
El presidente húngaro firma la enmienda constitucional que fuerza su salida y profundiza la ruptura institucional
Tamás Sulyok rubricó la reforma impulsada por el primer ministro Péter Magyar, que disuelve su mandato, reforma el Tribunal Constitucional y limita la permanencia de los legisladores.
El presidente de Hungría, Tamás Sulyok, firmó este sábado la decimoséptima enmienda a la Constitución, un texto que decreta el fin inmediato de su propio mandato y que había sido aprobado por el Parlamento a principios de semana. La rúbrica, realizada en el último de los cinco días de plazo legal, despeja el camino para que la presidenta de la Cámara, Ágnes Forsthoffer, asuma de forma interina la jefatura del Estado a partir del lunes, mientras los diputados eligen a un nuevo presidente en un máximo de treinta días. La decisión se produce en un contexto de reconfiguración del poder tras la victoria electoral de abril de la coalición conservadora y proeuropea Tisza, que puso fin a dieciséis años de gobiernos encabezados por el nacionalista Viktor Orbán.
Desde el Ejecutivo, el primer ministro Péter Magyar ha presentado la enmienda como un paso necesario para desmantelar lo que describe como el “sistema Orbán”. En declaraciones recogidas por medios europeos, Magyar celebró la firma afirmando que “el último obstáculo para que nuestras decisiones conjuntas surtan efecto ha sido eliminado” y subrayó que la reforma devuelve a los ciudadanos la certeza de que el poder puede ser limitado y los bienes públicos recuperados. Sulyok, elegido en 2024 con los votos del partido Fidesz, calificó la enmienda de “vergüenza sin precedentes” y de “abuso del poder político”, pero reconoció que la ley fundamental no le otorgaba margen para bloquearla. El ex primer ministro Orbán, desde Estados Unidos, reaccionó en términos dramáticos: “La tiranía ya no es una amenaza, sino una realidad. Si esto se le pudo hacer al presidente, mañana nadie estará a salvo”.
La reforma constitucional no se limita a la destitución presidencial. Según el texto legislativo, se restablece la edad de jubilación forzosa de setenta años para los magistrados del Tribunal Constitucional, lo que implica la salida inmediata de su presidente, Peter Polt, considerado un aliado clave de Orbán. Además, se introducen límites de doce años al mandato de los parlamentarios —una medida que, de acuerdo con analistas en Budapest, impediría a Orbán volver a presentarse como candidato a partir de 2030— y se crea una Oficina Nacional de Recuperación y Protección de Activos con amplias facultades para investigar presuntos casos de corrupción durante la administración anterior. El Gobierno de Magyar ha enmarcado estas disposiciones como un primer paso hacia una nueva Constitución que será elaborada en el plazo de un año.
Desde la óptica de Bruselas, la reforma ha sido observada con cautela. La Comisión de Venecia del Consejo de Europa había sido llamada a pronunciarse sobre la compatibilidad de la enmienda con el Estado de derecho, mientras que organizaciones como Human Rights Watch señalaron que los procedimientos recuerdan a los utilizados durante la era Fidesz. En Washington, fuentes diplomáticas han evitado comentar directamente el relevo presidencial, aunque siguen con atención el proceso de “desorbanización” emprendido por Magyar. El Parlamento húngaro deberá ahora iniciar el proceso de selección del nuevo jefe del Estado, un cargo de perfil protocolario pero con capacidad de veto sobre leyes ordinarias, en un clima de fuerte polarización y con la oposición de Fidesz denunciando la instauración de un “régimen autocrático”.
| Prensa rusa y CEI | −0.50 | critical |
|---|---|---|
| Prensa atlántica / anglosfera | −0.40 | critical |
| Prensa europea continental | +0.70 | aligned |
The Hungarian president signed an unconstitutional amendment under pressure, denouncing the trampling of democratic values.
By centering the president's moral condemnation and framing the amendment as a violation of the constitution, the narrative creates a victimhood that delegitimizes the new government.
The Russian press omits the context that the new government is pro-European and that the president was a close ally of Orbán, as well as the fact that the amendment was passed by a large parliamentary majority.
The new Hungarian government's crackdown on the EV sector threatens $20 billion in Chinese investments and risks a geopolitical backlash.
By highlighting the economic stakes and the potential for a Chinese backlash, the narrative constructs a hierarchy of threats that prioritizes economic stability over domestic political changes.
The Atlantic press omits the entire constitutional crisis and the president's resignation, focusing only on the economic and geopolitical implications of the new government's policies.
The pro-Orbán president has been forced out, and the new prime minister is dismantling the nationalist network, restoring European democratic norms.
By framing the events as a democratic renewal and the triumph of European values, the narrative universalizes the change as a positive step for all of Europe, legitimizing the new government's actions.
The continental European press omits the president's own statement that the amendment violates the constitution and the moral dilemma he expressed, as well as the potential economic consequences of the new government's policies.
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