
Bicicletas, durianes y cadenas humanas: la lucha global contra las drogas se viste de comunidad
En Malasia, Bangladés y Emiratos Árabes, el Día Internacional contra las Drogas movilizó a miles con festivales comunitarios, protestas callejeras y llamados a la rehabilitación.
En la explanada de Dataran Sungai Muda, en Kepala Batas, Malasia, el aroma del durian se mezclaba con el sudor de los ciclistas que acababan de completar un recorrido de 18 kilómetros. No era una feria gastronómica cualquiera: cortes de pelo gratuitos, charlas relámpago y un concurso de colorear para niños formaban parte del Jelajah Aspirasi Bebas Dadah, una caravana contra las drogas organizada por la Agencia Antidroga Nacional que congregó a unas 1.500 personas. Bajo el lema “Un paso de caravana, un millón de esperanzas sin drogas”, el evento buscaba tejer una red de prevención desde la cercanía y la fiesta, no desde el sermón.
A miles de kilómetros, en Rangpur, Bangladés, la escena era otra: una cadena humana frente a la oficina del consejo distrital, con jóvenes sosteniendo pancartas que rezaban “El consumo de drogas causa daño físico y mental”. Allí el tono era de urgencia y denuncia. Un abogado, Sarwar Alam Benju, lamentó la presencia de una “reina de la droga” en la ciudad y criticó la cultura del “hermano mayor” que, dijo, se ha infiltrado en las universidades como en el cine bengalí. En Jamalpur, otra cadena humana pedía a los jóvenes que se refugiaran en el deporte, la lectura y la cultura; en Rangamati, el presidente del club de prensa exigía la pena de muerte para los narcotraficantes y tribunales especiales para agilizar los 80.000 casos pendientes. La demanda común: cortar la cadena de suministro, porque sin ella, la erradicación es imposible.
Desde la península arábiga, el enfoque se inclinaba hacia el equilibrio institucional. La doctora Lamia Ahmed Hamdan Al Zaabi, del Consejo Nacional Antidrogas emiratí, describió la adicción no como una elección moral sino como una condición compleja que requiere tratamiento y apoyo psicosocial. El país ha desplegado una estrategia de tres pilares: firmeza en la persecución del tráfico con operaciones preventivas y cooperación internacional, campañas de concienciación para todas las capas sociales, y una red de centros de rehabilitación que garantizan la confidencialidad. Los resultados, según las autoridades, se reflejan en una detección más temprana y un acceso más fácil a la terapia, lo que ha estrechado el margen de propagación de las sustancias.
Las tres geografías comparten un diagnóstico: la droga ya no es solo un vicio individual, sino, como la definió una activista en Rangpur, “un cáncer social” que devora familias y frena el desarrollo. Sin embargo, cada sociedad la combate con las herramientas que le son propias. En el sudeste asiático, la comunidad se convierte en el primer dique: festivales con durianes y bicicletas, cadenas humanas que reclaman leyes más duras. En el Golfo, el Estado asume un papel paternal que combina el garrote con la psicología. En todas partes, el mensaje converge en la prevención temprana y en la necesidad de que padres, escuelas y vecinos sepan con quién se relacionan sus hijos, como advertía una pancarta en Rangpur.
Al caer la tarde en Kepala Batas, mientras los niños mostraban sus dibujos coloreados y los adultos compartían un plato de durian, la caravana antidroga se despedía con la promesa de volver. En Rangamati, los manifestantes se dispersaban con la misma consigna que había resonado en las otras dos ciudades bangladesíes: “Di no a las drogas, la adicción es una enfermedad”. Dos formas de decir lo mismo, separadas por el mar y unidas por la urgencia de proteger a los más jóvenes.
Cómo la misma historia se cuenta en otros lugares.
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Una entrevista con un médico y activista político denuncia un 'tsunami de adicción' en Irán, levantando sospechas de participación del gobierno en la difusión de drogas. La narrativa es alarmante y acusa al régimen de usar la crisis como herramienta de control social.
El vicegobernador de Golestán subraya que la lucha contra las drogas es una guerra híbrida del enemigo contra la juventud, que requiere la participación de familias, medios e instituciones culturales. La responsabilidad es colectiva, no solo gubernamental.
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