
España se convierte en la puerta industrial de China en Europa y divide a la UE
El Gobierno de Sánchez bloquea nuevas barreras comerciales contra Pekín y acelera la llegada de gigafactorías chinas, mientras Bruselas revisa su estrategia de 'desacoplamiento' sin resultados medibles.
La estrategia de aranceles de la Unión Europea contra los vehículos eléctricos chinos sufrió un vuelco inesperado durante el Consejo Europeo del 18 de junio. El Gobierno español, presidido por Pedro Sánchez, retiró su apoyo a las nuevas medidas de defensa comercial impulsadas por Francia y bloqueó cualquier endurecimiento, mientras calificaba a China de “aliado potencial”. Casi en paralelo, la empresa china CATL y la multinacional Stellantis iniciaron la construcción de una gigafactoría de baterías en Zaragoza, con una inversión de 4.100 millones de euros. El episodio revela cómo la ofensiva industrial de Pekín está fracturando el frente común europeo y neutralizando la efectividad de los aranceles.
El mecanismo es pragmático: en lugar de exportar vehículos desde China sujetos a aranceles, los fabricantes orientales instalan su producción dentro del mercado único. La preferencia de BYD por “adquirir plantas ya existentes”, según declaró su vicepresidenta ejecutiva, acelera la entrada y aprovecha infraestructura ociosa, especialmente en países del sur de Europa con costos laborales competitivos. España se ha convertido en el destino de más rápido crecimiento de la inversión china en movilidad eléctrica, atraída por fábricas en desuso y un marco político favorable. Así, la política de “desacoplamiento” o “de‑risking” que Bruselas promueve desde 2022 carece de métricas claras de éxito: no ha reducido la dependencia comercial ni el déficit con China, según observadores del sur de Asia.
La división europea tiene correspondencia en otras regiones. Mientras la UE y la CEDEAO presentaban en Lagos a Nigeria como plataforma de acceso a 400 millones de consumidores africanos, China extendía el acceso libre de aranceles a la mayoría de las economías del continente, consolidándose como socio preferente para las exportaciones africanas. En la próxima cumbre del G7 en Évian-les-Bains, se espera que estas tensiones comerciales coexistan con discusiones sobre seguridad energética, inteligencia artificial y los límites del PIB como indicador de progreso, un debate que ya llega a las aulas indias.
El hito siguiente será el inicio de operaciones de la gigafactoría de Zaragoza, previsto para finales de 2026, y la evidencia de que la producción local china se consolida en Europa sin que Bruselas haya definido aún si China es “socio, competidor o rival sistémico”. Mientras, los líderes del G7 deberán decidir si las actuales herramientas de cooperación internacional son suficientes para gestionar una globalización que, como advierten voces desde África, impacta la vida cotidiana mucho más allá de las salas de negociación.
Cómo la misma historia se cuenta en otros lugares.
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España, mediante sus acuerdos bilaterales, actúa como una palanca que abre la puerta de la UE a China, socavando la estrategia común europea. Millones de inversiones chinas en sectores estratégicos españoles agravan el déficit comercial y profundizan las divisiones entre los Estados miembros. La actitud de Madrid amenaza con debilitar la posición negociadora de Europa.
La UE culpa a China de su déficit comercial, pero los verdaderos problemas radican en sus propios desequilibrios macroeconómicos internos. Pekín se presenta como un socio fiable, abierto al diálogo constructivo, mientras Bruselas busca chivos expiatorios. El planteamiento de Madrid refleja una opción pragmática que otros países europeos podrían seguir.
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