
La genética y el comportamiento redibujan el mapa de la longevidad y la salud
Una variante rara del gen CGAS se asocia con una vida más larga y libre de enfermedades, mientras estudios sobre preferencias alimentarias y hábitos automáticos revelan cuánto pesan la biología y el entorno en el bienestar cotidiano.
Una rara variante genética vinculada al gen CGAS podría retrasar la aparición de enfermedades crónicas y reducir la inflamación asociada al envejecimiento, según una investigación presentada en el congreso de la Sociedad Europea de Genética Humana en Gotemburgo. El equipo del Centro Médico de la Universidad de Leiden, en los Países Bajos, analizó el genoma de 212 grupos familiares con varios miembros longevos a lo largo de generaciones e identificó doce variantes raras que modifican proteínas implicadas en el envejecimiento. La más prometedora afecta al gen CGAS, un regulador de la respuesta inmunitaria: los portadores tendrían una sola copia plenamente funcional, lo que atenúa la inflamación crónica sin comprometer las defensas. Los investigadores advierten que el hallazgo se encuentra en fase de estudios in vitro y que ahora iniciarán pruebas in vivo en el killifish, un pez de ciclo vital muy corto, para verificar si la mutación realmente prolonga la salud de los tejidos.
En paralelo, la influencia genética sobre las elecciones alimentarias cobra un nuevo perfil. Científicos de la Universidad de Queensland, en Australia, examinaron 325 genes del gusto y el olfato en más de 160.000 adultos del Biobanco del Reino Unido y hallaron que variantes específicas se correlacionan con preferencias por determinados alimentos. Quienes genéticamente disfrutan del sabor y el aroma de la cebolla, por ejemplo, mostraron un riesgo menor de hipertensión y diabetes tipo 2. Los investigadores aplicaron aleatorización mendeliana para distinguir causalidad de simple correlación, un método que, desde la epidemiología nutricional, ayuda a superar décadas de ambigüedad. Al mismo tiempo, especialistas estadounidenses en psicología de la alimentación advierten que la industria de ultraprocesados explota precisamente esos circuitos biológicos de recompensa: la combinación de azúcares, grasas y sal, diseñada por científicos sensoriales, genera un “golpe hedonista” que puede desencadenar adicción clínica medida por la Escala de Yale, un fenómeno que afecta a millones y que, según investigadores de las universidades de Michigan y Thomas Jefferson, no debería atribuirse a una falta de voluntad individual.
La conducta automática también responde a mecanismos profundos. Desde la psiquiatría, el doctor Rahul Chandhok, del hospital Artemis en la India, explica que pellizcarse la piel o morderse las uñas durante conversaciones importantes no es un simple mal hábito, sino un reflejo arraigado que el cerebro asocia con alivio del estrés y la concentración. De forma complementaria, la psicología del lenguaje corporal, con aportes de autores como Michael Argyle y Adam Kendon, documenta que desviar la mirada mientras se habla cumple funciones cognitivas: apartar los ojos ayuda a procesar información compleja o a regular la intensidad emocional, y no siempre indica timidez. En el extremo sensorial, la preferencia por el picante se ha vinculado con un rasgo de personalidad denominado búsqueda de sensaciones: la capsaicina activa receptores de dolor y el cerebro libera endorfinas, creando una experiencia de “masoquismo benigno” que atrae a quienes puntúan alto en apertura a la novedad y al riesgo controlado.
Frente a estas promesas biológicas, una corriente de escepticismo metodológico gana terreno. Desde el Instituto de Demografía de Oxford, el investigador Saul Newman sostiene que gran parte de los récords de superlongevidad —personas de 110 años o más— descansa sobre errores de registro y fraudes pensionarios: en Grecia, al menos el 72% de los centenarios documentados serían casos de cobro indebido. Newman alerta que los relojes epigenéticos, hoy usados como marcadores de edad biológica, se calibraron con esos mismos datos administrativos defectuosos, y reclama el uso de métodos físicos como la datación por radiocarbono en dientes y tejidos oculares para validar cualquier afirmación de envejecimiento excepcional. El próximo hito concreto será la publicación de los resultados de los estudios in vivo con killifish portadores de la mutación CGAS, que permitirán contrastar si la promesa de una vida más larga y saludable resiste el escrutinio de la biología experimental.
Cómo la misma historia se cuenta en otros lugares.
2 grupos editoriales · 7 idiomas
Una variante rara del gen CGAS se ha vinculado a una longevidad saludable, retrasando enfermedades crónicas y reduciendo la inflamación asociada al envejecimiento. El estudio de familias con varios miembros longevos a lo largo de generaciones apunta a una base genética para una vida más larga y sana.
Las afirmaciones de edades extremas, como las de los supercentenarios, podrían basarse en datos defectuosos y registros poco fiables. Mientras continúa el debate sobre un techo biológico para la vida humana, la atención se centra en verificar las fuentes y comprender los factores genéticos del envejecimiento saludable.
Artículos relacionados
Ronaldinho vuelve al fútbol: a los 46 años firma con el Ravenna de la Serie C
9 idiomas · 24 medios
Geopolítica y PolíticaVarsovia retira a Zelenski el Águila Blanca y Kiev devuelve la medalla
8 idiomas · 22 medios
DeportesDoku, baja por infección respiratoria: Bélgica afronta un partido clave sin su estrella
9 idiomas · 15 medios