
El tambor de Haaland: cómo el ‘remo vikingo’ viajó del Mundial a la boda de Donnarumma
El delantero noruego encabezó la emblemática coreografía en la celebración en Puglia, reviviendo un ritual que trascendió el fútbol y se convirtió en símbolo de identidad durante la Copa de 2026.
Cuando el sonido seco del tambor cortó la música de fondo, decenas de invitados se sentaron en el suelo de la pista improvisada, siguiendo las instrucciones que Erling Haaland marcaba con un bastón. El delantero del Manchester City, vestido de etiqueta, había tomado el instrumento para enseñar a los presentes los pasos del ‘remo vikingo’, la coreografía que pocas semanas antes había electrizado los estadios del Mundial. Tras dos golpes iniciales de percusión, los asistentes respondieron con un movimiento sincronizado de brazos, simulando una remada colectiva que se aceleró al grito de “¡Ro!” —“remar” en noruego— hasta estallar en una ovación.
La escena tuvo lugar durante la boda de Gianluigi Donnarumma, compañero de Haaland en el City, con la interiorista Alessia Elefante, celebrada el 24 de julio en una masseria de Fasano, en la región italiana de Puglia. La ceremonia religiosa se había oficiado por la tarde en la iglesia de San Giorgio Martire de Locorotondo, ante un centenar de rostros conocidos del fútbol europeo: desde Pep Guardiola hasta Paolo Maldini, pasando por Sandro Tonali y Nicolò Barella. Horas más tarde, fue Haaland quien asumió el papel de maestro de ceremonias informal, transformando un sector del banquete en una tripulación vikinga efímera.
El ‘remo vikingo’ había nacido como una celebración espontánea de los aficionados noruegos antes de ser adoptado por los jugadores tras cada victoria en la Copa del Mundo de 2026, un torneo que marcó el regreso de Noruega a la máxima cita después de seis ediciones de ausencia. Con Haaland como figura —anotó siete goles y lideró al equipo hasta los cuartos de final, donde cayeron ante Inglaterra—, el gesto se convirtió en un emblema de identidad que desbordó lo deportivo. Cadenas de televisión y plataformas digitales capturaron a miles de seguidores repitiendo la remada en las tribunas, y el propio combinado nórdico la incluyó en su foto oficial. Para Noruega, aquel ritual condensaba la recuperación de un orgullo futbolístico largamente postergado, una narrativa que caló más allá de sus fronteras.
Quizá por eso el video de la boda, difundido primero por Sky Italia y replicado de inmediato en redes sociales, generó una oleada de reacciones que mezclaban la sorpresa con la nostalgia del campeonato. Desde la óptica de la prensa latinoamericana, el gesto evocaba especialmente el duelo en el que Noruega eliminó a Brasil en octavos de final, un recuerdo aún vivo en países como Argentina o México, donde el torneo había sido seguido con intensidad. En Italia, en cambio, la escena adquiría una capa de melancolía: Donnarumma, capitán de la Azzurra, ni siquiera pudo disputar el Mundial debido a la segunda eliminación consecutiva de su selección en la fase de clasificación. Mientras los comensales remaban al unísono, el portero celebraba su boda con un compañero que sí había protagonizado la gesta que a él le fue vedada.
Cuando el ritmo cesó, Haaland dejó el tambor y se fundió entre los invitados, pero la postal ya había quedado fijada: un grupo de adultos en traje de gala, sentados en el suelo como remeros de un drakkar imaginario, ejecutando una coreografía que había viajado de los fiordos a los estadios, y de allí a una fiesta privada en el sur de Italia. El tambor, ese objeto que en manos del noruego funcionó como bisagra entre la competición y el festejo, simbolizó el modo en que los códigos del fútbol contemporáneo desbordan el terreno de juego y se incrustan en los ritos civiles más íntimos.
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