
Malagò asume la FIGC con el desafío de rescatar a Italia de su crisis mundialista
El ex presidente del CONI, Giovanni Malagò, fue elegido con el 68,58% de los votos para liderar la federación italiana tras tres ausencias consecutivas en Copas del Mundo.
Giovanni Malagò se convirtió este lunes en el nuevo presidente de la Federación Italiana de Fútbol (FIGC) al obtener 343.084 votos ponderados, equivalentes al 68,58 por ciento del total, frente a los 145.936 de Giancarlo Abete. La asamblea electiva, reunida en el hotel Rome Cavalieri Waldorf Astoria con 245 de los 273 delegados, selló un desenlace que la mayoría de las componentes federales había anticipado desde abril. «De solo no puedo hacer nada; con vosotros, todo», declaró un emocionado Malagò, que asume el cargo en sustitución de Gabriele Gravina, dimitido tras la eliminación de la Nazionale a manos de Bosnia y Herzegovina en la repesca para el Mundial de 2026.
La llegada de Malagò a la cúpula del calcio italiano se produce en un momento de excepcional fragilidad. Italia, cuatro veces campeona del mundo, falta por tercera edición consecutiva a la fase final de la Copa, una ausencia que en 2026 comparte con otras selecciones históricas pero que en el caso azzurro ha desencadenado una crisis institucional. Gravina, que había sido reelegido en 2025 con el 98,8 por ciento de los votos, presentó su renuncia a principios de abril, y con él dejaron sus puestos el seleccionador Gennaro Gattuso y el jefe de delegación Gianluigi Buffon. En ese vacío, la candidatura del ex presidente del Comité Olímpico Italiano (CONI) y del comité organizador de Milano-Cortina 2026 cristalizó con rapidez: la Lega Serie A, con la excepción de la Lazio de Claudio Lotito, impulsó su nombre, y en pocas semanas se sumaron la Serie B, la Asociación de Futbolistas y la de Entrenadores, configurando una mayoría transversal que dejó a Abete, presidente de la Liga Nacional Dilettanti, con el único respaldo del bloque amateur.
Desde la prensa italiana, sin embargo, numerosos analistas interpretan la elección como una operación de continuidad antes que de ruptura. El Consejo Federal fue reconfirmado en bloque, sin cambios en los representantes de las distintas ligas ni en los delegados de atletas y técnicos. Figuras como Giuseppe Marotta, presidente del Inter de Milán, y Aurelio De Laurentiis, propietario del Napoli, aparecen señalados como los arquitectos de una alianza que, según observadores en Roma, busca preservar el peso de la Serie A y proteger a los cuadros de la era Gravina. El propio Malagò, de 67 años y vinculado durante décadas al influyente Circolo Canottieri Aniene, había sorteado días antes un obstáculo legal cuando la Autoridad Nacional Anticorrupción descartó la incompatibilidad por el llamado pantouflage, permitiendo su paso directo desde el ente que supervisaba a las federaciones hacia la presidencia de una de ellas.
El nuevo presidente afronta una agenda cargada de urgencias. La primera es designar un comisario técnico para la selección absoluta, que en septiembre iniciará su participación en la Nations League frente a Bélgica, Turquía y Francia. Desde distintos medios italianos se da por inminente el regreso de Roberto Mancini, campeón de la Eurocopa 2021 pero también responsable de la no clasificación a Catar 2022 y de una polémica salida hacia Arabia Saudí en 2023. Al mismo tiempo, Malagò deberá impulsar una reforma de los campeonatos y de la formación de juveniles —un reclamo que el propio Gravina dejó planteado en su discurso de despedida— y recomponer la relación con el gobierno, tensada tras el fracaso mundialista. Fuera del hotel, medio centenar de aficionados de diversas curvas italianas desplegó una pancarta en demanda de «un fútbol justo y popular», recordando que la desconexión entre las élites federativas y las gradas es otro de los frentes abiertos.
En el horizonte deportivo inmediato, Italia necesita evitar un nuevo deterioro en el ranking FIFA durante la Nations League para no quedar relegada a bombos inferiores en el sorteo de clasificación para la Eurocopa de 2028. A más largo plazo, el país coorganizará con Turquía la Euro 2032, un proyecto que exige la modernización de al menos cinco estadios y que, según advierten fuentes europeas, podría convertirse en un test definitivo para la credibilidad del sistema que ahora encabeza Malagò.
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La elección de Malagò se presenta como una previsible recolocación de la vieja guardia, con la misma élite moviéndose de un sillón a otro bajo la apariencia de renovación. Detrás de la victoria hay un pacto entre la Serie A, jugadores y entrenadores para separar la máxima categoría del resto, priorizando los negocios sobre las selecciones nacionales y las canteras. Los comentaristas lo ven como el último ejemplo de la incapacidad italiana para apartarse de verdad y aceptar el cambio.
Los medios rusos informan de la elección de manera directa y factual, señalando los antecedentes de Malago como expresidente del CONI y su papel en los Juegos Olímpicos de Milán-Cortina. El cambio de liderazgo se presenta como un evento administrativo tras la dimisión de Gravina por el fracaso mundialista, sin comentarios editoriales.
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