
El aula sin pantallas: cuando la inteligencia artificial empuja a volver al papel
De las facultades de Derecho en Chicago a los colegios de élite que integran tutores algorítmicos, una corriente global replantea el papel de la tecnología en la educación y la salud.
En una de las aulas de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chicago, un estudiante de primer año abre su mochila y busca el portátil. Antes de encenderlo, el profesor le recuerda la nueva norma: este otoño, en las clases iniciales, no se permiten teléfonos, tabletas ni ordenadores. En su lugar, un compañero designado como “escriba” toma notas a mano para todo el grupo. La escena, que podría parecer un retroceso a otra época, es en realidad la respuesta de una de las instituciones jurídicas más prestigiosas de Estados Unidos a una pregunta que recorre el planeta: ¿cómo formar mentes capaces de pensar por sí mismas cuando la inteligencia artificial generativa puede redactar un ensayo, resolver un caso o diagnosticar un malestar en segundos?
La decisión de Chicago no es un gesto aislado. En el mismo país, la Universidad de Brown sancionó recientemente a decenas de alumnos por un escándalo de trampas asistidas por IA, un fenómeno que, según reportes de la prensa estadounidense, ha llevado a muchos docentes a rediseñar exámenes y a exigir defensas orales de los trabajos escritos. Al otro lado del Atlántico, en Nigeria, el debate se plantea en términos generacionales: estudiantes consultados por la prensa local defienden que la IA los ha vuelto “más inteligentes” al facilitar la investigación y la comprensión de conceptos complejos, mientras que otros advierten que ha sustituido el esfuerzo intelectual por una dependencia que vacía de sentido el aprendizaje. “Muchos han reemplazado su inteligencia dada por Dios con la IA”, resume un entrevistado en Lagos, “volviéndolos perezosos y desconectados de lo que escriben”.
Esa tensión entre herramienta y muleta se manifiesta también fuera de las aulas. En Indonesia, el médico e influencer sanitario Aditya Surya Pratama alertó sobre el hábito creciente de consultar síntomas a chatbots: “Si por curiosidad le preguntas a una IA si un dolor de cabeza y un hormigueo en la mano izquierda son síntomas de un ictus, la respuesta puede ser tan extensa y convincente que te aterrorice”, explicó. El facultativo recordó que los modelos de lenguaje carecen de capacidad para realizar una palpación, auscultar un pulmón o conocer el historial genético real de una persona, y que sus “alucinaciones” —respuestas que suenan verosímiles pero son inexactas— pueden inducir a decisiones sanitarias erróneas. Mientras, desde Silicon Valley, la solicitud de patente de Meta para un dispositivo que monitoriza el estado de ánimo a través de la voz durante todo el día ha encendido las alarmas de los defensores de la privacidad, que ven en ese registro emocional continuo una vía para segmentar anuncios según las vulnerabilidades anímicas del usuario.
En Oriente Medio, el diario An-Nahar describe un movimiento paralelo entre las familias de altos ingresos que, pudiendo costear los mejores colegios tradicionales, optan por escuelas donde la IA personaliza el aprendizaje académico durante dos horas al día y el resto del tiempo se dedica a proyectos de emprendimiento, negociación y trabajo en equipo. Estos centros, como Alpha School, sustituyen la figura del profesor por la de un “guía” y limitan el uso de pantallas, convencidos de que el futuro exigirá pensamiento crítico y adaptabilidad, no solo conocimientos teóricos. Sin embargo, investigadores de la Universidad de Stanford citados en la prensa árabe advierten que la eficacia de estos modelos carece aún de evidencia científica sólida y que el cambio de nomenclatura de “maestro” a “entrenador” podría devaluar la profesión docente.
En la facultad de Chicago, el decano Adam Chilton lo formula con una imagen que condensa el dilema de toda una época: “No podemos pretender ingenuamente que se puede apagar la IA o que los estudiantes no la usarán”. Por eso, junto a la prohibición de dispositivos en primer año, la universidad ha integrado asistentes legales de IA en los cursos superiores y exige que los alumnos sepan emplearlos con ética. El gesto del escriba que, bolígrafo en mano, registra la lección para sus compañeros no es una negación de la tecnología, sino la búsqueda de un espacio donde el pensamiento propio pueda todavía tomar forma antes de dialogar con la máquina.
| Prensa del Sudeste Asiático | −0.70 | critical |
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