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La literatura como territorio: tres festivales en América Latina cruzan memoria, lengua y democracia

En Lima, Paraty y Bogotá, la FIL, el Flip y el Festival Gabo celebran el poder de la palabra frente al olvido, la erosión democrática y la fragilidad del ecosistema del libro.

El primer día de la Feria Internacional del Libro de Lima, cientos de lectores madrugaron para llegar al nuevo recinto del Centro de Convenciones Jockey en Surco. Pero los autobuses prometidos se retrasaron, y muchos caminaron por la acera de la Panamericana Sur bajo el sol invernal, un desfile silencioso de mochilas y expectativas. «La mejora que se ve es que ya no hay baños portátiles», comentó Cristopher García, librero habituado al evento desde hace una década, señalando las instalaciones fijas como un avance tangible. No era una peregrinación literaria cualquiera: la FIL regresaba a Surco después de diecisiete años y celebraba su trigésima edición con 170 stands y seis auditorios, esperando a cuatrocientas mil personas.

A la misma hora, a miles de kilómetros, la ciudad costera de Paraty abría la 24ª edición de la Festa Literária Internacional (Flip), con una programación de cuatro días. Allí, la escritora Conceição Evaristo, la ministra del Supremo Tribunal Federal Cármen Lúcia y la periodista Miriam Leitão compartirían lecturas de Grande Sertão: Veredas, la obra de João Guimarães Rosa que cumple siete décadas. En Bogotá, el Festival Gabo desplegaba más de ciento cincuenta actividades para conmemorar los treinta años de la Fundación Gabo, con un enfoque explícito en las dificultades que enfrentan las democracias y el periodismo en la región.

Los festivales coinciden en una preocupación por el pasado y su construcción. En Argentina, la Feria de Editores (FED) anunció su decimoquinta edición bajo el lema «la mirada sobre el pasado y su construcción actual», y al mismo tiempo, según un comunicado de la organización, repudió el intento gubernamental de derogar la Ley 25.542 de defensa de la actividad librera —una norma que, destacan, se inspiró en legislaciones de Francia, Alemania y España y fue emulada luego por Portugal, Italia, Japón y otros países. La comunidad editorial argentina considera que la ley es un ejemplo para Latinoamérica. En el Flip, los ecos de esa inquietud resuenan en la mesa «Voto e Democracia no Brasil» y en el debate atlántico que protagoniza Angela Davis junto a la periodista Flávia Oliveira. La literatura, en esos escenarios, funciona como espacio de discusión cívica.

El público de estos encuentros es diverso: en Paraty, las actividades gratuitas del Sesc llenan carpas, iglesias y calles; en Lima, los lectores reclaman más espacios para comer mientras los creadores de contenido bibliográfico evalúan la distribución de los pabellones; en Bogotá, el Festival Gabo ocupa el Gimnasio Moderno, centros culturales y bibliotecas públicas. La musicalidad del lenguaje de Guimarães Rosa —que según su biógrafo Leonêncio Nossa debe leerse en voz alta— encuentra eco en los talleres de oralidad de la FED y en los podcasts en vivo que se discuten en la Casa Sesc de Paraty. Nuevas generaciones de escritoras rioplatenses, como Natalia Timerman y Tati Bernardi, exploran en sus charlas cómo narrarse a uno mismo, mientras la inteligencia artificial asoma como tema de reflexión.

En el Sesc Caborê, una carpa preparada para setecientas personas espera la voz pausada de Angela Davis; afuera, los telones transmitirán la conversación a quienes no quepan. En Lima, el recinto cuadrado del Jockey Plaza se llena de citas y de títulos. Queda la estampa de un lector que, en cualquier rincón de la fiesta, abre un libro y lo lee en voz alta para sí mismo, como quería Rosa, mientras el bullicio del festival sigue su curso. La palabra, en estos días, es un territorio que se defiende, se celebra y se puebla de futuro.

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sábado, 25 de julio de 2026

La literatura como territorio: tres festivales en América Latina cruzan memoria, lengua y democracia

En Lima, Paraty y Bogotá, la FIL, el Flip y el Festival Gabo celebran el poder de la palabra frente al olvido, la erosión democrática y la fragilidad del ecosistema del libro.

El primer día de la Feria Internacional del Libro de Lima, cientos de lectores madrugaron para llegar al nuevo recinto del Centro de Convenciones Jockey en Surco. Pero los autobuses prometidos se retrasaron, y muchos caminaron por la acera de la Panamericana Sur bajo el sol invernal, un desfile silencioso de mochilas y expectativas. «La mejora que se ve es que ya no hay baños portátiles», comentó Cristopher García, librero habituado al evento desde hace una década, señalando las instalaciones fijas como un avance tangible. No era una peregrinación literaria cualquiera: la FIL regresaba a Surco después de diecisiete años y celebraba su trigésima edición con 170 stands y seis auditorios, esperando a cuatrocientas mil personas.

A la misma hora, a miles de kilómetros, la ciudad costera de Paraty abría la 24ª edición de la Festa Literária Internacional (Flip), con una programación de cuatro días. Allí, la escritora Conceição Evaristo, la ministra del Supremo Tribunal Federal Cármen Lúcia y la periodista Miriam Leitão compartirían lecturas de Grande Sertão: Veredas, la obra de João Guimarães Rosa que cumple siete décadas. En Bogotá, el Festival Gabo desplegaba más de ciento cincuenta actividades para conmemorar los treinta años de la Fundación Gabo, con un enfoque explícito en las dificultades que enfrentan las democracias y el periodismo en la región.

Los festivales coinciden en una preocupación por el pasado y su construcción. En Argentina, la Feria de Editores (FED) anunció su decimoquinta edición bajo el lema «la mirada sobre el pasado y su construcción actual», y al mismo tiempo, según un comunicado de la organización, repudió el intento gubernamental de derogar la Ley 25.542 de defensa de la actividad librera —una norma que, destacan, se inspiró en legislaciones de Francia, Alemania y España y fue emulada luego por Portugal, Italia, Japón y otros países. La comunidad editorial argentina considera que la ley es un ejemplo para Latinoamérica. En el Flip, los ecos de esa inquietud resuenan en la mesa «Voto e Democracia no Brasil» y en el debate atlántico que protagoniza Angela Davis junto a la periodista Flávia Oliveira. La literatura, en esos escenarios, funciona como espacio de discusión cívica.

El público de estos encuentros es diverso: en Paraty, las actividades gratuitas del Sesc llenan carpas, iglesias y calles; en Lima, los lectores reclaman más espacios para comer mientras los creadores de contenido bibliográfico evalúan la distribución de los pabellones; en Bogotá, el Festival Gabo ocupa el Gimnasio Moderno, centros culturales y bibliotecas públicas. La musicalidad del lenguaje de Guimarães Rosa —que según su biógrafo Leonêncio Nossa debe leerse en voz alta— encuentra eco en los talleres de oralidad de la FED y en los podcasts en vivo que se discuten en la Casa Sesc de Paraty. Nuevas generaciones de escritoras rioplatenses, como Natalia Timerman y Tati Bernardi, exploran en sus charlas cómo narrarse a uno mismo, mientras la inteligencia artificial asoma como tema de reflexión.

En el Sesc Caborê, una carpa preparada para setecientas personas espera la voz pausada de Angela Davis; afuera, los telones transmitirán la conversación a quienes no quepan. En Lima, el recinto cuadrado del Jockey Plaza se llena de citas y de títulos. Queda la estampa de un lector que, en cualquier rincón de la fiesta, abre un libro y lo lee en voz alta para sí mismo, como quería Rosa, mientras el bullicio del festival sigue su curso. La palabra, en estos días, es un territorio que se defiende, se celebra y se puebla de futuro.

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