
La primera moratoria de EE.UU. a un centro de datos frena la expansión de la IA y revela tensiones entre innovación y recursos
Una localidad de California prohibió temporalmente nuevas instalaciones para inteligencia artificial, mientras el consumo energético e hídrico de la tecnología se duplica y los inversores globales aceleran su adopción.
La ciudad de Monterey Park, en California, se convirtió a principios de junio en la primera de Estados Unidos en aprobar una moratoria sobre centros de datos, las infraestructuras que sostienen el auge de la inteligencia artificial. La decisión, adoptada en una región castigada por sequías anuales, responde a la resistencia ciudadana frente al consumo masivo de agua y electricidad que exigen estos complejos. El condado de Imperial, también en California, revirtió días después la autorización de un proyecto que habría sido el mayor del estado, lo que marca un punto de inflexión: las comunidades locales comienzan a frenar sobre el terreno una expansión que hasta ahora parecía imparable.
El detonante es el costo ambiental de la IA. Un informe de la Universidad de Naciones Unidas cifra en 448 billones de vatios-hora la electricidad consumida por los centros de datos en 2025, una cifra que se duplicará en cuatro años. Para 2030, solo la refrigeración de esos servidores exigirá casi 9,3 billones de litros de agua, el equivalente al agua potable que necesita la población mundial durante un año y medio. La refrigeración evaporativa, el método más extendido, compite directamente con el consumo doméstico y agrícola en zonas de estrés hídrico. Se exploran alternativas como los sistemas cerrados de recirculación, los centros sumergidos en el mar —con desafíos de corrosión y bioincrustación— o incluso la instalación de servidores en órbita, aunque ninguna de estas vías ha alcanzado aún escala comercial.
Mientras la presión sobre los recursos crece, la adopción de la IA se acelera en el tejido económico. Inversores en Emiratos Árabes Unidos lideran el uso de herramientas de inteligencia artificial generativa: el 98 % las emplea en su vida cotidiana y el 83 % las aplica a decisiones financieras, según un sondeo de HSBC entre casi 10.000 personas de alto patrimonio en diez mercados. En el ámbito corporativo, el Foro Económico Mundial advierte que las entidades financieras transitan de la experimentación a la integración a gran escala, pero que la confianza y la gobernanza serán las pruebas críticas. Al mismo tiempo, la consultora PwC describe un mercado laboral de “dos velocidades”: los puestos que combinan IA con habilidades humanas crecen al doble de ritmo y con salarios un 42 % superiores, mientras que las tareas administrativas y de atención al cliente básico se automatizan. El consejero delegado de Amazon Web Services, Matt Garman, sostiene que la mitad de los empleos de oficina “cambiarán”, pero no desaparecerán, y que la capacidad de aprender será más relevante que cualquier conocimiento técnico específico.
La ciberseguridad añade otra capa de urgencia. Las agencias de los Cinco Ojos —Canadá, Estados Unidos, Reino Unido, Australia y Nueva Zelanda— emitieron un llamamiento conjunto a la acción porque la IA “acelera la velocidad, escala y sofisticación de las ciberamenazas” y deja obsoletos los enfoques puramente técnicos. En paralelo, el fenómeno de la “Shadow AI” —el uso de herramientas no autorizadas por los empleados— obliga a las empresas a crear comités de gobernanza y a desplegar plataformas centralizadas que garanticen la residencia de los datos y el cumplimiento normativo. El próximo hito fáctico será la resolución de la demanda presentada por la promotora del centro de datos de Imperial County contra la moratoria, un caso que podría sentar precedente legal sobre el equilibrio entre desarrollo tecnológico y sostenibilidad en el despliegue de la inteligencia artificial.
Cómo la misma historia se cuenta en otros lugares.
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El auge de la IA está generando una sed insaciable de energía y agua, con centros de datos que consumen millones de litros de agua potable al día. Los expertos advierten que cada consulta en línea agrava nuestra huella ambiental, pero algunos ven una solución en aprovechar los paneles solares y baterías domésticas para alimentar a la bestia de la IA. Se insta al público a cuestionar el mito de la inevitabilidad y a pensarlo dos veces antes de delegar tareas cotidianas a la IA.
Delegar tareas cognitivas a herramientas de IA está oxidando silenciosamente el cerebro, erosionando la memoria, la creatividad y el pensamiento crítico. Una neuropsicóloga clínica advierte que la comodidad de pedirle a un chatbot resúmenes, borradores e incluso la elección de un restaurante está provocando atrofia mental. El precio oculto de la IA no es solo energético, sino la pérdida gradual de nuestras propias facultades cognitivas.
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