
Tortura, financiación controvertida y abusos policiales: la crisis de Gaza resuena en tres continentes
Australia investiga a Israel por presuntas agresiones sexuales a activistas, mientras Ottawa ignora los lazos de la UNRWA con Hamás y la policía australiana enfrenta críticas por su actuación en protestas propalestinas y casos de violencia doméstica.
La decisión de la Policía Federal Australiana de investigar formalmente las denuncias de tortura y violación digital presentadas por once de sus ciudadanos contra fuerzas israelíes ha elevado la tensión diplomática entre Canberra y Tel Aviv a un nivel inédito. Los activistas, interceptados en mayo cuando intentaban romper el bloqueo naval de Gaza a bordo de la flotilla Global Sumud, relataron ante las autoridades y la ministra de Exteriores Penny Wong que fueron sometidos a desnudos integrales, palizas y agresiones sexuales por negarse a besar la bandera israelí. Un portavoz de la embajada israelí rechazó las acusaciones por carecer de “pruebas creíbles”, pero el gobierno australiano, presionado por una opinión pública cada vez más crítica con la ofensiva en Gaza, ha optado por iniciar pesquisas formales que podrían tensar aún más los vínculos bilaterales.
En contraste con esta firmeza investigadora, desde Ottawa se proyecta una señal de respaldo casi incondicional a las agencias humanitarias que operan en los territorios palestinos. La ministra de Asuntos Exteriores canadiense, Anita Anand, anunció un nuevo desembolso de cien millones de dólares para la UNRWA, la Cruz Roja y ONG sobre el terreno apenas veinticuatro horas después de que la propia agencia de la ONU despidiera a setenta empleados por sus presuntos vínculos con Hamás. Con este gesto, Canadá eleva su contribución total a medio billón de dólares y reaviva el debate sobre la diligencia debida de los donantes. Analistas en Bruselas advierten que la decisión de Ottawa, lejos de ser aislada, refleja la postura de varios gobiernos occidentales que priorizan la asistencia humanitaria inmediata incluso a riesgo de desviar fondos hacia grupos considerados terroristas por otros actores internacionales.
El eco de la guerra en Gaza también reverbera en la política doméstica australiana, donde la actuación de las fuerzas del orden está bajo un escrutinio cada vez más severo. En Wollongong, la policía de Nueva Gales del Sur revisa las imágenes de un agente que empujó violentamente a una manifestante durante una protesta propalestina frente a una empresa vinculada a contratistas de defensa israelíes. El video, viralizado en redes sociales, muestra a la mujer cayendo al suelo tras el forcejeo, lo que ha desatado acusaciones de uso excesivo de la fuerza. Este episodio se suma a la indignación por la “inadecuada” respuesta policial revelada en una investigación forense sobre el asesinato de Lindy Lucena en Ballina: los agentes recibieron una llamada de emergencia que alertaba de una mujer siendo golpeada, pero no descendieron de sus vehículos y el cuerpo fue hallado seis horas después por su propia pareja, quien confesó el crimen.
Desde la óptica latinoamericana, estos episodios ilustran una encrucijada global sobre la rendición de cuentas y la coherencia de las políticas estatales frente a la violencia. Mientras Australia exige explicaciones a un ejército extranjero por presuntos abusos contra sus nacionales, sus propias fuerzas de seguridad enfrentan cuestionamientos por omisión en un feminicidio y por excesos en la contención de protestas. La financiación canadiense a la UNRWA, por su parte, reabre la herida de una ayuda humanitaria que puede quedar atrapada en las lógicas de un conflicto asimétrico. Observadores en Madrid y Ciudad de México coinciden en que la credibilidad de las democracias occidentales dependerá de su capacidad para aplicar los mismos estándares de transparencia y justicia tanto al escrutinio de sus aliados como al examen de sus propias instituciones.
Cómo la misma historia se cuenta en otros lugares.
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Los gobiernos occidentales son acusados de flagrantes contradicciones: financian a una agencia de la ONU supuestamente infiltrada por Hamás mientras investigan a las fuerzas israelíes por abusos. La hipocresía es evidente: se ignoran los vínculos terroristas por un lado y se condena la violencia de quienes combaten a esos grupos por el otro. El resultado es una política exterior incoherente que socava la credibilidad occidental.
La policía federal australiana ha abierto una investigación sobre denuncias de violación y tortura por parte de soldados israelíes contra activistas humanitarios. La pesquisa se produce tras una reunión de las activistas con la ministra de Asuntos Exteriores y se centra en los hechos ocurridos durante un intento de romper el bloqueo naval de Gaza.
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