dirección y las familias propietarias parecen dispuestas a todo para imponer recortes y cierres de plantas. La profunda transformación prometida suena como una amenaza para todo el tejido industrial alemán.
El gigante que dio la espalda a Rusia se ve ahora obligado a malvender activos y recortar uno de cada seis empleos. La crisis del automóvil alemán se presenta como la consecuencia inevitable de la huida industrial de Europa, con cientos de miles de puestos en peligro para 2026. La dirección afronta un amargo dilema: invertir lo obtenido por las ventas en vehículos de nueva generación o tapar los agujeros de la ineficiencia persistente.
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