
El bolígrafo y la bandera: los objetos íntimos del Apolo 11 que el mercado convirtió en reliquias
Dos artefactos de la misión lunar de 1969, un rotulador que evitó la tragedia y una bandera soviética como gesto de paz, se subastaron por cifras que multiplicaron su valor estimado.
Sobre el polvo gris del módulo lunar Eagle, Buzz Aldrin vio algo que le heló la sangre. Era un diminuto interruptor automático, partido, caído en el suelo de la cabina. Acababan de regresar de la caminata lunar y, al examinar el panel de instrumentos, comprendió el peligro: la pieza rota pertenecía al circuito de activación del motor de ascenso, el único mecanismo que podía devolverlos a la órbita. En su autobiografía, Aldrin relató cómo, tras consultar infructuosamente con Houston, recordó que llevaba un rotulador de plástico y aluminio cepillado en el bolsillo de su traje. Lo introdujo en la cavidad del interruptor y el circuito se cerró. Horas después, el Eagle despegó sin contratiempos.
Ese modesto rotulador de la marca Duro Pen, que salvó la misión de un desenlace fatal, fue vendido en Sotheby’s por unos 750.000 euros, junto con el fragmento del interruptor averiado. En la misma casa de subastas, una pequeña bandera de la Unión Soviética de apenas diez por quince centímetros, que Aldrin llevó consigo a bordo del Columbia, alcanzó los 102.400 dólares, muy por encima de la estimación inicial de siete a diez mil. El astronauta, que estampó su firma y la leyenda «Voló a la Luna en el Apolo 11» sobre la tela, explicó en una carta que incluir aquel símbolo fue un gesto de buena voluntad entre Washington y Moscú, una forma de subrayar que la hazaña trascendía las fronteras nacionales.
La prensa rusa recogió el episodio como un recordatorio de la tradición de la NASA de portar pequeñas enseñas de otras naciones, incluso de adversarios geopolíticos, en sus expediciones. Medios italianos, por su parte, reconstruyeron con minucia la anécdota del rotulador, elevándolo a la categoría de objeto que torció el destino. La misión Apolo 11, seguida en directo por mil novecientos millones de espectadores, había depositado sobre la superficie lunar a Neil Armstrong y al propio Aldrin mientras Michael Collins orbitaba en soledad. Aquellos tres hombres, convertidos en figuras de relevancia global, tomaron rumbos diversos: Armstrong se refugió en la docencia universitaria y en un perfil de extrema reserva mediática; Collins dirigió el Museo Nacional del Aire y el Espacio del Smithsonian; Aldrin, único sobreviviente de aquella caminata, se volcó en la divulgación científica y en el diseño de trayectorias para la exploración de Marte.
Hoy, a sus noventa y seis años, Aldrin es una de las cuatro personas que aún pueden contar que pisaron otro mundo. Los objetos que lo acompañaron —el rotulador que ofició de llave de emergencia, la bandera que tendió un puente entre dos potencias enfrentadas— han dejado de ser herramientas o recuerdos personales para convertirse en cápsulas de memoria colectiva. No son piezas de museo custodiadas por el Estado, como las chaquetas de vuelo de Armstrong y Collins, sino fragmentos de historia en manos privadas. En la penumbra de una cámara acorazada, el pequeño rectángulo de tela roja y el cilindro de plástico guardan, en silencio, el eco de un salto que la humanidad entera contuvo la respiración para presenciar.
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