
Un cabezazo en el 96' sepulta el sueño de Irán y aviva las sospechas de 'biscotto'
Austria igualó 3-3 ante Argelia con un gol agónico que eliminó a una selección iraní invicta y provocó recelos sobre el fair play en la última jornada de grupos.
Con el último suspiro del partido, un cabezazo del austríaco Sasa Kalajdzic en el minuto 96 silenció las ilusiones de una nación. El empate 3-3 entre Austria y Argelia no solo clasificó a ambos equipos a los dieciseisavos de final, sino que mandó a casa a Irán, que acarició el pase durante apenas cuatro minutos. La remontada argelina con un doblete de Riyad Mahrez —el segundo tanto llegó en el 92’— había puesto al equipo persa en zona de clasificación como uno de los mejores terceros. Pero la reacción inmediata del conjunto centroeuropeo, en una acción que desató suspicacias en medios del sur de Europa, devolvió la eliminatoria a su cruel punto de partida.
El desenlace se cocinó en una jornada de infarto. Irán, encuadrado en el Grupo G, dependía de una combinación de resultados tras cerrar su participación con un empate 1-1 frente a Egipto que supo a derrota. Un gol anulado por un fuera de juego milimétrico en el tiempo añadido, detectado tras una revisión del VAR que mostró el hombro adelantado de Shoja Khalilzadeh, frustró la primera clasificación de su historia a una fase eliminatoria mundialista. Aún así, los pupilos de Amir Ghalenoei conservaban opciones si se daba una de estas tres condiciones: que Ghana venciera a Croacia, que Uzbekistán puntuara ante la República Democrática del Congo, o que Austria y Argelia no empataran. Ninguna se cumplió. Los ghaneses cayeron 2-1, los uzbekos fueron goleados 3-1 y el esperado tropiezo mutuo de austríacos y argelinos se esfumó en el caos del tiempo de descuento.
La gesta deportiva quedó inevitablemente envuelta en la controversia política. Las tensiones entre Teherán y Washington, agravadas por el conflicto bélico en curso, condicionaron la logística de la delegación iraní. Establecidos en Tijuana (México) por las restricciones de visados impuestas por la administración Trump, los jugadores solo podían entrar a territorio estadounidense 24 horas antes de cada partido y debían abandonarlo el mismo día. El capitán Mehdi Taremi calificó la situación de «desastre logístico» y el seleccionador denunció que su equipo fue «el más maltratado del torneo». En ese clima, la nota manuscrita que el equipo dejó en el vestuario de Seattle tras el choque con Egipto —«el honor por encima de la victoria»— leyó como una súplica preventiva contra un posible pacto de conveniencia entre sus rivales de la última fecha.
Analistas en Buenos Aires y Madrid coinciden en que la eliminación iraní, pese a la amargura, se produjo con la frente alta. Irán se marcha invicto de la Copa del Mundo, igual que Cabo Verde, que sí avanzó como segundo de su grupo. El fútbol, a veces caprichoso, premió la resistencia argelina y la épica austríaca, citando a los primeros con Suiza y a los segundos con España en la siguiente ronda. La despedida iraní, entre el orgullo y la resignación, deja un poso de debate sobre los límites del reglamento y la pureza de la competición, mientras el reloj ya corre hacia los cruces de dieciseisavos en Norteamérica.
Cómo la misma historia se cuenta en otros lugares.
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El sueño mundialista de Irán se acaba en el último suspiro con el empate de Austria. El alivio por la eliminación iraní es palpable, con un titular que les despide sin rodeos.
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