
La mirada que no llega: cuando los padres miran la pantalla y no el escenario
Mientras el mundo debate si prohibir los móviles a los niños, una escena en un ensayo de ballet revela una desconexión más íntima y menos legislable.
En un ensayo de ballet, una niña levanta la vista hacia las gradas. Su madre está allí, sentada, pero no la mira. Cada vez que la pequeña busca sus ojos, los encuentra fijos en la pantalla de un teléfono. “Estabas, pero no estabas”, le diría después, según relata el psicólogo estadounidense Don Grant, que ha recogido decenas de testimonios similares en su consulta. La escena, tan doméstica como universal, condensa una paradoja que recorre hogares de medio mundo: la hiperconexión digital de los adultos está esculpiendo, en silencio, una nueva forma de ausencia.
Esa ausencia tiene consecuencias que la psicología del desarrollo empieza a medir. Un estudio publicado en Frontiers in Psychology, basado en encuestas a 600 adolescentes norteamericanos, vincula la percepción de que los cuidadores están distraídos por sus dispositivos con un apego inseguro en los hijos. Los investigadores advierten que esa inseguridad puede traducirse en menor confianza, dificultad para construir relaciones íntimas y una aversión al riesgo que lastra el crecimiento personal. No se trata de un fenómeno aislado: datos del Pew Research Center de 2024 muestran que casi la mitad de los adolescentes estadounidenses sienten que sus padres se distraen con el teléfono durante las conversaciones, mientras que solo una minoría de los adultos reconoce el problema con la misma intensidad.
La inquietud por la infancia frente a las pantallas ha empujado a los gobiernos a actuar, pero casi siempre apuntando al dispositivo que sostiene el menor, no al que sostiene el adulto. Desde Bruselas, la Comisión Europea prepara para este verano un informe que podría desembocar en restricciones al acceso de los menores a las redes sociales, inspiradas en la prohibición total para menores de 16 años que ya aplica Australia. Sin embargo, el comisario de Protección al Consumidor, Michael McGrath, ha matizado que cualquier decisión sobre límites de edad debe ir acompañada de un ataque frontal a “los modelos de negocio y las decisiones de diseño que moldean las experiencias en línea de los niños cada día”. La frase señala un cambio de foco: el problema no es la tableta o el móvil, sino la arquitectura de la atención que los gigantes tecnológicos han perfeccionado con el scroll infinito, la reproducción automática y las notificaciones incesantes.
Ese mismo pulso entre la regulación del aparato y la del diseño recorre los debates en India, donde los estados de Karnataka y Andhra Pradesh anunciaron en marzo de 2026 restricciones al uso infantil de redes sociales, mientras el gobierno central invierte en plataformas de aprendizaje digital como DIKSHA o SWAYAM. La paradoja es evidente: el mismo teléfono que se prohíbe en el aula es, en amplias zonas del Sur Global, la única biblioteca y el único maestro disponible. Mientras tanto, en un laboratorio de Roma y Viena, un equipo de neurocientíficos colocaba a 79 bebés de entre tres y doce meses unos gorros con electrodos y les hacía escuchar canciones infantiles. Los resultados, publicados en eLife, mostraron que incluso a los tres meses el cerebro distingue una melodía con estructura de otra caótica, pero la capacidad de mover el cuerpo al ritmo de la música no aparece hasta el año. Los investigadores interpretan ese desfase como una prueba de que la sincronización motora con el sonido requiere una maduración lenta de las vías auditivas dorsales.
La imagen final la ofrecen esos mismos bebés: ninguno, ni siquiera los de doce meses, lograba seguir el pulso exacto de la canción. Se movían, sí, estimulados por la música, pero sus pequeños brazos y piernas aún no sabían bailar. Quizá la lección más profunda de todos estos estudios sea que la conexión humana, la que se teje en una mirada cómplice durante un ensayo de ballet o en el balanceo torpe de un cuerpo que descubre la música, se construye en una lentitud que ninguna notificación puede acelerar.
| Prensa india y del sur de Asia | −0.30 | critical |
|---|---|---|
| Prensa atlántica / anglosfera | −0.10 | neutral |
| Prensa africana subsahariana | 0.00 | neutral |
| Prensa del Sudeste Asiático | −0.30 | critical |
India and South Asia warn: parents' screen addiction harms children, and tech companies must be regulated.
The bloc makes its position plausible by alternating scientific data on psychological effects with examples of global regulation, creating a shared sense of urgency.
Atlantic parents fear AI is stealing their children's attention, but they do not examine their own behavior.
The bloc uses a survey to legitimize parental anxiety, shifting the problem from parents to technology.
The bloc omits the central issue of parental screen distraction, focusing instead on children's AI usage, which shifts responsibility away from parents.
Sub-Saharan Africa looks to Europe: the problem of children on social media must be solved by laws, not individual responsibility.
The bloc adopts the perspective of European institutions, presenting the ban as an inevitable and imminent solution.
The bloc omits the dimension of parental responsibility, focusing exclusively on legal restrictions and EU moves.
Southeast Asia warns: excessive screen time in young children harms learning, but remains silent on the role of parents.
The bloc relies on a Franco-Singaporean scientific study to give authority to its thesis, without mentioning parental distraction.
The bloc omits parental behavior, focusing only on the effect of screens on children, as if the problem were exclusively child-related.
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