
La cáscara de maní que nunca existió: cuando el cuidado se convierte en abandono
De Suecia a España, las historias de pacientes, niños y profesionales revelan la fragilidad de los sistemas que prometen protección.
El pastor le dijo a la familia que el niño viajaba de noche sobre una cáscara de maní para hacer brujería. Cada vez que el hombre visitaba la casa, obligaba al pequeño Mardoche Yembi a buscar esa cáscara durante horas. El niño, de once años, revolvía rincones y lloraba mientras los adultos lo miraban fijamente, convencidos de que albergaba al demonio. No había cáscara alguna; el objeto era una invención, pero el terror era real. Esta escena, ocurrida en un hogar del norte de Londres a principios de siglo, no es una fábula medieval: es uno de los miles de casos de abuso infantil vinculado a la brujería que aún hoy se registran en el Reino Unido, donde en 2024 se documentaron más de dos mil incidentes y solo siete llegaron a la policía.
Esa misma sensación de desamparo ante lo absurdo recorre otras geografías. En Suecia, un paciente crónico llama a las siete de la mañana a su centro de salud; a las pocas horas le comunican que todos los turnos del día se han agotado y que deberá intentarlo de nuevo al día siguiente, porque la atención funciona bajo la lógica de “primero en llegar, primero en ser atendido”. A trescientos kilómetros de allí, Karoliina Ikonen, embarazada y con un parto programado por cesárea, conduce durante tres horas hasta un hospital en Gällivare porque el suyo, a veinte minutos de casa, ha derivado a las pacientes de bajo riesgo a otra localidad para aliviar la presión estival. En Höganäs, un anciano recibe el alta hospitalaria con la promesa de que una enfermera le administrará la medicación en casa; quien aparece es personal de ayuda a domicilio sin formación ni instrucciones, y el hombre pasa las semanas siguientes sumido en la angustia. En los tres casos, el Estado de bienestar que prometía cuidado universal muestra sus costuras.
La desconfianza no solo corroe los servicios públicos; también envenena el encuentro íntimo entre quien sufre y quien debería aliviar. En un servicio de urgencias español, una pareja aguarda al médico de guardia. Cuando este entra y pronuncia “buenas noches” con un acento que delata su origen extranjero, los pacientes intercambian una mirada de sospecha. La escena, descrita por un columnista, refleja una realidad que afecta a uno de cada diez médicos en España: la xenofobia cotidiana que cuestiona su competencia por el mero sonido de una “ese” alargada o una “che” demasiado metálica. Desde los Emiratos Árabes Unidos, un análisis sobre el racismo señala que el prejuicio se alimenta de un “autoengaño proyectivo” que permite al agresor sentirse víctima mientras oprime. Esa ceguera moral, advierte el texto, se vuelve especialmente tóxica cuando se reviste de argumentos religiosos o culturales, como ocurrió con el pequeño Mardoche o con los médicos foráneos.
En el trasfondo de estas historias late un debate político que trasciende fronteras. En la región sueca de Östergötland, los socialdemócratas acusan a los conservadores de haber reducido la plantilla sanitaria en 660 empleados mientras defienden las privatizaciones; los moderados, a su vez, señalan a Estocolmo como ejemplo de caos. Mientras, una encuesta del sindicato de matronas revela que el 94% de las profesionales considera insuficiente la plantilla estival y que la mitad cree que la situación ha empeorado respecto a años anteriores. Una activista por los derechos de las personas con discapacidad recuerda a los políticos que la democracia se vacía si las urnas no son accesibles y la asistencia personal se desmantela. Son voces que, desde distintos ángulos, describen un mismo fenómeno: la brecha entre la promesa institucional y la experiencia cotidiana de la vulnerabilidad.
Mardoche Yembi logró escapar de aquella casa gracias a que su tía comunicó a la escuela que lo enviaría a África para un “exorcismo”. Hoy, convertido en cineasta, ha transformado su infierno en un cortometraje y reclama al Parlamento británico una protección efectiva para los niños que aún sufren acusaciones de brujería. La cáscara de maní nunca apareció, pero su búsqueda dejó una cicatriz que ninguna política pública borra por completo. En la sala de espera de urgencias, en la carretera hacia Gällivare o en la cocina de un anciano que no entiende por qué quien lo atiende no sabe qué medicamento darle, resuena la misma pregunta sin respuesta: ¿quién cuida de los que deberían cuidarnos?
| Prensa atlántica / anglosfera | −0.80 | critical |
|---|---|---|
| Prensa del Golfo árabe | −0.60 | critical |
| Prensa europea continental | −0.70 | critical |
We expose the hidden abuse of children accused of witchcraft and demand protection for the most vulnerable.
By focusing on a single harrowing personal story and then generalizing to thousands, the narrative creates an emotional urgency that makes the systemic failure feel immediate and personal.
The article does not discuss the cultural or religious roots of witchcraft beliefs in immigrant communities, which might complicate the narrative of pure victimhood.
We diagnose racism as a disease that must be treated, and we expose the hypocrisy of those who deny it.
By using the metaphor of a pandemic, the article reframes a moral issue as a medical one, making it seem objective and requiring intervention.
The article does not address specific historical or economic factors that fuel racism, focusing instead on a universal psychological condition.
We document the suffering caused by underfunded healthcare and demand that politicians stop ignoring the crisis.
By stacking multiple personal testimonies and survey data, the narrative creates a cumulative impression of a broken system that is beyond isolated incidents.
The articles do not mention any successful reforms or positive outcomes in other regions, which might balance the picture.
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