
Muere Carlo Ginzburg, el maestro de la microhistoria que rescató las voces olvidadas
El historiador italiano falleció a los 87 años en Bolonia, dejando un legado que transformó la manera de estudiar el pasado desde las vidas anónimas.
El historiador italiano Carlo Ginzburg, figura central de la microhistoria y uno de los intelectuales más influyentes de las últimas décadas, falleció en la madrugada del miércoles en Bolonia a los 87 años. Su hija, la escritora Lisa Ginzburg, confirmó la noticia con un escueto mensaje en Instagram —«Ciao papà mio»— que condensó el duelo privado de una familia profundamente arraigada en la cultura italiana del siglo XX. El alcalde de Bolonia, Matteo Lepore, expresó el pesar de la ciudad que Ginzburg adoptó como propia desde 1970, y donde participó activamente en la gestión de su sistema bibliotecario. La noticia repercutió de inmediato en medios de toda Europa y América, confirmando la estatura global de un pensador cuyas obras han sido traducidas a más de veinte lenguas.
Nacido en Turín en 1939, hijo del intelectual antifascista Leone Ginzburg —muerto por las torturas sufridas en prisión— y de la novelista Natalia Ginzburg, Carlo creció en un entorno donde la resistencia civil y la palabra escrita eran indisociables. Formado en la Scuola Normale di Pisa y en el Warburg Institute de Londres, construyó una carrera académica entre Italia y Estados Unidos: enseñó en Bolonia, Harvard, Yale, Princeton y la Universidad de California. Desde la historiografía italiana, se le considera el padre de la microhistoria, corriente que en los años setenta desplazó el foco de los grandes relatos nacionales hacia las existencias concretas de campesinos, artesanos y herejes. Su primer libro, I benandanti (1966), reconstruyó un culto pagano de curanderos friulanos perseguidos por la Inquisición; pero fue El queso y los gusanos (1976) —la cosmología de un molinero del siglo XVI llamado Menocchio— lo que lo consagró como un autor capaz de convertir un expediente judicial en una ventana a la mentalidad popular. En el ámbito francófono, se subraya su capacidad para hacer hablar a los documentos desde sus silencios, mientras que en el mundo anglosajón se valora especialmente el «paradigma indiciario» que desarrolló para leer los indicios como un cazador o un detective.
Ginzburg no fue solo un investigador de archivos; fue un docente magnético que, según testimonios recogidos en Italia, generaba en sus seminarios lo que un antiguo alumno llamó «la euforia de la ignorancia»: la excitación de descubrir que cada certeza podía desmontarse con una pregunta bien formulada. En Bolonia, donde fijó su residencia definitiva, solía decir que adoraba las bibliotecas, y entre 2016 y 2020 integró el consejo de administración de la Institución Bibliotecas del municipio. Esa vocación por el saber compartido explica por qué su obra encontró eco en América Latina, donde historiadores de México, Argentina y Brasil han aplicado el enfoque microhistórico para iluminar las resistencias indígenas, las culturas afrodescendientes y los márgenes de la sociedad colonial, territorios que la historia oficial había condenado al olvido.
La desaparición de Ginzburg cierra un ciclo de la historiografía contemporánea, pero su método sigue vivo. La microhistoria, lejos de agotarse, se ha ramificado en estudios sobre género, migraciones y vida cotidiana que hoy se practican en universidades de España, Colombia y Chile. Analistas rusos recuerdan que obras como Historia nocturna (1989) demostraron que incluso los aquelarres podían ser leídos como documentos de una racionalidad otra. El desafío que deja planteado es el mismo que guió su trabajo: reconstruir el pasado no desde las cumbres del poder, sino desde los sótanos de la experiencia humana, allí donde —como escribió— «los indicios más humildes pueden revelar los secretos más profundos».
Cómo la misma historia se cuenta en otros lugares.
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Con la muerte de Carlo Ginzburg, la cultura italiana pierde a uno de sus intelectuales más influyentes. Hijo de Leone y Natalia Ginzburg, revolucionó la historiografía con la microhistoria, dando voz a los marginados en obras como 'El queso y los gusanos'. Su legado académico, de Bolonia a Harvard, sigue siendo un referente mundial.
El historiador italiano Carlo Ginzburg, pionero de la microhistoria, ha muerto a los 87 años. Especialista en historia medieval y moderna, estudió las creencias populares y la brujería. Su libro 'El queso y los gusanos' reconstruyó la cosmovisión de un molinero del siglo XVI.
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