
El oro cae a su nivel más bajo en siete meses y Asia emerge como nuevo centro de gravedad
El metal precioso pierde un 14% en el segundo trimestre, su peor desempeño desde 2013, mientras los inversores asiáticos ganan protagonismo en la determinación de los precios globales.
El oro al contado perforó la barrera de los 4.000 dólares por onza y tocó mínimos de siete meses en torno a 3.943 dólares, arrastrado por una combinación de rendimientos de la deuda estadounidense al alza, un dólar más fuerte y la reafirmación de un sesgo restrictivo por parte de la Reserva Federal. La caída intradía del 0,7 % hasta 3.979 dólares consolida un desplome trimestral del 14 %, el más pronunciado desde 2013, y deja el precio un 6 % por debajo del inicio de año, muy lejos del récord superior a 5.400 dólares alcanzado en enero.
El detonante inmediato fueron las declaraciones de la presidenta de la Fed de Cleveland, Beth Hammack, quien advirtió que no observa evidencias de que los tipos actuales estén frenando la economía y que podría ser necesario subirlos para devolver la inflación al 2 %. Los mercados descuentan ahora una probabilidad cercana al 67 % de un alza en septiembre, lo que eleva el coste de oportunidad de mantener un activo que no ofrece rendimientos. A ello se sumó la señal técnica conocida como “cruce de la muerte” —la media móvil de 200 días cayendo por debajo de la de 50 días—, interpretada por operadores en distintos centros financieros como un indicio de que podría estar formándose una tendencia bajista de más largo plazo.
El retroceso no es uniforme en todas las regiones. En Dubái, el gramo de oro de 24 quilates bajó a 481,50 dírhams, un descenso de más del 11 % desde los máximos de principios de junio, lo que reactivó el interés de compradores que se habían mantenido al margen. En Asia, el comportamiento es dual: por un lado, la guerra entre Estados Unidos e Irán generó necesidades de liquidez en los estados del Golfo y en la India —tradicionales grandes compradores—, lo que frenó temporalmente las importaciones; por otro, los inversores asiáticos, particularmente en China, India y Japón, están ganando un peso creciente en la fijación de precios. El Consejo Mundial del Oro documenta que la mayor parte de los rebotes intradía durante el primer semestre se produjo en horarios de negociación asiáticos, mientras que las correcciones tendieron a ocurrir cuando abrían los mercados estadounidenses.
De cara al segundo semestre, el mismo organismo proyecta que, si se mantienen las condiciones actuales —al menos un alza de tipos de la Fed en 2026, endurecimiento paralelo en el Banco de Inglaterra, el Banco de Japón y el Banco Central Europeo, e inflación estadounidense tocando techo cerca del 3,9 %—, el oro podría moverse en una banda de ±5 % alrededor de 4.100 dólares por onza. Una ruptura sostenida por debajo de 4.000 dólares podría desencadenar más ventas, pero una corrección superior al 10 % activaría, según el análisis histórico del Consejo, compras orgánicas de tenedores de largo plazo en múltiples geografías. Los datos de empleo estadounidense que se publican esta semana se perfilan como el próximo catalizador capaz de redefinir las expectativas de tipos y, con ellas, la trayectoria del metal.
Cómo la misma historia se cuenta en otros lugares.
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La caída del precio del oro está vinculada al desvanecimiento de las esperanzas de un acuerdo de paz entre EE.UU. e Irán y a las expectativas de endurecimiento de la Fed. El espectro de un conflicto más amplio, con Trump informado sobre opciones de guerra, alimenta el nerviosismo de los mercados y los temores de inflación, alejando a los inversores del oro. La región observa con inquietud cómo las tensiones geopolíticas y la política monetaria estadounidense se combinan para deprimir el metal.
La fiebre del oro ha terminado por ahora, como una fiesta que da paso a la resaca. Tras alcanzar máximos récord por encima de los 5400 dólares en enero, el precio se ha desplomado por debajo de los 4000, dejando a los inversores desilusionados. Sin embargo, algunos ven razones para que el boom continúe, señalando la demanda asiática, especialmente china, que podría desplazar el centro de gravedad del mercado.
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