
Copenhague, Bangkok, Daca: las tres caras de la ciudad global en 2026
Los índices de habitabilidad, paz y lujo dibujan un planeta de contrastes: mientras el norte europeo consolida su calma y Tailandia corteja al viajero sanador, otras urbes se asoman al abismo de la inhabitabilidad.
El primer vuelo diario de flydubai que conecta Dubái con el aeropuerto Don Mueang de Bangkok tocó tierra una mañana de julio de 2026. A bordo viajaban ciudadanos del Golfo que no buscaban playas ni templos, sino un itinerario distinto: consultas en hospitales acreditados internacionalmente, retiros de bienestar y la promesa de una pausa reparadora. La Autoridad de Turismo de Tailandia acababa de lanzar la campaña “Healing is the New Luxury”, un guiño a un segmento de viajeros de alto poder adquisitivo que permanece en el país entre diez días y tres semanas, gasta más de 100.000 baht por estancia y, según los datos oficiales, generó en 2025 un volumen de negocio sanitario de 125.000 millones de baht. La nueva ruta, con planes de duplicar su frecuencia, es la última pieza de un engranaje que busca consolidar al reino como destino de bienestar integral.
Ese mismo mes, la Unidad de Inteligencia de The Economist publicó su índice global de habitabilidad. Copenhague retuvo el primer puesto por segundo año consecutivo, con puntuaciones perfectas en estabilidad, infraestructura y educación. La capital danesa encabeza una lista donde siete de las diez primeras ciudades son europeas o australianas, y donde Viena, Melbourne y Sídney escoltan el podio. En el extremo opuesto, Damasco, Trípoli y Daca ocupan los últimos lugares. La capital bangladesí, con una puntuación de 42 sobre 100, solo supera a dos urbes devastadas por la guerra. Los indicadores de infraestructura (27 puntos) y estabilidad (45) revelan, desde la óptica de los analistas asiáticos, una paradoja: el país invierte fuertes sumas en obras públicas, pero los beneficios apenas alcanzan a una minoría, mientras millones de personas sobreviven en asentamientos precarios sin acceso a servicios básicos.
El Índice de Paz Global, elaborado por el Instituto para la Economía y la Paz, añade otra capa al mapa urbano. Islandia se mantiene como el país más seguro del mundo por decimonoveno año, seguido de Nueva Zelanda, Suiza y Eslovenia. Europa occidental sigue siendo la región más pacífica, aunque registró un deterioro medio del 0,6 %; Francia cayó al puesto 99, lastrada por un aumento de la criminalidad violenta y las protestas sociales de 2025. Mientras tanto, el informe de Julius Baer sobre el coste de la vida de lujo sitúa a Singapur en la cima por cuarto año, impulsado por los precios de la vivienda y los automóviles privados. Bangkok irrumpe en el décimo lugar, desplazando a Milán, al encarecerse los trajes a medida, los bolsos y las matrículas escolares, aunque los tratamientos de spa y los vuelos en clase ejecutiva siguen siendo comparativamente asequibles. La fortaleza del franco suizo aupó a Zúrich al segundo puesto, y por primera vez Mónaco entró en el podio.
Desde Daca, un editorial del diario Prothom Alo calificó la clasificación de “vergüenza y frustración”. El texto subraya que la ciudad obtiene una nota aceptable en educación (67), pero se desploma en sanidad (42) e infraestructura, y advierte que sin mejoras sustanciales, el país difícilmente atraerá la inversión extranjera que busca el gobierno. La imagen que queda es la de un viajero del Golfo que aterriza en Bangkok en busca de equilibrio, mientras a miles de kilómetros, en Daca, un habitante sortea atascos interminables sin agua corriente ni transporte público fiable. Copenhague, mientras tanto, pedalea imperturbable, con sus servicios públicos como un reloj silencioso que pocos oyen porque nunca se detiene.
| Prensa del Golfo árabe | +0.30 | aligned |
|---|---|---|
| Prensa europea continental | −0.20 | neutral |
| Prensa india y del sur de Asia | −0.80 | critical |
The Gulf promotes Bangkok as a tailor-made luxury destination for its travelers, celebrating Copenhagen's liveability model as a global benchmark.
By framing the luxury campaign as a direct response to GCC demand, the narrative creates a sense of agency and desirability, aligning the region's interests with global trends.
The Gulf bloc omits the fact that Bangkok's high cost for luxury goods is driven by currency fluctuations and global uncertainty, which could be seen as a risk, and does not mention Bangkok's own liveability ranking.
Continental Europe looks with concern at its own weaknesses: Italy out of the top 10, France unsafe, while Bangkok becomes expensive for the rich.
By focusing on the failures of their own countries and framing Bangkok's cost as a global trend, the narrative creates a sense of relative decline and self-criticism.
The European bloc omits the positive side of Bangkok's luxury campaign for tourists and does not mention the Gulf's demand, avoiding a more optimistic view of global tourism.
South Asia denounces the unbearable condition of Dhaka and the shame of being at the bottom of the ranking, while Singapore represents an inaccessible luxury.
By using emotional language and focusing on a single city (Dhaka), the narrative creates a sense of collective shame and urgency, framing the region's problems as systemic and hopeless.
The South Asian bloc omits any positive developments in the region, such as improvements in other cities, and does not engage with the global context of Copenhagen's success or Bangkok's luxury, reinforcing the narrative of hopelessness.
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