
El chico que corre solo: las vacaciones escolares y sus tensiones ocultas
Entre la soledad infantil, la culpa materna y las grietas de pareja, el receso estival expone las fragilidades que la rutina disimula.
En una cancha de fútbol vacía de Uppsala, el adolescente Neo Adrovic, de 15 años, esprinta en soledad cada mañana durante más de una hora. “El fútbol siempre ha estado en mí”, dice, mientras el verano sueco extiende días largos y sin escuela. Para él, el césped es refugio; para otros niños, el silencio del recreo suspendido se convierte en un eco de aislamiento. Organizaciones de apoyo a la infancia en Escandinavia advierten que las llamadas por sentimientos de soledad aumentan cuando cierran los colegios y las actividades extraescolares se interrumpen. La pausa estival, idealizada como un tiempo de libertad, revela una realidad más compleja: la de quienes se quedan sin la red de contención que ofrecen los pasillos y los timbres.
A miles de kilómetros, en el Vale do Paraíba brasileño, una madre escribe sobre el desafío silencioso de conciliar el trabajo con el cuidado de sus hijos Giovana, de 8 años, y Rafael, de 15. El día del partido de Brasil, tuvo que llevar a la niña a la oficina porque no tenía con quién dejarla. Su relato, compartido en medios locales, describe una culpa que se agudiza en vacaciones: la imposibilidad de entretener todo el tiempo, el recurso a las pantallas, la angustia de las familias separadas cuando los hijos pasan días con el otro progenitor. “Existe el deseo, y a veces la angustia, de organizar días alternados”, confiesa, mientras intenta tejer redes de apoyo con otros padres para que los niños vivan experiencias sin que todo el peso recaiga en un solo adulto. La creatividad se vuelve moneda corriente: casas compartidas, paseos cortos, almuerzos hechos en conjunto.
En Indonesia, el receso escolar dispara la movilidad familiar y, con ella, una meticulosa preparación técnica. Desde Yakarta, los consejos de seguridad vial para vehículos SUV se multiplican: revisar la presión de los neumáticos, verificar el sistema eléctrico, llevar triángulos de emergencia y botiquines. La elección del automóvil no es casual; las familias buscan espacio para tres filas de asientos y capacidad de carga para trayectos que combinan asfalto y caminos irregulares. Esta logística, que incluye el chequeo de baterías con más de dos años de uso, refleja una ansiedad subyacente: la de garantizar que el viaje sea un remanso de comodidad y no un foco de imprevistos. La industria del neumático, atenta a este pulso, recomienda componentes que absorban las vibraciones de un terreno impredecible, como si la estabilidad del vehículo pudiera traducirse en armonía familiar.
Pero el verdadero test de convivencia no está en el motor, sino en la pareja. Especialistas en terapia vincular de Buenos Aires observan que un viaje compartido actúa como una lupa sobre las diferencias que la rutina diaria amortigua. “En casa hay espacios conocidos y la posibilidad de tomarse un descanso del otro; cuando esos apoyos desaparecen, la relación queda expuesta”, explica la terapeuta Robin Shannon, citada en medios argentinos. Los imprevistos —un vuelo demorado, una valija perdida— amplifican conflictos preexistentes. Y en los casos más extremos, la dificultad para romper un vínculo dañino puede estar atravesada por lo que la psicología denomina trauma bonding: un apego emocional forjado en ciclos de maltrato y reconciliación que, según estudios difundidos en el sudeste asiático, atrapa a las personas en relaciones tóxicas. Las vacaciones, entonces, no crean las fisuras, pero las iluminan con la crudeza de un sol de verano. En Uppsala, el chico sigue corriendo solo, ajeno a estas turbulencias adultas, persiguiendo un sueño profesional mientras el mundo a su alrededor se reacomoda en silencio.
Cómo la misma historia se cuenta en otros lugares.
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Durante las vacaciones escolares, la soledad infantil se convierte en una preocupación acuciante, como ilustra un adolescente que entrena solo en un campo de fútbol vacío cada mañana. Una línea de ayuda a la infancia informa de un aumento estacional de llamadas por aislamiento, instando a los padres a brindar apoyo cuando las estructuras sociales habituales se interrumpen.
Para muchas madres trabajadoras, las vacaciones escolares traen una lucha silenciosa entre el amor, la culpa y la búsqueda imposible del equilibrio, mientras compaginan deberes profesionales y cuidado infantil. El período también pone a prueba las relaciones de pareja: los psicólogos señalan que la convivencia constante durante los viajes puede sacar a la luz diferencias ocultas y provocar rupturas.
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