
Croacia se juega la clasificación directa ante una Ghana ya instalada en los dieciseisavos
Con Inglaterra y los africanos virtualmente clasificados, el conjunto balcánico necesita una victoria en Filadelfia para no depender de la tabla de mejores terceros.
El Lincoln Financial Field de Filadelfia fue el escenario donde Croacia y Ghana saltaron al césped con realidades opuestas pero un mismo objetivo: sellar su pase a la siguiente ronda sin pasar por el purgatorio de los mejores terceros. El once balcánico, con Luka Modric al mando, asumió la obligación de ganar para no quedar a expensas de otras combinaciones, mientras que los Black Stars, dirigidos por Carlos Queiroz, sabían que el empate les bastaba para amarrar el segundo puesto del Grupo L. La tensión táctica se palpaba desde el pitido inicial: Croacia, dueña de una posesión estéril en sus anteriores compromisos, necesitaba romper el cerrojo de una defensa ghanesa que aún no había encajado un solo gol en el torneo.
El contexto de la zona llegaba marcado por la solidez inesperada de Ghana, que tras vencer a Panamá y empatar sin goles con Inglaterra se presentaba como el equipo más fiable atrás, según coincidían analistas en Lisboa y São Paulo. Enfrente, la Croacia de Zlatko Dalic arrastraba dudas: la derrota inicial por 4-2 ante los ingleses evidenció fragilidades a balón parado, y el triunfo por la mínima frente a los panameños no disipó las críticas sobre una generación que, pese a su pedigrí —subcampeona en 2018 y tercera en 2022—, mostraba signos de desgaste. Mientras, en el MetLife Stadium de Nueva Jersey, Inglaterra se medía a un Panamá ya eliminado con la intención de certificar el liderato y evitar sustos, aunque la prensa europea advertía de la falta de creatividad de los de Thomas Tuchel ante bloques replegados.
Desde la óptica africana, el desempeño de Ghana se leía como la confirmación de un cambio generacional que combina la disciplina táctica de Queiroz con la explosividad de atacantes como Antoine Semenyo. En El Cairo y Johannesburgo se destacaba que el equipo no había permitido remates a puerta en los primeros tiempos de sus dos partidos, un dato que alimentaba la confianza en un plantel que, pese a llegar al Mundial con cuatro derrotas consecutivas en amistosos, había recuperado la solidez de las eliminatorias. Para los croatas, en cambio, la prensa de Zagreb y Split ponía el foco en la necesidad de que Modric y Kovacic impusieran su jerarquía en la medular para alimentar a un ataque que apenas había generado ocasiones claras.
El desenlace de la jornada no solo definía los dos boletos directos del grupo, sino que tenía un impacto inmediato en el cuadro de dieciseisavos. El primer clasificado se cruzaría con un tercero —previsiblemente Ecuador, según los pronósticos que circulaban en las redacciones de Quito y Guayaquil—, mientras que el segundo chocaría con el escolta del Grupo K, un duelo que apuntaba a ser Colombia o Portugal. Para el tercero que lograra colarse entre los ocho mejores, el premio sería enfrentar al líder de esa misma zona, lo que añadía una capa extra de cálculo a cada posesión y cada falta táctica sobre el césped estadounidense.
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