
Entre carrozas y caminatas: las múltiples caras del 250 aniversario de Estados Unidos
Mientras los desfiles locales mantienen vivo el espíritu comunitario, una feria oficial con escasa asistencia y gestos conmemorativos desde la memoria judía hasta la senda del Ferrocarril Subterráneo revelan una nación que celebra su pasado con tensiones aún sin resolver.
En Cumberland, un pequeño pueblo de los Apalaches, el alcalde lanzaba caramelos desde una carroza y, por un instante, el redoble lejano de tambores pareció disipar las divisiones políticas. Melinda Kelleher, gestora de la calle principal, observaba el desfile del 250 aniversario con orgullo: «Queríamos un evento que uniera a la comunidad», explicaba, y las treinta nuevas tiendas del centro le daban la razón. Un veterano de setenta años, Al Fieldstein, recordaba haber visto desfilar allí a los combatientes de la Primera Guerra Mundial, mientras a sus pies jugaban niños que —él lo sabía— eran su propio reflejo en el tiempo. A pocos metros, el activista conservador Jalen Grimm repartía constituciones de bolsillo y un liberal llamado Terry confesaba: «Es complicado con ese hombre en la Casa Blanca, pero amo este lugar».
Esa misma búsqueda de arraigo recorre el país por otras vías. El historiador Anthony Cohen, de 62 años, avanza a pie desde Maryland hacia Toronto siguiendo las rutas del Ferrocarril Subterráneo —la red clandestina que llevó a miles de esclavos hacia la libertad en Canadá— acompañado por una estatua itinerante de Harriet Tubman y por Tom DeWolf, descendiente de una familia de tratantes de esclavos. «Cualquier movimiento de libertad consiste en poner un pie delante del otro», dice Cohen mientras cruza Delaware y Nueva Jersey. Su «Caminata de la Libertad» está programada para concluir el 4 de julio, justo cuando el país celebre su cumpleaños 250.
En Washington, sin embargo, la Great American State Fair —la feria oficial respaldada por la Casa Blanca— ha mostrado otro cariz. Las imágenes captadas por agencias muestran largas hileras de sillas vacías, carpas casi desiertas y una noria de treinta metros que dejó de funcionar por «contratiempos eléctricos». Una vaquillona bautizada Melania, en honor a la primera dama, desfiló ante un público escaso, mientras la réplica de un arco triunfal propuesto por Donald Trump recordaba a algunos visitantes «algo alemán». La feria ha vivido cancelaciones de artistas, ausencia de delegaciones estatales y una breve polémica por la exhibición no autorizada de una bandera confederada. Asistentes como Sharyn Bovat resumen el ánimo: «Hay eventos bonitos, pero la mitad del país está dividida; ojalá hicieran una celebración para todos».
Frente a esas tensiones, instituciones judías han optado por programas culturales de largo aliento. El Museo Judío de Nueva York exhibe «Circa 1776», una muestra con retratos y documentos coloniales que incluye la correspondencia entre George Washington y Moses Seixas, donde el primer presidente prometió que cada cual se sentaría «seguro bajo su vid y su higuera». En Filadelfia, el Museo Weitzman prepara para 2026 «The First Salute», una exposición sobre los mercaderes sefardíes que ayudaron a armar al Ejército Continental, mientras que organizaciones como Repair the World lanzan campañas de servicio cívico que vinculan a jóvenes voluntarios con textos rabínicos.
La otra gran conmemoración prevista ocurre a los pies del Monte Rushmore: Donald Trump quiere celebrar allí la víspera del 4 de julio con un gran espectáculo pirotécnico. Pero el santuario de la democracia esculpido por Gutzon Borglum se alza sobre un territorio que los lakota consideran sagrado. A la entrada del memorial, un discreto jardín etnobotánico plantado por la administración del parque alinea sus arriates de salvia y hierba de bisonte en dirección a hitos espirituales de los indígenas de las Grandes Llanuras, recordando que las cabezas presidenciales conviven con el eco de tratados rotos y desplazamientos forzosos. Tres siglos después, mientras los fuegos artificiales aguardan, la sombra de la montaña se alarga sobre las mismas colinas que vieron nacer una nación y a sus primeros hijos.
Cómo la misma historia se cuenta en otros lugares.
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The American 250th celebration reveals a divided nation: small towns organize inclusive parades while a controversial state fair sponsored by Trump faces low attendance and Confederate flag issues. Meanwhile, a historian's walk along the Underground Railroad reminds that the nation's journey includes slavery and the struggle for freedom. The coverage highlights both local grassroots unity and national political strife.
American Jewish organizations mark the 250th anniversary with a mix of celebration and caution, as the event becomes politicized. Public opinion shows most Americans believe the founders would be disappointed in today's nation, yet there is still nostalgia for past bicentennials. The Jewish community navigates religious freedom debates while participating in the broader commemoration.
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