
Del azúcar interestelar al azufre marciano: una cascada de hallazgos reescribe la historia de la vida
Cuatro estudios independientes revelan desde la primera detección de un azúcar verdadero en el espacio hasta la huella de un animal diestro de hace 550 millones de años, pasando por nuevos mecanismos que alimentan el océano profundo y encogen a las especies marinas.
La astroquímica acaba de sumar una molécula largamente buscada. Un equipo liderado por el Centro de Astrobiología de España (CSIC-INTA) identificó eritrulosa —un azúcar de cuatro carbonos presente en frambuesas y cosméticos— en la nube molecular G+0.693-0.027, cerca del centro galáctico. La detección, publicada en Nature Astronomy, se apoya en barridos espectroscópicos de los radiotelescopios de Yebes e IRAM y constituye el primer azúcar verdadero confirmado en el medio interestelar, después de que moléculas afines como el glicolaldehído no alcanzaran esa clasificación química. El hallazgo muestra que la eritrulosa es al menos ocho veces más abundante que los azúcares de tres carbonos, lo que desafía los modelos de síntesis átomo por átomo y sugiere que se forma por ensamblaje de bloques de dos carbonos sobre granos de polvo cósmico.
En paralelo, la paleontología ha abierto dos ventanas al comportamiento y la anatomía de los primeros animales complejos. En la revista Royal Society Open Science, investigadores de la Universidad de Oklahoma describen un fósil de crinoideo de 450 millones de años, Dendrocrinus simcoensis, que conserva tejidos blandos como los pies ambulacrales. Estas estructuras, esenciales para la alimentación y la interacción con las corrientes, representan la evidencia más antigua de su tipo y apenas el segundo caso documentado en el registro fósil. Por otra parte, el análisis de 76 ejemplares de Spriggina floundersi, un organismo ediacarano de hace 550 millones de años hallado en el sur de Australia, reveló que cerca del 70 % de los fósiles presentan curvaturas corporales, con una preferencia por el lado derecho dos veces mayor que por el izquierdo. El estudio, publicado en Scientific Reports, descarta que las corrientes marinas o la fosilización hayan generado el patrón y aporta la primera evidencia de lateralización conductual en un animal con simetría bilateral.
Mientras tanto, la oceanografía física añade una pieza al ciclo del carbono en las profundidades. Un experimento de la Universidad del Sur de Dinamarca, recogido en Science Advances, simuló la “nieve marina” —partículas orgánicas que se hunden— en tanques de presión que replican las condiciones de 2 a 6 kilómetros de profundidad. Los resultados indican que la presión extrema exprime hasta el 50 % del carbono y el 63 % del nitrógeno de esas partículas antes de que lleguen al lecho oceánico, liberando nutrientes que disparan la proliferación bacteriana. El hallazgo modifica la estimación de cuánto carbono queda realmente secuestrado en los sedimentos y cuánto regresa a la columna de agua en escalas de siglos.
A escala geológica, una macroinvestigación de la Universidad Friedrich-Alexander de Erlangen-Núremberg, que integró casi 9.000 registros de cambios de tamaño corporal en animales marinos a lo largo de 450 millones de años, confirma que el calentamiento global reduce el tamaño de las especies de sangre fría con una intensidad doble a la de otros eventos de estrés ambiental. El patrón, conocido como efecto Liliput, se explica por la menor disponibilidad de oxígeno en aguas cálidas y por el mayor gasto metabólico, y se observa ya en pesquerías actuales.
Por último, en Marte, el rover Curiosity de la NASA fracturó accidentalmente una roca en el canal Gediz Vallis y dejó al descubierto cristales de azufre elemental puro, un material nunca antes visto en ese estado en el planeta rojo. Los científicos del Jet Propulsion Laboratory carecen aún de una explicación definitiva sobre su origen, aunque barajan procesos magmáticos de hace 3.000 millones de años. El siguiente paso en cada frente es la verificación sobre el terreno: una expedición del buque Polarstern al Ártico buscará señales moleculares de la fuga de nutrientes en aguas profundas, mientras los astroquímicos amplían la búsqueda de azúcares en otras nubes moleculares y el equipo de Curiosity analiza la composición química del azufre para reconstruir su historia.
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