
Punch, el macaco que se aferró a un peluche, celebra un año rodeado de cartas y sin él
El huérfano que conmovió al mundo con su orangután de juguete recibe 2.500 mensajes de cumpleaños, mientras ya juega integrado con los otros monos.
En una sala del Zoológico y Jardín Botánico de Ichikawa, los muros se cubren de tarjetas de felicitación llegadas desde Japón y el extranjero. En un monitor, un video muestra una y otra vez a una cría de macaco aferrada a un orangután de peluche, una imagen que hace meses dio la vuelta al mundo. Este domingo, ese primate —bautizado Punch— cumple un año, y aunque ya no necesita el juguete, la exposición montada en su honor aún documenta su lucha por sobrevivir.
Punch nació huérfano en la práctica: su madre lo abandonó apenas unas horas después del parto, probablemente agotada. Los cuidadores del zoo lo alimentaron con biberón y, para estimular el reflejo de agarre indispensable en los macacos recién nacidos, le dieron un peluche de IKEA. Durante meses vivió en una incubadora, bajo cuidado humano. A mediados de enero, tras seis meses de crianza artificial, fue trasladado al recinto colectivo donde conviven unos cincuenta congéneres. Allí empezó la verdadera prueba: los demás monos lo rechazaban y él, cada vez que se sentía amenazado, corría a abrazar el muñeco como quien busca el consuelo de una madre ausente.
Las fotos de ese gesto, publicadas en las redes del zoo en febrero, desataron una ola de empatía global. En pocas semanas, decenas de miles de visitantes —la mitad de ellos, extranjeros— llegaron a Ichikawa. La etiqueta #HangInTherePunch resumía el ánimo de un público que no solo celebraba la ternura de la estampa, sino la obstinación del animal por ser aceptado. “Él me conmovió… me dije que iba a curarme para venir a verlo”, explicó Kumi Ishizawa, una mujer de Kobe que superó una enfermedad teniendo como meta conocer a Punch. Yeye Lights, residente de la ciudad, se volvió visitante asidua y hoy tiene un pase anual.
Poco a poco, el pequeño macaco fue ganándose un lugar en la jerarquía de la colonia. Dejó de cargar el orangután de peluche a todas partes; ahora se lo guarda en un cuarto interior del recinto. Juega, pelea y recibe el acicalamiento de otros juveniles, integrado ya hasta hacerse indistinguible del grupo. El zoo, sin embargo, declinó organizar una celebración pública para su cumpleaños, con el fin de evitar aglomeraciones que estresaran a los animales. Aun así, las 2.500 tarjetas de felicitación dan fe de un fenómeno que, nacido del desamparo, devino un símbolo de resiliencia.
El peluche, hoy sin dueño constante, queda como vestigio de los días más frágiles. Mientras Punch corretea en la Montaña de los Monos, la muestra de su primer año invita a recordar esa imagen que cruzó fronteras: un primate diminuto aferrándose a un trozo de tela naranja, y tras él, un aliento planetario que convertía la soledad en compañía.
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