
El mar contaminado, último refugio de Gaza: entre el calor de las tiendas y la sal de las olas
Mientras casi un millón de personas malviven en tiendas asfixiantes y las infraestructuras colapsan, el Mediterráneo se ha convertido en el único escape para bañistas y surfistas, pese a la contaminación y los riesgos del conflicto.
Sentado a la sombra de una lona improvisada, Nahed Hamouda, un padre de cuatro hijos desplazado de Jabalia, se abanica con un trozo de cartón. “No hay electricidad, no hay ventilador, no hay agua, ni siquiera la comida es comestible”, relató a una agencia internacional. La escena, repetida miles de veces a lo largo de la franja costera, retrata un verano que comienza con temperaturas matinales de hasta 31 grados y una sensación térmica mucho mayor dentro de las tiendas de campaña. Para Hamouda y para casi un millón de gazatíes que, según un informe del Consejo Noruego para los Refugiados, aún viven bajo lonas y plásticos, el mar se ha vuelto la única válvula de escape, aunque sus aguas arrastren residuos fecales y desechos industriales.
Esa paradoja define el presente de Gaza: el mismo Mediterráneo que antes de la guerra era el lugar predilecto para el ocio familiar es hoy un recurso de supervivencia. Wadie al-Ras, de 36 años, lo expresó desde la playa de Ciudad de Gaza: “El único respiradero que tenemos en toda la Franja, de norte a sur, es el mar. Las tiendas en las que vivimos desde la guerra son un tormento”. La infraestructura de saneamiento colapsó bajo los bombardeos; las bombas de agua, las estaciones de bombeo y las plantas de tratamiento quedaron severamente dañadas, según el portavoz municipal Husni Muhanna. Las familias lavan sus ropas y sus cuerpos en una mezcla de sal y aguas negras, conscientes de que “los gérmenes entran en nuestro organismo de todas formas”, como admitió Shehab al-Suwaireki, padre de seis hijos.
En ese paisaje de privación, un pequeño grupo de surfistas locales busca en las olas algo más que higiene: un instante de libertad. Tahseen Abu Assi, de 23 años, aprendió el deporte observando a su padre y a su abuelo sobre las tablas. “Cuando coges una ola, la cabalgas, te deslizas sobre ella, esa sensación no se puede describir con palabras”, contó. Junto a otros dos jóvenes, Abdel Rahim Al-Ustadh y Khalil Abu Jiyab, mantiene viva una tradición que antes de la guerra congregaba a 17 surfistas. Ahora, sin acceso a parafina específica, untan las tablas con cera de vela. Cada tabla vieja es “un gran tesoro”, dice Al-Ustadh, porque perder una significa renunciar al deporte. Salen al agua pese a que, como relató Abu Assi, “en cualquier momento pueden caer proyectiles o explosivos cerca de ti”.
La crisis de refugio, documentada por el Grupo Sectorial de Albergues en Palestina, revela cifras que agravan la vulnerabilidad: 170.000 hogares en tiendas, otros 5.000 durmiendo a la intemperie y 52.000 hacinados en albergues saturados. Jan Egeland, secretario general del Consejo Noruego para los Refugiados, calificó de “indignante” que Israel restrinja la entrada de materiales básicos como láminas de plástico, madera contrachapada y cuerdas, elementos que no reconstruirían Gaza pero sí podrían “marcar la diferencia entre una tienda que atrapa calor, humo, polvo y enfermedades, y un refugio que da sombra, ventilación y algo de protección”. Mientras tanto, el organismo israelí COGAT subraya que coordina con agencias de la ONU la entrada de ayuda humanitaria, como ropa para 30.000 niños y equipos médicos.
A miles de kilómetros de distancia, en Bruselas, la Unión Europea adoptaba esta misma semana decisiones sobre el futuro de la alimentación: la autorización de bistecs veganos y el uso de nuevas técnicas genómicas en la agricultura. El contraste entre la regulación de proteínas cultivadas en laboratorio y la lucha cotidiana de una población que se lava en un mar contaminado por las aguas fecales dibuja una geografía de prioridades divergentes. En Gaza, el horizonte se reduce a la espuma de las olas. “En Gaza no hay nada que esperar con ilusión salvo el mar”, resumió el joven surfista Abu Jiyab. “Sin él, la vida se habría desvanecido hace tiempo”.
Cómo la misma historia se cuenta en otros lugares.
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Con el aumento de las temperaturas estivales y la escasez de agua dulce, los desplazados de Gaza huyen de sus sofocantes tiendas hacia la contaminada costa mediterránea para bañarse y lavar la ropa. Para algunos, el surf ofrece una sensación indescriptible de libertad y un breve escape de las penurias de la guerra.
Entre los escombros de Gaza, un grupo de jóvenes surfistas lleva sus tablas por delante de edificios destruidos para encontrar consuelo en las olas. Describen este deporte como una forma de respirar, una sensación indescriptible que los eleva momentáneamente por encima de la devastación circundante.
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